Opinión

Lutero, un espíritu telúrico / Taktika

Colegio de Estudios Estratégicos y Geopolíticos de Aguascalientes, A.C.

 

Wittenberg, Alemania. 31 de octubre de 1517. Un hosco monje, Martín Lutero, camina hacia las puertas de la iglesia-castillo. El agustino refleja en su rostro la indignación que le provoca el fraile dominico, Johann Tetzel, quien más que un hombre religioso pareciera un volatinero espiritual, pues su lema era: “Tan pronto como la moneda suena en el cofre, el alma salta del purgatorio”.

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Pronto, los sonidos del martillo, duros y metálicos, se escuchan. Lutero clava sus 95 tesis en debate. Las tesis hacen un profundo cuestionamiento de las enseñanzas de la Iglesia Católica, en general, y del poder del Papa, en particular. El mensaje de Lutero electriza a los habitantes del pueblo, luego se difunde por toda Alemania y, posteriormente, por Europa.

La escena arriba mencionada sirve como prólogo al presente artículo, el cual tiene por objetivo explicar cómo se gestó la filosofía de Martín Lutero y cómo lo ocurrido hace 500 años marcó un parteaguas en la historia de Alemania, Europa y el mundo entero.

El 10 de noviembre de 1483, en el hogar formado por Hans y Margarethe Lutero, nació un niño al que dieron el nombre de Martín. Hans era un individuo astuto y vigoroso que se había elevado de su condición de campesino a hombre de negocios. Con el pasar del tiempo, Hans abrigó grandes esperanzas para Martín, el vástago que daba mayores pruebas de inteligencia.

Inicialmente, Martín Lutero estudió la carrera de abogado: Durante sus estudios, se sintió particularmente atraído por la filosofía de Aristóteles, Guillermo de Ockham y Gabriel Biel, pero su misticismo lo llevó a abandonar el estudio de la ley. Lutero se retiró a un monasterio. Su padre, profundamente contrariado, se resistió a su decisión.

En 1505, Lutero entró en el claustro de la orden agustina, en Erfurt. Los agustinos se regían bajo un régimen austero, pues era el medio para alcanzar la salvación. En Erfurt, Lutero practicó el ascetismo: ayuno excesivo, oración por la noche, y lectura incesante de la Biblia. Por qué hacía esto Lutero. Según sus propias palabras, para curar sus ataques de Anfechtungenwas, una palabra alemana que se traduce como los ataques espirituales “que evitan que la gente encuentre certeza en un Dios amoroso”.

Durante su estadía en Erfurt, Lutero descubrió la teoría de sola fide (“Sólo por la fe”, en latín). Es decir, el perdón divino se otorga y recibe a través de la fe sola. Una pintura de sir Joseph Noel Paton que muestra a Lutero, leyendo la Biblia y rodeado de imágenes religiosas y crucifijos, explica claramente cómo el agustino descubrió esta presunción, la cual sería pilar de su pensamiento.

La Universidad de Wittenberg abrió sus puertas en 1508 y Lutero fue enviado para enseñar teología cristiana y filosofía moral. Tanto sus superiores como alumnos lo tenían en alta estima. Sin embargo, Lutero continuaba con sus angustias existenciales. En alguna ocasión su confesor le dijo: “Dios no está enojado contigo, eres tú el que está enojado con Dios”.

En noviembre de 1510 Lutero emprendió un peregrinaje a Roma, la ciudad santa del catolicismo. Cuando estuvo a la vista de la ciudad, Lutero se postró y exclamó: “¡Salve, Roma sagrada!” Para Lutero, Roma, la Ciudad Eterna, era la capital del mundo cristiano y la sede del Vicario de Cristo.

Sin embargo, el devoto peregrino germano se sintió ofendido por la opulencia de los cardenales y escandalizado por los relatos que oyó sobre los papas: Alejandro VI –Rodrigo de Borja- el progenitor de César y Lucrecia; Julio II, el “Papa guerrero” y quien auspició la basílica de San Pedro, el Moisés de Miguel Ángel y muchas obras de arte.

El viaje a Roma constituyó una epifanía para Lutero: al principio rehúso estudiar su doctorado, pero su vicario general, Johann von Staupitz, le dijo: “¿No sabe usted que Dios Nuestro Señor tiene asuntos importantes que atender? Para realizarlos necesita la ayuda de gente capaz; y si usted muriera, Él lo recibiría en su corte celestial, donde también le faltan doctores”.

Su profundo estudio de la Biblia le pareció extraño a sus profesores: “Este monje es capaz de confundir a todos los doctores. Es capaz de empezar una nueva religión y de reformar a toda la Iglesia de Roma porque basa su teología en los escritos de los profetas y de los apóstoles. Se basa en las palabras de Cristo, que ninguna filosofía o sofisma puede echar abajo”.

No obstante, había algo que molestaba al alma piadosa de Lutero: las indulgencias, una quimera medieval por la cual se confería a los fieles la gracia de conmutarles la punición que, según la Iglesia, se merecían por la comisión de pecados.

El pontífice León X ordenó reanudar la indulgencia de San Pedro. Para acallar las protestas de varios monarcas, el Sumo Pontífice les otorgó el privilegio de quedarse con una parte de lo recaudado. Sin embargo, hubo soberanos afectados como Federico el Sabio de Sajonia, quien se opuso a que Johann Tetzel, el principal promotor de indulgencias en Alemania, entrara a su territorio.

Una vez que Lutero clavó las tesis, éstas se divulgaron como reguero de pólvora: las noticias llegaron al papa León X, quien dijo que era una “pendencia de monjes”. Luego, Lutero fue llamado a Roma, pero Federico el Sabio se negó, pues Lutero era su súbdito.

En el otoño de 1518, Lutero retó al gran teólogo, cardenal Cayetano, quien pidió que Lutero se retractara, pero éste respondió citando las Escritura en apoyo de su tesis de que a los hombres lo redime la fe, no la compra de indulgencias. Posteriormente, Lutero debatiría con Johann Eck, eminente escolástico y teólogo.

Lutero lanzó varios opúsculos contra la institución papal: Memorial a la nobleza cristiana de la nación alemana, La cautividad babilónica de la Iglesia y Tratado sobre la libertad cristiana. Pero el más demoledor fue Contra la execrable bula del Anticristo, en donde atacaba directamente al pontífice León X y a los príncipes de la Iglesia.

En la primavera de 1521, Lutero llegó a la Dieta de Worms, en donde se enfrentó al emperador Carlos V y a dos nuncios papales. El clímax llegó cuando a Lutero se le ordenó retractarse de sus ideas. El monje respondió: “A menos que se me persuada por las Escrituras o la recta razón. Aquí estoy, y no puedo hacer otra cosa. Que Dios tenga piedad de mí, Amén”.

Esas palabras provocarían un cisma en el mundo cristiano, el cual devendría en las guerras de religión, entre católicos y protestantes, que azotarían al Viejo Mundo durante los próximos 100 años. Asimismo, la Iglesia católica llevaría a cabo la Contrarreforma, cuya punta de lanza serían los jesuitas. Todo ello provocado por un austero y erudito monje que firmaba: “Martín Lutero, notario de Dios”.

Aide-Mémoire. La situación en Cataluña ha devenido en una tragicomedia: Carles Puigdemont se declara, desde Bruselas, Bélgica, “presidente legítimo” pues actuará con “libertad y seguridad”; mientras tanto, Donald Trump ha recibido un duro golpe con el arresto domiciliario de su ex gerente de campaña, Paul Manafort.

 

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Soren de Velasco Galván

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