Opinión

Puentes ¿peatonales? / Agenda urbana

En días recientes, José de Jesús Altamira, secretario de Infraestructura y Comunicaciones (Sicom) del Gobierno del Estado, dijo que analiza la posibilidad de construir más puentes peatonales en la ciudad; incluso con escaleras eléctricas o elevadores para supuestamente hacerlos funcionales. Igualmente, mencionó que estudia la manera de construir pasos subterráneos para mejorar la seguridad de los peatones. Desafortunadamente, estas ocurrencias poco ayudarán a mejorar la movilidad urbana y la seguridad vial en Aguascalientes. Veamos.

Primero, los puentes peatonales generalmente se intentan justificar con el argumento de que ayudan a garantizar la seguridad de quienes caminan. Sin embargo, estas estructuras en realidad están pensadas para satisfacer las necesidades de los automóviles, no de los peatones; es decir, es infraestructura vehicular disfrazada de infraestructura peatonal (Díaz 2012). ¿Por qué? Porque al peatón se le obliga a subir y bajar escaleras o rampas para cruzar una avenida y a caminar distancias de hasta cien metros o más para atravesar una avenida de 20 o 30 metros; todo con la finalidad de evitar a toda costa la necesidad de reducir la velocidad del automóvil.

Segundo, los puentes peatonales no mejoran la seguridad vial. Según el Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo (ITDP), en 2010 en la Ciudad de México, a menos de 300 metros del 67 por ciento de los puentes peatonales ocurrió el 27 por ciento de los atropellamientos; y a menos de 100 metros de estos puentes ocurrió el 11 por ciento de los atropellamientos. En otras palabras, estos puentes no resuelven los problemas de seguridad; sin embargo, la interpretación que suelen dar las autoridades a este fenómeno es que la culpa es de los peatones que no utilizan la infraestructura construida supuestamente para su seguridad (Díaz 2012). Nuestras autoridades deberían recordar que reducir las velocidades vehiculares, no construir más puentes peatonales, es la verdadera clave para mejorar la seguridad vial.

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Tercero, si los puentes no se utilizan no es por flojera sino porque no son funcionales -ni con escalera eléctrica o elevador- pues una persona está obligada a realizar desplazamientos más largos no sólo para llegar hasta un puente peatonal sino para para cruzar una calle a través de él. Además, factores como el cansancio, las altas o bajas temperaturas, el ruido, la lluvia, la contaminación y la susceptibilidad de ser víctima de un asalto, terminan por eliminar cualquier funcionalidad de estas estructuras. Los humanos como seres racionales buscamos el camino más corto para desplazarnos, ya sea por ahorro de energía, tiempo, distancia o practicidad. En este sentido, la Sicom debería analizar rigurosamente por qué los puentes peatonales han fracasado rotundamente y pensar en mejores soluciones, como los cruces seguros a nivel de calle, en lugar de seguir invirtiendo en acciones con mínima rentabilidad social y económica.  

Cuarto, estos puentes cuestan por lo menos el doble de un cruce a nivel (Baranda 2010), pues requieren de una fuerte inversión para su construcción. El más austero puede llegar a costar aproximadamente 1.5 millones de pesos; por el contrario, la inversión en dispositivos de gestión y control del tránsito como la colocación de semáforos inteligentes, reductores de velocidad y señalización puede ser mucho menor (ibíd.). Claramente, los recursos tendrían mayor utilidad si fueran invertidos en el diseño y la infraestructura necesaria para cruzar de manera segura a nivel de calle.

Quinto, la Sicom parece decidida a invertir exclusivamente en infraestructura para el vehículo privado a pesar de que en Aguascalientes únicamente 34 por ciento de los viajes diarios se realizan en este modo de transporte; mientras que 22 por ciento de los viajes se realizan caminando (Pimus 2014). Al promover más puentes, la Sicom pone en evidencia que su más alta prioridad es facilitar el flujo vehicular por encima de la movilidad, accesibilidad y seguridad de los peatones, quienes a su vez son los usuarios más vulnerables de la vía pública.

Por último, como se mencionó anteriormente, la gran mayoría de los cruces se pueden resolver a nivel de calle; pero requiere voluntad para explorar estrategias creativas y eficientes que permitan reducir la velocidad del automóvil, no sólo a través de sanciones sino de un diseño vial más inteligente. Las normas viales deben respetarse, sí, pero la actitud que hay que cambiar no es la de los peatones sino la de los automovilistas que circulan aceleradamente; y, desde luego, la de los planificadores que promueven una ciudad orientada cada vez más al automóvil por encima de cualquier otro modo de transporte. Desafortunadamente, así como el automovilista no paga los costos sociales que resultan del uso desmedido del vehículo privado; el peatón tampoco recibe beneficios por las externalidades positivas que genera al no contaminar ni contribuir a la congestión vial; peor aún, se le desprecia y arrincona.   

 

[email protected] / @fgranadosfranco

 

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Fernando Granados

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