Opinión

Los dedos de la mano / Tres guineas

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Porque era él y porque era yo

Montaigne, sobre su amigo De la Boétie

 

No faltará nunca quien diga que no hay amistad sin interés o sin amor romántico de por medio. Es tan delgada la línea entre la amistad, el utilitarismo y el amor. Montaigne creía que la amistad es una forma extraña de amor. Tal vez es cierto. Amamos a nuestros amigos sin imposición alguna, solo porque son ellos con nosotros. A veces ni la familia ni los amantes gozan de ese vínculo tan estrecho como el que uno tiene con los amigos. Cuántas veces hemos escuchado que a la familia no la podemos escoger, pero a los amigos sí. O que con el amado estamos obligados a ciertas cosas que con los amigos no. Que podemos contar con los dedos de una mano a los verdaderos. El amor en la amistad se torna diferente. Damos todo por ellos sin esperar nada.  Como también sé que existen, y nadie lo puede negar, solo por hoy dejo a un lado a los amigos que sí se gozan en el amor romántico.

En estos tiempos donde todos nos enunciamos amigos es común contar con pocos. No los del cotorreo, esos a los que les disparas una chela, pero nunca llamarías en la adversidad. No los que comparten el periodo escolar o algunos proyectos, sabes que no confiarían en ti sus más íntimas penas cotidianas. No los vecinos, esos te conocen por espiar tras la cortina. No: Los Amigos, aquellos que a pesar de no verse en mucho tiempo se siguen reconociendo y son capaces de descifrar en un solo gesto lo que cruza por la mente del otro. Los que se arrancan sin resistencia los más profundos secretos y las más sonoras carcajadas. Con los que se llora sin vergüenza y sin sentir lástima.

Un amigo es capaz de señalar sin pena el moco en la nariz o el perejil en el diente antes de que otros lo noten. De ser necesario te esconderá en su casa y te dará sustento y abrigo. También te entregará a la policía o a tus padres aunque no lo entiendas. Mentirá por ti y solo a ti te dirá la verdad. Unos pasan tan intensamente por nuestra vida que terminan siendo personajes que nos ayudan en el cuento que nos armamos para enfrentar dragones y ganar batallas épicas. A estos, medirlos por el tiempo que se quedan no les hace justicia. Pesa más los elogios o vituperios de sus bocas, la rapidez con que nos desarman, la atención en los éxitos o en los fracasos, el monstruoso poder que ejercen sobre nosotros. Hasta de la monotonía son nuestros cómplices.

Puedo ponerle rostro a cada uno de los dedos de mi mano izquierda y sin embargo no sé en cuáles de sus dedos está el mío. No importa. Solo ellos pueden juzgar el lugar que uno ocupa. Egoístas, admitimos o no lo que nos dan sin pensar en lo que hemos sido capaces de ofrecerles. Amamos y destruimos como solo un amigo sabe y cada uno recitará su propia versión de ese cuento. La reciprocidad no es una condicionante en ningún ámbito. El anhelo por ellos nos obliga a aceptar lo que son. Habrá el que gire instrucciones, el que determine lo cómico o lo trágico como un padre o un dios al que se le deposita toda la confianza para ponernos el acento, para dotarnos de características humanas y definirnos ante sus ojos y los de otros. Autoritarios, nos señalan el lugar para descansar el significado de nuestra existencia. Otros no, ellos serán los abnegados que corren al llamado para resolver la colisión y el desorden. Los que no tengan palabras y solo nos fundan en un abrazo que diga todo. Los que regalan libros, oídos, cigarros, masajes, cafés. A los que no eres capaz de darles nada y sin embargo se quedan.

En este fenómeno tan complejo también nos enfrentamos a la evolución sin saber a ciencia cierta si nos extinguiremos. Todos cambiamos. Un día alguno de ellos no estará para dialogar, debatir o pelear. Ya no habrá risas sobre estupideces, películas malas, conocidos que criticar, pasones y crudas que aliviar, azoteas por donde escapar, helados que compartir, novios celosos que nos odien por robarles el tiempo. La vida no siempre es un ciclo agrícola. Los rencores no nos dejarán abrazarnos. Unos se casan, otros se mudan. Algunos más se imponen el silencio. El exilio voluntario. Entonces se elige entre el cariño a distancia aunque siempre el recuerdo nos permitirá regresar a ellos. O no. En nuestros dedos aparecerán garabateados nuevos nombres.

Tal vez me he equivocado. No hay amistad sin interés. Tal vez todos estamos enamorados de nuestros amigos y los utilizamos para sentirnos menos solos, algo amados. Para tener qué contar con los dedos de nuestra mano que sin ellos estarían vacíos. La amistad es una forma extraña de amor.

 

@negramagallanes

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