Opinión

¿Eres especista y no lo sabías? Date la oportunidad de hacer un muy distinto propósito de año nuevo

 

Movimiento Ambiental de Aguascalientes, A.C.  

 

En estos días en que hacemos balance del año que está por terminar, uno de los elementos que la comunidad de habla hispana a nivel internacional ha destacado es la inclusión, por parte de la Real Academia Española (RAE), de los términos especista y especismo en la nueva versión electrónica del Diccionario de la lengua española. Y ello plantea las preguntas: ¿soy yo especista?; ¿participo yo, sin saberlo, del especismo?

Para responder, naturalmente, lo primero que hay que hacer es explorar qué definiciones incluyó la RAE para dichos términos. “Especista: 1. Perteneciente o relativo al especismo. 2. Partidario del especismo.” (http://dle.rae.es/?id=GX59s4B). Vaya, nos hemos quedado igual, ¿no? Veamos la otra: “Especismo: 1. Discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores. 2. Creencia según la cual el ser humano es superior al resto de los animales, y por ello puede utilizarlos en beneficio propio.” (http://dle.rae.es/?id=GX58T29). Bueno, eso da más luz al asunto, pero quizá plantea más incógnitas: ¿a qué nos referimos exactamente con discriminar?; ¿cómo es eso de considerar algo (o alguien) superior o inferior a otro (u otra)? Sigamos.

Discriminar, según la misma RAE es “1. Seleccionar excluyendo. 2. Dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, etc.” (http://dle.rae.es/?id=DtHwzw2). Eso quiere decir que el especismo es dar un trato excluyente y desigual a los animales (no humanos) por el motivo de considerarlos inferiores a nuestra especie. ¡Pero aquí hay algo por demás interesante por importante! Resulta que discriminar, en la acción de propinar un trato efectivamente desigual, tiene que ver con maltratar a otro u otra por ser diferente: por ser de otra “raza”, de otra religión, de otra afiliación o alineación política, de otro sexo, de otra clase social o económica, de otra nacionalidad, etc. Y para esto tenemos también términos: está el racismo, el clasismo, el sexismo (y el machismo) y la xenofobia, entre otros; todos ellos, sabemos, tienen tintes negativos por una simple cuestión: conllevan prejuicio, es decir, hacernos una idea (o juicio de valor) previa de alguien sólo porque pertenece a una cierta colectividad (etnia, religión, sexo, etc.) sin haberle dado (ni habernos dado) la oportunidad de “juzgarle” justamente con hechos y evidencias. Juzgar a un libro por su portada, vaya, es prejuzgar; y bien sabemos que quien va de la vida por prejuzgar y discriminar termina mal.

Racismo entonces es prejuzgar y discriminar a alguien por su “raza” u origen étnico, y la historia y la tradición oral nos brindan ejemplos de este tipo de discriminación: “los negros no tienen alma” o “trabajo como negro para vivir como blanco”; hoy, bien sabemos que las capacidades de una persona no derivan ni del color de su piel ni de su ascendencia. Sexismo y machismo es discriminar a alguien por su sexo o género y tenemos frases ejemplo como “pórtate como los machos” o “lloras como una niña”; reconocemos ahora que el valor de una persona (o, como en los ejemplos, la capacidad de forjar carácter o de sentir emociones) no dependen del sexo o del género. “Fresa”, “naco”, “mirrey”, “pobretón” y “riquillos” son ejemplos de clasismo, es decir, discriminación por clase social, económica, o una combinación de ambas; y también sabemos que la bondad de alguien no está asociada ni con la alcurnia de su apellido ni con sus posesiones materiales. Bueno, y ¿del especismo? Un par de muestras sociolingüísticas de esta discriminación son: “reprobaste por burro” y “sucio como un cerdo”; comprobado está que los burros pueden resolver cierto tipo de problemas y que los cerdos prefieren ambientes limpios.

Pero por folclóricos y coloridos que los anteriores ejemplos nos puedan parecer, hay que recordar que detrás de cada tipo de discriminación hay innumerables historias de crueldad, dolor y sufrimiento. Acarreamos milenios de esclavitud al amparo del racismo, de desigualdad a la sombra del clasismo y de opresión al cobijo del sexismo; por desgracia, siguen existiendo de antiguas y modernas formas, causando dolor, sufrimiento y muerte. Pero para resolver un problema, primero hay que reconocerlo y acusarlo: vemos instituciones, campañas y mecanismos que los delatan y los combaten de una y mil maneras. Por eso es importante que el especismo haya trascendido al ámbito del activismo y promoción de los derechos de los animales no humanos (porque las y los humanos también pertenecemos biológicamente al conjunto “animales”); que ahora se incorpore al Diccionario de la lengua española y así, poco a poco, se integre en nuestro vocabulario, es un valioso instrumento a nuestro alcance para reconocer, denunciar y afrontar este tipo de discriminación que causa cada año, multiplicado por trillones, casos de dolor, sufrimiento y muerte. La peor violencia (y esto aplica para cualquier tipo de violencia y discriminación) es la que no se reconoce siquiera. Visibilizar al especismo es un gran paso y, a la vez, sólo el primero.

¿Qué te parece si, como propósito de año nuevo, te pones el reto de, una vez al día, preguntarte si algo que te encuentres puede ser considerado especismo? Una vez al día, cuando te topes con algún animalito en la calle, en las noticias, en una serie, o un producto o servicio que incorpore de alguna manera, en alguna fase del proceso, directa o indirectamente, a un animal no humano, pregúntate: ¿es esto especismo? ¿se está maltratando a este animal por considerarlo inferior sólo por ser de una especie distinta? ¿qué me parecería si a alguien de mi especie, si a una humana o humano, se le tratara de esta manera? Verás, te lo aseguro, cómo cambia tu capacidad de experimentar empatía, de ejercitar compasión y de sentir ternura; no sólo cambiará tu vida, sino que se te ocurrirán maneras de impactar positivamente otras vidas.

Porque la vida, en general, en este maravilloso planeta ha sobrevivido gracias a la diversidad, ese poderoso pilar de la adaptación, la selección natural y la evolución ante condiciones continuamente cambiantes y difíciles. Todas y todos somos distintos y distintas, y, según el rasgo o característica que seleccionemos, podemos trazar categorías para clasificar las diferencias. Por supuesto que no todas ni todos somos iguales, mucho menos idénticos; no se trata de cerrar los ojos a la diferencia y a la diversidad: se trata de no fabricar discriminación y maltrato a partir de ellas.

Siempre podremos encontrar diferencias si nos lo proponemos; si es de otra “raza”, de otra clase, de otro sexo… de otra especie. El punto es: ¿cómo reaccionamos a eso? Una manera es desarrollar mitos sobre una supuesta superioridad (la “pureza de sangre”, por ejemplo, o la “nobleza”) o inferioridad (“esos(as) no tienen alma”, frase que ha sido, en distintas sociedades y culturas, aplicada tanto a las mujeres, a los “negros” e “indios” y a los animales no humanos, por ejemplo). Pero también podemos basarnos en esas diferencias para dar un buen trato, adecuado y hasta personalizado; el buen jardinero sabe que no todas las plantas se riegan igual, así como la buena doctora sabe que la prescripción no sólo atiende a la dolencia sino también al historial médico. La diferencia y la diversidad son fuente de riqueza salvo cuando se usan para discriminar y maltratar; la variedad sociocultural así como la biodiversidad son para maravillarse, no castigarse.

Y tú, ¿eres especista?

 

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Sergio Reyes Ruiz

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