Opinión

La cerillera y el suicidio infantil / Análisis de lo cotidiano

Érase una vez una niña que vendía cerillos. Lo hacía en las heladas calles de la ciudad de Copenhague todas las noches, que es cuando ella suponía que las personas necesitaban más los cerillos para encender sus chimeneas. Durante un invierno particularmente frío, la noche anterior a la Navidad, las personas evitaron salir a la calle. Quienes tenían que hacerlo corrían rápidamente a buscar el calor de su hogar, de manera que la niña veía cómo avanzaba la noche y no lograba hacerse de una moneda. Nadie compraba su mercancía. Cansada y decepcionada se sentó en una escalera de piedra en la plaza central de la ciudad. Encendió una cerilla para tratar de calmar un poco su frío y de una manera maravillosa apareció ante sus ojos la imagen de una hermosa casa, la cerilla se apagó y la niña encendió otra, entonces vio una cálida chimenea, una sala confortable y un hermoso árbol de Navidad, una cerilla más y apareció una mesa llena de ricos alimentos y dulces, otra cerilla y vio todos los juguetes que siempre había deseado. Una última cerilla y entonces antes su asombrada mirada apareció su abuelita que había muerto años antes. La abuela le dijo que todo lo que había visto sería para ella, cuando se fueran juntas. La tomó de la mano y partieron hacia un lugar desconocido donde no había frío, soledad ni pobreza. A la mañana siguiente los transeúntes vieron al pie de la escalinata el cuerpecito congelado de la niña, rodeado de cerillas apagadas. La niña tenía una hermosa sonrisa en su helado rostro. Este horrible cuento lo publicó Hans Christian Andersen en el invierno de 1845 en Dinamarca. Era claro que él veía el sufrimiento de los niños de la calle y al igual que en muchos otros cuentos infantiles lo que llama la atención en la ausencia de familia protectora. ¿Por qué una niña anda vendiendo cerillos en una noche helada? ¿Dónde está su padre, quien debe protegerla, cuidarla y darle lo necesario para vivir? ¿Por qué la madre permite que su niña salga a reunir dinero para poder comer? Y la lista es interminable ¿Por qué la madre de Caperucita Roja la envía al bosque sabiendo perfectamente que allí andan sueltos feroces lobos? ¿Y dónde estaba el papá de Caperucita? ¿Por qué los padres de Hansel y Gretel los abandonan en medio el bosque donde habita una bruja antropófaga? ¿Por qué lo padres de Pulgarcito y sus siete hermanos los envían al bosque sabiendo que allí vive un ogro devorador de niños? Los cuentos de hadas son espantosos. Si bien es cierto fueron escritos con la intención de darles una lección a los padres, para que protegieran a sus niñitos. Después de cientos de años, tal parece que todavía no aprendemos la lección.

En días pasados, un niño de 12 años enciende un pastizal con la intención de morir quemado, porque se siente abandonado y no querido. Una niña de diez años se cuelga. Un muchachito de 9 años es llevado a Agua Clara porque le avisa a su madre que se colgará con el listón que trae en las manos. Esta es una pasmosa realidad en el Aguascalientes del Siglo XXI. Nuestros niños quieren trascender su realidad actual, no les gusta la realidad que se les da y desean salir a buscar una vida mejor, en el más allá. No lo conocen, pero suponen que será mejor. Nada puede ser peor que la existencia que están llevando ahora. ¿Y qué haremos al respecto? Ya lo estamos haciendo, la Secretaría de Salud y el Centro de Salud Mental Agua Clara está de lleno en la Terapia Infantil y en fecha próxima se contará con un centro especializado en psicoterapia para niños. Ya contamos con las psicólogas experimentadas, el espacio, el presupuesto y las más firmes intenciones. Eso hará el Sector Salud. ¿Qué se imagina usted que le corresponde hacer a los padres de familia?

 

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Héctor Grijalva

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