Opinión

El hombre que renace / Opciones y decisiones

 

Recuerdo aquellas conversaciones nuestras, en parajes de los altos de Chiapas. Yajalón, Chilón y Bachajón como sitios de inserción comunitaria, en los años 1978-79, de un puñado de universitarios en su práctica de servicio social. Hablábamos del análisis social aplicado a la vida cotidiana de esas comunidades, recurriendo a la metodología de identificación de “contradicciones primarias, secundarias, terciarias…etc.” Realizábamos esta lista de oposiciones contradictorias con rigurosa exigencia y sistematización. Su finalidad, lo sabemos, era conocer el estado concreto de la lucha cotidiana en que se enfrascaban los actores principales con influencia en la vida de la comunidad.

Consistía en observar las relaciones concretas, por ejemplo, del alcalde y la población, el cura y los terratenientes, el médico y las mujeres embarazadas, las cervecerías y los peones agrícolas, los promotores del Banco Mundial y los proyecto productivos in situ, los funcionarios sectoriales del estado en proyectos para las regiones, la policía y los jueces destacamentados en la cabecera municipal; los agentes de pastoral y el obispo Samuel Ruiz; los diáconos y catequistas indígenas y la organización de las fiestas patronales de comunidades y la central parroquial, etc., etc.  

Ahora, tal ejercicio, puede sonar a un juego descabellado, que aplica presuntuosas categorías del análisis marxista a las aparentemente humildes relaciones aldeanas, de comunidades en parajes aislados en la sinuosa orografía serrana del norte del estado; pero eso no importaba en lo más mínimo a nuestro coordinador académico; de hecho, él se jactaba ante el inoportuno ruido de tripas que se escuchaba en los momentos de silencio de los miembros de nuestro equipo que, aún no llegábamos a la cena de un plato de frijoles aderezado de un fresco chile habanero y tortillas, un jarro de café recién tostado al comal y molido, y con suerte un plátano cortado de la penca colgante del techo. Decía: así es como debe hacerse este análisis; que lo sintamos en las tripas. Un ejercicio que se prolongaba incluso hasta altas horas de la noche, sin excusa ni pretexto. Incluso se recriminaba que emociones afectivas del grupo se distrajeran del objeto comunitario al que debíamos servir. Simplemente era inexcusable no realizar este examen.

¿Qué sentido tenía esa disciplina analítica? Debo reconocer, ahora, que hacía pleno sentido, si de veras queríamos ser agentes de cambio y, como se estilaba en aquellos años, de concientización comunitaria. Me estoy permitiendo esta licencia de cómo ganar concientización, motivado nada menos que por la deslumbrante lucidez del papa Francisco que acaba de pronunciar un discurso, verdaderamente de tripas crujientes, ante la Curia Romana.

En efecto, este jueves 21 de diciembre, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, el Papa Francisco ha recibido en audiencia a los cardenales y superiores de la Curia Romana para intercambiar las felicitaciones navideñas. (Ver. Infovaticana. El Papa advierte a la Curia del Peligro de los ‘traidores de la confianza’. 21 diciembre, 2017. https://goo.gl/VVTNP6. Su talante no dejó espacio alguno a dudas, recapitula todo el sentido de su alocución, así:

“Comencé este nuestro encuentro hablando de la Navidad como la fiesta de la fe, ahora quisiera concluirlo evidenciando que la Navidad nos recuerda que una fe que no nos pone en crisis es una fe en crisis; una fe que no nos hace crecer es una fe que debe crecer; una fe que no nos interroga es una fe sobre la cual debemos preguntarnos; una fe que no nos anima es una fe que debe estar animada; una fe que no nos conmueve es una fe que debe ser sacudida. En realidad, una fe solamente intelectual o tibia es sólo una propuesta de fe que para llegar a realizarse tendría que implicar al corazón, al alma, al espíritu y a todo nuestro ser, cuando se deje que Dios nazca y renazca en el pesebre del corazón, cuando permitimos que la estrella de Belén nos guíe hacia el lugar donde yace el Hijo de Dios, no entre los reyes y el lujo, sino entre los pobres y los humildes”.

Plantea con mucha precisión el tópos significativo desde el cual habla: Después de haber hablado en otras ocasiones sobre la Curia romana ad intra, este año quiero compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la realidad de la Curia ad extra, es decir, sobre la relación de la Curia con las naciones, con las Iglesias particulares, con las Iglesias orientales, con el diálogo ecuménico, con el Judaísmo, con el Islam y las demás religiones, es decir, con el mundo exterior.

Define con precisión el campo de interés que motiva su alocución: “la visión personal que he procurado compartir con vosotros en los discursos de los últimos años, en el contexto de la reforma que se está realizando. Y con respecto a la reforma me viene a la mente la simpática y significativa expresión de monseñor Frédéric-François-Xavier De Mérode: “Hacer la reforma en Roma es como limpiar la Esfinge de Egipto con un cepillo de dientes”.

Inmediatamente, machaca con buril su intención pastoral: “Así pues, la universalidad del servicio de la Curia proviene y brota de la catolicidad del Ministerio petrino. Una Curia encerrada en sí misma traicionaría el objetivo de su existencia y caería en la autorreferencialidad, que la condenaría a la autodestrucción. La Curia, ex natura, está proyectada ad extra en cuanto y mientras está ligada al Ministerio petrino, al servicio de la Palabra y del anuncio de la Buena Noticia: el Dios Emmanuel, que nace entre los hombres, que se hace hombre para mostrar a todos los hombres su entrañable cercanía, su amor sin límites y su deseo divino de que todos los hombres se salven y lleguen a gozar de la bienaventuranza celestial (cf. 1 Tm 2,4); el Dios que hace salir su sol sobre buenos y malos (cf. Mt 5,45); el Dios que no ha venido para que le sirvan sino para servir (cf. Mt 20,28); el Dios que ha constituido a la Iglesia para que esté en el mundo, pero no del mundo, y para ser instrumento de salvación y de servicio”.

Y luego modaliza la intencionalidad de su discurso, enfatizando el sentido “diaconal”/ del servicio apostólico: “Utilicé la expresión de un ‘primado diaconal’, remitiendo inmediatamente a la amada imagen de san Gregorio Magno del Servus servorum Dei. Esta definición, en su dimensión cristológica, es sobre todo expresión de la firme voluntad de imitar a Cristo, quien asumió la forma de siervo (cf. Flp 2,7). Benedicto XVI, cuando habló de ello, dijo que esta frase en los labios de Gregorio no era ‘una fórmula piadosa, sino la verdadera manifestación de su modo de vivir y actuar. Estaba profundamente impresionado por la humildad de Dios, que en Cristo se hizo nuestro servidor, nos lavó y nos lava los pies sucios’.

Recurre al uso de la analogía corporal, para ilustrar el movimiento hacia “afuera” que se debe al trabajo apostólico: “El recurso a la imagen de los sentidos del organismo humano nos ayuda a tener el sentido de la extroversión, de la atención hacia lo que está fuera. En el organismo humano, de hecho, los sentidos son nuestro primer contacto con el mundo ad extra, son como un puente hacia él; son nuestra posibilidad de relacionarnos. Los sentidos nos ayudan a captar la realidad e igualmente a colocarnos en la realidad. Por eso san Ignacio de Loyola recurría a los sentidos para contemplar los Misterios de Cristo y de la verdad”.

Afronta sin rodeos el nudo problemático que prevalece en la Curia: “Esto es muy importante si se quiere superar la desequilibrada y degenerada lógica de las intrigas o de los pequeños grupos que en realidad representan -a pesar de sus justificaciones y buenas intenciones- un cáncer que lleva a la autorreferencialidad, que se infiltra también en los organismos eclesiásticos en cuanto tales y, en particular, en las personas que trabajan en ellos. Cuando sucede esto, entonces se pierde la alegría del Evangelio, la alegría de comunicar a Cristo y de estar en comunión con él; se pierde la generosidad de nuestra consagración (cf. Hch 20,35 y 2 Co 9,7)”.

Su vuelo discursivo alcanza el clímax impugnativo y de persuasión a la conversión: “Permitidme que diga dos palabras sobre otro peligro, que es el de los traidores de la confianza o los que se aprovechan de la maternidad de la Iglesia, es decir de las personas que han sido seleccionadas con cuidado para dar mayor vigor al cuerpo y a la reforma, pero -al no comprender la importancia de sus responsabilidades- se dejan corromper por la ambición o la vanagloria, y cuando son delicadamente apartadas se auto-declaran equivocadamente mártires del sistema, del ‘Papa desinformado’, de la ‘vieja guardia’…, en vez de entonar el ‘mea culpa’”.

Concluye con la mirada de un horizonte al que asigna singular importancia: “El tema: ‘Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional’, a desarrollarse en la próxima XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Prestar atención especial a los jóvenes, atender la urgencia de las relaciones intergeneracionales, la familia, los ámbitos de la pastoral, la vida social. “Escuchando sus aspiraciones podemos entrever el mundo del mañana que se aproxima y las vías que la Iglesia está llamada a recorrer”.

Está vigente aquello de las “contradicciones primarias, secundarias, terciarias…”, El papa también hizo su análisis “desde las tripas”, pero no por visceral, sino movido a compasión (= ternura entrañable) hacia el mundo del hombre actual. Toca a nuestra sociedad mexicana hacer su análisis sobre las opciones políticas que nos esperan; un juicio basado en el análisis de las contradicciones interpartidistas, intercandidatos, intergeneracionales, cuyas deslealtades y traiciones también hay que traer a la luz. Convertirse es nacer de nuevo. Este es el verdadero espíritu de la Navidad 2017.

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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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