Opinión

El machismo pasivo, el peor de todos / Análisis de lo cotidiano

 

El machismo espectacular, llamativo y sangriento suele ocupar los titulares de los diarios y las más dramáticas notas de los noticieros radiales. A cualquiera de nosotros nos impresiona el hombre que golpea a la mujer entre gritos y jaloneos ya sea en su casa o en la vía pública. El feminicidio es un nuevo recurso legal para defender a la mujer y señalar sin asomo de duda, el acto de machismo letal y devastador. Y qué bien que sigamos haciéndolo así. Solo que esta variedad de enfermedad social no es la más común de todas. Existe una forma más terrible que es el abuso cotidiano, sutil y desgastante, el machismo pasivo. El hombre que a diario se dirige a su esposa o pareja con violencia verbal, llamándola con apodos denigrantes como gorda, panzona, prieta y otros más insolentes. Aquel que exige un trato de rey y aporta un gasto miserable. Una forma particularmente lesiva es conocida como “El Síndrome del Esposo de la Patita” tomado de la canción de Cri Cri, que dice a la letra “…y su esposo es un pato sinvergüenza y perezoso que no da nada para comer y la patita pues qué va a hacer…” que como recordaremos la citada canción infantil es todo un documento de crítica social, ya que plantea la tragedia de tantas mujeres que tienen que salir a buscar el sustento diario, porque el marido se olvida que tiene esposa e hijos y evade su compromiso. La Patita (la esposa) es la que vive las angustias de buscar centavitos y lamentarse de lo caro que está todo en el mercado para finalmente terminar diciéndoles a los patitos que coman mosquitos, o sea que ellos mismos busquen su sustento. Por qué habría de asombrarnos que los cruceros viales estén llenos de niños pedigüeños. En Aguascalientes como en otras ciudades industrializadas, ya es un hecho común, si la esposa adquiere un empleo y comienza a ganar igual o más que el marido, el señor de inmediato deja de trabajar. En ocasiones argumenta que no encuentra empleo, o que ha sido despedido, o que le pagan poco, y no faltan aquellos que simplemente se quedan en casa porque con lo ganado por la mujer es suficiente. La violencia intrafamiliar tiene una enorme gama de formas. Hemos comentado la violencia verbal y la económica, pero la violencia psicológica ejercida por el autoritarismo es de las más comunes y dañinas ya que se basa en la costumbre, la tradición y en ocasiones hasta en la religión. Hechos como aquel de que en casa se hace sólo lo que el hombre dice, que solamente el varón autoriza las salidas de la mujer, las visitas a sus familiares, los permisos para tener amigas o actividades recreativas. Incluso la violencia física puede ser sutil, sin tener que llamar la atención de la policía, expresada como empujones, pellizcos, jalones de cabellos, bofetadas y una larga cadena de golpecitos que no son suficientes para armar un escándalo, pero que van minando diariamente la confianza, la seguridad y sobre todo el amor. Incluso consideramos machismo pasivo la inercia ante la educación de los hijos. El padre de familia que amparado en que él no estudió y no necesitó nunca de libros para ganarse su comida, no participa en las actividades escolares, nunca asiste a las sesiones de padres de familia, no ayuda en las tareas y nunca está dispuesto a gastar en útiles escolares. El machismo pasivo es el más abundante de todos, se encuentra en todos los niveles sociales y en muy difícil de detectar porque en muchas familias se piensa que “…así son los hombres…”. Una vez que se identifica se le puede solucionar, pero el problema está en que las mujeres se den cuenta y lo denuncien.

 

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Héctor Grijalva

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