Opinión

Viejos retos, nuevos problemas: erotismo y sexualidad en entornos digitales / Piel curtida

Las prácticas eróticas y sexuales se han transformado con el desarrollo de tecnologías y plataformas de comunicación al ampliar las posibilidades para experimentar y conectarse con personas con quienes, de manera presencial, sería difícil poder intercambiar gustos o fantasías en uno de los ámbitos con mayores tabúes. Sin embargo, estos recursos no sólo aproximan a los usuarios a mayores libertades de interacción, sino también a diferentes riesgos e incluso delitos que pocas veces serán denunciados ante las instituciones poco preparadas para confrontar estos nuevos escenarios y ante una sociedad con una gran ansiedad por la exposición y una exigua consciencia sobre los cuerpos, la sexualidad y la violencia.

Imagine una persona joven con poco conocimiento sobre su sistema erógeno y en un entorno hostil para hablar sobre la sexualidad que, mediante Internet, puede aproximarse a concertar algún tipo de encuentro aparentemente discreto; hombres o mujeres que al conocer estas aplicaciones se atreven a buscar la experimentación de diferentes ideas o fantasías que suelen avergonzarles; parejas que intentan buscar una relación sexual o afectiva con una tercera persona; o simplemente personas, como todas, que buscan un poco de compañía. Cada una se encuentra en un alto grado de vulnerabilidad para denunciar en caso de que alguno de los encuentros se transforme en un delito pues, se enfrentarían al juicio público moralista en un mundo con mayor acceso a medios de comunicación individualizados.

Sobre este escenario, vale la pena compartir algunos datos de diferentes organizaciones que han buscado cuantificar el sexting, es decir, el compartir recursos textuales, visuales o audioviduales de tipo erótico o sexual. En el caso de México, diferentes encuestas apuntan que más del 35 por ciento de los jóvenes entre 12 y 16 años conocen a alguien que ha enviado o reenviado contenido de este tipo, mientras que entre el ocho y 10 por ciento acepta haber enviado material propio de esta índole, a diferencia de Estados Unidos y España que han registrado en algunos sondeos que sólo entre el 1 y cuatro por ciento ha realizado esta prácticas.

Para exponer un suceso más concreto se puede recurrir a la reciente noticia de las “goteras” de Tinder. Ésta es una aplicación en la cual un usuario crea un perfil en espera de engancharse (hacer match) con alguien más. Los perfiles con fotografía de las personas cercanas se van mostrando poco a poco, los cuales se rechazan o se señalan de agrado con un like (me gusta) o súper like, si ambos se gustan, se abre un chat para la interacción directa. La diferencia con el mundo presencial es que todo se encuentra en un mismo espacio, disponible para el momento en que el usuario lo desee, ahorrando el bochorno del rechazo frente a frente. Aunque la intención original de la plataforma fue expandir las posibilidades de acordar citas en un plano romántico, las personas son quienes dotan a estas herramientas de su cariz, por lo que también se da pie para encuentros de mayor erotismo, suavizados por la imagen rosa construida en torno a Tinder. Es así que, durante la semana, se dio a conocer el caso de un grupo de chicas que, a través de este medio digital, contactaban a usuarios para asaltarlos después de concretar encuentros en sus hogares y sedarlos.

A diferencia de otros casos similares en los cuales las víctimas de son de grupos identitarios vulnerables, como robo de identidad, acoso, extorsiones y agresiones contra usuarios de Grindr; la noticia se ha difundido por la prensa alertando sobre los riesgos de este tipo de aplicaciones, orientando la discusión de la audiencia hacia el porqué una persona se daría de alta en esas plataformas, señalando los ataques como un tipo de ajuste de cuentas por el karma ante dilemas moralistas, lo cual ha planteado nuevamente la intención de regular o prohibir espacios digitales. Sin embargo, el debate debería girar hacia otra perspectiva: la forma en que las experiencias afectivas, eróticas y sexuales pueden llegar a ser empleadas como recursos de poder para amedrentar y violentar con una impunidad casi garantizada a causa del tabú.

El escenario es claro, las prácticas eróticas y sexuales se presentan bajo nuevas circunstancias en las cuales ya están participando los individuos, mismas que son empleadas por otras como recursos de entretenimiento a través del escarnio público, para extorsionar, vengarse (pornovenganza) o cometer delitos contra una víctima que se percibe inmersa en una sociedad que le revictimizará o culpará. Es así que estas nuevas problemáticas presentan el mismo viejo reto para diferentes instituciones y las personas del mundo contemporáneo, el cual no podrá ser superado si no se reconoce la relevancia conversar sobre la sexualidad desde un punto de vista científico, humanista y no inquisitivo; de lo contrario, sólo se buscará la prohibición como un paliativo para una sociedad que ha negado la trascendencia de analizar un ámbito cotidiano, pero a la vez velado: la sexualidad humanidad, posibilitando que se emplee como un dispositivo de control, poder y violencia.

El cuerpo es la última frontera de autonomía para los individuos, y en la medida en que no se arriesguen a hablar de él seguirán siendo víctimas en potencia pues, el morbo mediatizado ha transformado la sexualidad humana en un espectáculo, en una simbiosis pornográfica de tipo snuff donde los espectadores aplauden, se ríen o utilizan la exposición de la vulnerabilidad de terceros como expiación, en vez de cuestionarse sobre las posibilidades de construir una convivencia digital que reconozca que el cuerpo, el romance, el sexo y el erotismo nos seguirán acompañando antes, durante y después de la pantalla.

 

@m_acevez | [email protected]

 


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Juan Luis Montoya Acevez

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