Cultura

La ficción como forma de vida / Entrevista a Carlos Fonseca, acerca de Museo animal

 

  • El relato de una familia que un día decide dejar atrás el mito de la identidad y se lanza a la aventura y al vértigo de explorar el mundo más allá de sus fronteras

 

Con la euforia por la llegada del nuevo milenio, un museólogo caribeño que reside en Nueva York recibe a la medianoche una invitación a participar en una extraña exposición. Siete años después, el museólogo recibirá de nuevo en medio de la noche, un paquete que contiene los archivos de esa malograda exposición, que sin embargo habrá sido la entrada para el difuso mundo de Giovanna, la diseñadora de modas que lo había invitado a participar.

Así da inicio la nueva novela del escritor costarricense Carlos Fonseca (San José, 1987), Museo animal, publicada por la editorial española Anagrama. Una novela compleja, con un manejo del lenguaje pulcro, brillante, que nos sumerge en la extraña historia de Giovanna y sus padres: el fotógrafo de moda Yoav Toledano y de su esposa, la actriz y modelo Virginia McCallister, desaparecidos en la década de los setentas en una selva latinoamericana siguiendo los pasos de un extraño profeta que anunciaba el Apocalipsis.

Museo animal es una novela concéntrica y laberíntica, una novela que se adentra buscando respuestas a las ideas de la ficción interna de la ficción, los resortes de la historia, el arte contemporáneo como duda metódica, como cuestionamiento abierto, como reto al mundo contemporáneo dominado por las ganancias del capital. Una novela metódica, rotunda, que se sumerge en territorios resbaladizos de las decisiones que lo cambian todo. Una novela construida a partir de la obsesión por entender ese instante preciso en el que la historia cambia.

El protagonista de la novela asistirá puntualmente a las reuniones con la diseñadora Giovanna para preparar la exposición, que nunca se llevará a cabo. Reuniones en las que los dos hablan de la capacidad mimética de muchos animales de la selva. Capacidad necesaria y desarrollada para poder sobrevivir en ese entorno hermoso y cruel al mismo tiempo. Esas conversaciones no le permitirán, sin embargo, conocer a Giovanna, quien es en realidad una mujer fantasma, que va y viene, una mujer reflejo, que nos cuenta algo más de lo que sus palabras nos dicen. Es quizás, una mujer que nos cuenta otras historias, historias que subyacen en el fondo y que un día explotan, como los extraños incendios que sobreviven bajo la superficie de la Tierra, y que el fotógrafo Toledano hará el centro de su obra al final de su vida, cuando vive perdido en un pueblo minero que ha sido arrasado por ese extraño fenómeno natural o como la historia de la madre de Giovanna que reaparecerá convertida en otra, en una artista llamada Viviana Luxemburgo, que vive en un extraño edificio ocupado por pobres, maleantes, drogadictos en Puerto Rico. Desde ahí, la madre ha logrado realizar una serie de actos, que ella considera artísticos, que han logrado desbalancear la bolsa de valores de Nueva York, por lo que será arrestada y juzgada por las autoridades norteamericanas. Su juicio será dominado por las teorías sobre el arte como un acto de rebelión simbólica frente al poder del capital.

Platicamos con Carlos Fonseca, quien además es autor de la novela Coronel Lágrimas, que fue muy recibida por la crítica y que ya se encuentra traducida al inglés, y quien es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Princeton y es parte del grupo de escritores Bogotá 39-2017, que reúne a los escritores menores de 39 años más destacados de América Latina.

Javier Moro Hernández (JMH): Quería preguntarte sobre el desarrollo de la novela. Está dividida en 4 grandes apartados, 4 momentos por llamarlos así. Pero me parece que uno de los temas que unen estos capítulos es el tema de la nostalgia, de la sensación de pérdida. Hay una sensación de que estos personajes se perdieron en algún momento.

Carlos Fonseca (CF): La novela está estructurada como cuatro novelas independientes, marcadas por estilos distintos, que culminan en una suerte de cuento corto a modo de epílogo. El lector podría sentir que se tratan de novelas independientes si no fuese por la trama policial que recorre las partes y esa sensación de pérdida que bien apuntas. La novela está poblada por personajes que un día deciden tomar un viaje y, en el camino, se pierden. Son personajes marcados por eso que Juan Villoro, en su novela El testigo, llamaba “posesión por pérdida.” Es decir, personajes que lo apuestan todo por un viaje sin retorno, pero que a la misma vez quedan marcados por esa pérdida inicial, lo cual arropa la trama bajo una nube de nostalgia. Lo interesante -y esto es algo que me gusta mucho del trabajo de W.G. Sebald- es pensar que a veces buscamos algo que sentimos perdido pero que no comprendemos del todo. La novela esboza la búsqueda de ese origen olvidado.

JMH: Justo esta primera sensación me lleva a la pregunta sobre la identidad. Los personajes de tu novela no son unívocos, unidimensionales. Tienen muchas facetas. Pienso en Giovanna, en sus padres y no dejo de preguntarme. ¿Quiénes son ellos? ¿Hacia dónde se dirigen? ¿Qué es la identidad para ti y qué es la identidad para tus personajes?

CF: Cuando alguien me pregunta cómo describiría la novela suelo responder que para mí se trata de un juego de máscaras. Al fin de cuentas es una novela sobre el camuflaje, sobre la máscara, sobre la indistinción entre lo verdadero y su réplica falsa, sobre las ficciones en torno a las cuales construimos nuestra identidad. La historia de Giovanna y sus padres es una suerte de laberinto de identidades en constante proceso de destrucción y reconstrucción. En este sentido, creo que la identidad es algo performático, siempre en proceso. Museo animal es el relato de una familia que un día decide dejar atrás el mito de la identidad y se lanza a la aventura y al vértigo de explorar el mundo más allá de sus fronteras. Personajes que un día arriesgan volverse extranjeros.

JMH: Justo quería preguntarte sobre el tema de las máscaras. Pensaba, que por supuesto, la palabra “persona” nos remite literalmente a las máscaras. Somos una imagen de nosotros mismos. Podemos ser una mentira (o muchas) y una verdad (o muchas) al mismo tiempo. Creo que tu novela busca desentrañar la posibilidad de la desaparición del ser, que al mismo tiempo nos habla de la multiplicación del ser. ¿Cómo trabajar este tema, cómo lo abordas desde la literatura?

CF: Me has regalado una bella imagen. Me fascina la idea de que la desaparición del ser marque a la misma vez su multiplicación. Esa intuición es central para el juego de máscaras que propone Museo animal. Tan pronto existe la máscara existe el teatro y tan pronto existe el teatro surge la posibilidad de actuar múltiples guiones. Como bien deja claro la historia del enigmático B. Traven, o como bien sabía el subcomandante Marcos, adoptar el anonimato es una forma de volverse múltiple, otra forma de decir “todos somos Marcos.” En la novela me interesaba explorar esta multiplicación del ser en varios de sus registros: el político a través del zapatismo, el artístico a través de la moda y el camuflaje, el mediático a través de las noticias falsas y el natural a través del mimetismo animal.

JMH: Quería abordar y enmarcar el tema de la polifonía de tu novela. Son muchas voces, muchos personajes, algunos que se desdoblan y otros que no lo logran hacer. ¿Qué te permite abordar este elemento polifónico?

CF: Una vez el mito de la identidad cae, cae a su vez el mito del autor y su voz propia. Surge, en cambio, la posibilidad de un autor con múltiples voces narrativas. En este sentido, me interesaba, en esta novela, explorar esa idea que aparece también en la última novela de Vila-Matas: la idea del autor como ventrílocuo, capaz de adoptar múltiples voces narrativas. Cada una de las cinco partes que forman Museo animal toma así una voz narrativa distinta. En el fondo, se trata de una novela sobre un acontecimiento que pide ser narrado y ante el cual, el narrador intenta buscar un relato posible, adoptando en el camino muchas voces narrativas distintas. La polifonía me permite así explorar la intuición de que un acontecimiento siempre depende del relato que lo envuelve.

JMH: Uno de los elementos que más me llamó la atención es que conocemos la historia de estos personajes (de Giovanna y su familia, de los habitantes de la torre de San Juan, de los seguidores del profeta) a través de la mirada y de la voz de un hombre del que desconocemos su nombre. Ese paralelismo me pareció muy interesante. Es él el que nos cuenta la historia, el que no tiene nombre es que el nombra a todos los demás.

CF: Me interesaba precisamente eso: que el narrador solo se diese a conocer como una suerte de sombra que a veces vemos caer sobre los personajes. Y me gusta el paralelo que trazas con la figura del autor. El autor debería ser, recordando a Musil, un hombre sin atributos, un gran vacío capaz de adoptar la voz ajena. El autor como un juego de máscaras. Es eso tal vez lo que me interesa de autores tan distintos como W.G. Sebald, Enrique Vila-Matas, Guillermo Cabrera Infante y Manuel Puig: esa capacidad para habitar dentro de sí múltiples voces. El autor-sombra que cede su espacio a sus personajes para desde allí poder verse finalmente reflejado.

JMH: Quería preguntarte sobre el tema de la ficción, me parece que tu novela juega, analiza y profundiza, sobre la idea de que en la ficción siempre hay ficción, es decir, hay que profundizar en los mitos, en las historias, observarlas, recortarlas, recorrerlas, jugar con ellas.

CF: En la ficción siempre hay ficción: me gusta ese abismo ficcional, esa muñeca rusa de relatos. Apunta al hecho de que siempre tenemos que analizar qué está en juego en la construcción del relato. Me gustan las novelas que ponen en escena el proceso de escritura. En mi caso, usualmente no se trata de acercarse al terreno de la autoficción, sino más bien de explorar una serie de personajes que dedican su vida de una manera u otra a proyectos conceptuales emparentados con la escritura. De alguna manera, muchos de los personajes de Museo animal escriben. Me interesaba explorar esa versión aumentada de la ficción que de alguna manera atraviesa la novela. La ficción ya no solo como escritura de novelas y relatos, sino como forma de vida.

JMH: Las noticias falsas y el arte. Por supuesto creo que es un tema que enlaza tu novela con la realidad política actual. Supongo que no tiene nada que ver con Trump, pero sí con el momento cultural que estamos viviendo en el mundo. Y sin embargo el arte puede ser ese contrapeso crítico. Podría ser, aunque no siempre lo es.

CF: Con lo de las noticias falsas me pasó algo muy extraño. Yo venía fascinado, desde hace un tiempo, con la idea de un arte de los medios, según lo habían planteado en los años sesenta tres artistas argentinos: Jacoby, Escari y Costa. Me interesaba la forma en la que, a partir de su famoso anti-happening llamado “Happening para un jabalí difunto”, se establecía una crítica artística capaz de comprender qué estaba en juego dentro del mundo de los medios contemporáneos. Me interesaba cómo ellos comprendían la forma en la que la ficción se apoderaba de los medios contemporáneos, reemplazando la distinción clásica de verdad y mentira, por la de creencia e incredulidad. Me interesaba ligar esos proyectos a los de otros proyectos artísticos como el uso del rumor en la obra de Francis Alÿs o el chisme en Ulises Carrión. De ahí es que surge el personaje de Viviana Luxembourg, junto a su apuesta por las noticias falsas y su proyecto artístico. Para mi sorpresa, justo había terminado de escribir la novela cuando Trump comenzó a hablar de los fake news. Comprendí entonces que mi interés en el tema era mi forma de reaccionar a algo muy contemporáneo.  


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Javier Moro Hernández

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