Opinión

Las Ideas a Debate / Debate electoral

Este espacio que gentilmente me brinda La Jornada Aguascalientes, en donde ya se está volviendo una sana costumbre la reflexión, tiene por nombre Debate Electoral, en el que se encierra la temática que se aborda, acotándola en el terreno político electoral, que es en el que me desenvuelvo profesionalmente.

El propio nombre encierra en sí mismo un ejercicio de comunicación en el que se exponen las ideas a través de diferentes puntos de vista: en este caso, el de quien lee y el de quien esto escribe, en una espiral por la cual se va nutriendo y perfeccionando el argumento a medida que se establece el proceso de comunicación. El debate, ya de por sí, genera conocimiento cuando los debatientes conocen el punto de vista del que se encuentra en oposición, y habrá entonces que realizar el proceso mental de asimilar y rebatir dicha argumentación, o convencerse del punto de vista ajeno.

Hay debates muy formales, con reglas específicas, un moderador y hasta jueces, como en el caso de los concursos que se desarrollan para la juventud, como el que hace unas semanas se realizó en el IEE, con el auspicio de esta casa editorial; y hay otros cotidianos, informales, sin regulación previa ni duración acordada, que permiten una argumentación espontánea, aunque no por ello menos valiosa.

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En la cuestión electoral, el debate se ha posicionado como un evento dentro de las campañas políticas, que permite al elector cierta cercanía con su candidato y la forma de pensar y de expresarse en su particular estilo. En los Estados Unidos en donde existe una tradición más arraigada del debate a nivel presidencial, es sabido que incluso ha sido factor de triunfo para algún candidato: En la elección presidencial de 1960, un joven y hasta cierto punto inexperto John F. Kennedy, senador de Massachusetts se enfrentó a un, entonces vicepresidente, Richard Nixon más profesional y preparado en la lid. Si bien hubo varias situaciones que favorecieron a uno en detrimento del otro, el primer debate televisado en la historia del país del norte mostró a un apuesto joven de ascendencia irlandesa, maquillado para la ocasión, de sonrisa fácil, contra un hombre maduro, de gesto adusto, con barba de tres días, exhausto por el trabajo de campaña y sin gota de maquillaje.

Las encuestas señalaron que quien había presenciado el debate por televisión daba por ganador a Kennedy, mientras que quien lo había escuchado por radio, es decir, quien había seguido el hilo argumentativo y no la presencia física, daba por ganador a Nixon. La moraleja fue que en los siguientes tres debates de esa elección, ya se pudo ver una mejoría en la imagen de Nixon, seguramente producto de sus asesores políticos.

En ello también radica el éxito o el fracaso de un ejercicio de tal magnitud. Ninguno de los factores puede dejarse a la ligera. Las ideas que se van a exponer, los datos que las sustentan, el orden de las intervenciones y hasta el color de la corbata, resultan en condiciones a considerar para tratar de obtener el triunfo o fracaso en el ejercicio.

En una campaña electoral como la mexicana, que nos llega producto de lo que se ha dado por llamar la “espotización” de la política, privilegiando mensajes cortos de treinta segundos para exponer ideas completas del quehacer gubernamental, es de aplaudirse la propuesta del INE a generar nuevas reglas para la confrontación mesurada de las ideas. Ante unos verdaderos espectáculos somníferos de debates presidenciales acartonados de 1994 hasta 2012, se han dado las condiciones para proponer nuevas reglas en la celebración de estos ejercicios para la campaña de 2018. En principio se determinó la existencia de tres debates, incluso en diferentes lugares del país distintos a la Ciudad de México, y que en cada uno el público tenga iniciativa para preguntar (sin que el debatiente sepa, obviamente, cuál será la pregunta) y que el moderador posea iniciativa no solamente para ceder la palabra.

En espera de que en próximos días podamos profundizar en el tema, la conclusión inicial es que el debate nos debe servir, a quienes lo presenciamos, para elevar nuestro criterio al momento de tomar la importante decisión de elegir a la persona que tendrá la responsabilidad de administrar el estado mexicano por los siguientes seis años, permitiéndonos conocer las ventajas y las desventajas en los puntos de vista de los debatientes. Aunque no debiera ser lo único, sino, como se ha pretendido desde este espacio, servir para la pluralidad de ideas y la reflexión que nos impone el hecho de escuchar un argumento convincente que provenga de cualquiera de las partes.

Sigamos pues debatiendo.

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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