Opinión

La perversidad del universo / Favela chic

 

¿Cuántas veces has programado un viaje y, en el último minuto, un absurdo imprevisto arruina tus planes? Tal vez pudieras creer que “la perversidad del universo” se confabula en contra tuya. Pero no te hagas una limpia, ni vayas a bailar a Chalma. Mejor lee mi artículo antes de empacar las maletas. Tras bambalinas una burocracia retorcida, inspirada en las pesadillas de Franz Kafka, podría estar moviendo los hilos de tu infortunio.

 

Los pequeños sobreentendidos

El filósofo kantiano Hans Blumenberg escribió: “Los responsables de las grandes controversias suelen ser los pequeños sobreentendidos”. El 12 julio de 2016, comprobé la veracidad de esta sentencia cuando me presenté frente al mostrador de Alitalia. Eran las seis de la mañana y a las nueve debía tomar un vuelo con destino a Roma. Al documentar mi equipaje, la recepcionista examinó mi pasaporte. Se retiró un momento e intercambió unas palabras inaudibles con un colega. Parecía estar corroborando cierta información. Entonces volvió y me soltó a bocajarro una mala noticia: “Lo siento, usted no puede viajar”. Sentí un balde de agua fría sobre la espalda. “¿Por qué no?”. “Porque su pasaporte vence el 12 de septiembre, en dos meses exactamente”. “¿Cuál es el problema? Sólo estaré fuera nueve días. Regreso a México mucho antes, el 21 de julio, según consta en mi reservación”. “De cualquier modo, su pasaporte debe tener una vigencia mínima de tres meses para visitar la Unión Europea y de seis meses para Estados Unidos”. En el Aeropuerto de la Ciudad de México no hay una sola advertencia al respecto. Ni en las Oficinas de Relaciones Exteriores ni en las páginas web de las aerolíneas. “¿Cómo habría podido saberlo, si nadie lo había hecho explícito hasta ahora?”, pregunté azorada. “Se supone que los pasajeros deben conocer al pie de la letra los requisitos migratorios”, respondió lavándose las manos.

A duras penas contuve un arrebato de cólera. Llevaba diez años viajando dentro y fuera de México, pero jamás había oído una palabra sobre esa restricción. Me sentí en los zapatos del “Ingeniero Bombita”, de la película Relatos salvajes, que había sido injustamente multado por estacionarse en sitios sin señales de prohibición. En mi caso, no bastaba con haber pagado un boleto redondo a un precio francamente oneroso. Contaba con un pasaporte vigente, pero inválido. Así las cosas, debía especializarme en derecho migratorio para volar sin percances. ¿Acaso siempre había tenido la fortuna de viajar con el pasaporte reglamentario? ¡Pamplinas! Si la memoria no me fallaba, en 2011 estuve en Nueva York durante quince días. Cuando arribé al aeropuerto John F. Kennedy, un agente me señaló: “Tu pasaporte expira dentro de un mes. Debes regresar antes de ese plazo”, pero no me vedó la entrada a Estados Unidos.  

Sin embargo ya habían transcurrido cinco años desde entonces. Por lo visto, ahora se aplicaban con rigor políticas migratorias que antes eran flexibles, cuando no letra muerta. Estuve a punto de retirarme con 23 kilos de equipaje y una gran decepción a cuestas. Pero no sólo estaban de por medio mis ilusiones, sino medio año de ahorros. Por tratarse de un asunto ajeno a la aerolínea, no tenía derecho a exigir un reembolso. Volví al mostrador ensayando la actitud más humilde posible. Algunos burócratas se transforman en verdaderos sádicos si les hablas en un tono inapropiado. “Disculpe, ¿tengo alguna alternativa?”, imploré. “Si en el transcurso del día renuevas tu pasaporte puedes tomar el vuelo de mañana, a la misma hora, sin cargos adicionales”, fue el dictamen del supervisor. “Se apiadaron de mí”, pensé ingenuamente. En la práctica, para el grueso de la población es casi imposible obtener un pasaporte exprés y ellos lo sabían de antemano.

 

La burocracia kafkiana

Guardé mis maletas en un casillero del aeropuerto y abordé un taxi, con rumbo a la delegación más cercana. Llegué demasiado temprano y la oficina estaba cerrada, pero ya había una larga fila de usuarios. Mientras esperábamos, un vendedor ambulante nos convenció de comprar útiles y fotocopiar documentos que en realidad no necesitábamos. Cuando a las ocho abrieron las puertas, me dirigí al policía de la entrada y le expliqué mi incidente. Escuchó con atención, tomó los documentos probatorios y habló a solas con el responsable del área. Pero volvió con una respuesta negativa: “Lo siento. Sin previa cita no puede realizar ningún trámite”. “Me quedaré esperando aquí. Si alguien falta, yo tomo su lugar”, respondí desesperada. “Todos llegan puntualmente. Pero en caso contrario, usted no podría ocupar un turno si no está a nombre suyo”, replicó. Al parecer, yo era la última en enterarme de que vivíamos en una sociedad utópica, con ciudadanos e instituciones ideales. “Póngase en mi lugar y reconsideren mi caso”, supliqué. “Mire, señorita. Hay quince delegaciones más. Le recomiendo visitar una por una. A lo mejor alguien da su brazo a torcer, pero lo veo difícil”. Esbocé una sonrisa siniestra y me fui sin dar las gracias.

Entré a un café de los alrededores y pedí un expreso doble. Tentada de tirar la toalla, leí una frase impresa en la cubierta de mi agenda: “Gibt niemals auf!” (¡Nunca te des por vencida!). Busqué el nombre y el teléfono de un amigo, mi última esperanza. Entre sollozos lo puse al tanto de mi viacrucis. “Déjame ver qué puedo hacer. Por ahora, tranquilízate”. Me regresó la llamada treinta minutos después. “¿Tienes en qué apuntar? Ve a la TAPO y toma un autobús hacia Pachuca”. “¿Cómo?”, exclamé. “Sí, te van a renovar el pasaporte, pero la delegación está en Hidalgo. Apúrate, porque cierran temprano”. A la una llegué a las oficinas. Pregunté por la persona en cuestión. Sólo pude estrechar su mano efusivamente. Ni siquiera aceptó una comida en señal de agradecimiento. Lo hizo por puro altruismo, como un gesto de amistad. Pagué en un banco la cuota por renovación y a las tres salí con un pasaporte reluciente, con cinco años de vigencia. Aún me disgusta mirar mi fotografía en el documento, con el cabello desaliñado, la piel demacrada y las facciones distorsionadas por el estrés.

Esa noche dormí en un hotel de paso en Peñón de los Baños, a quince minutos del aeropuerto. Apenas pude conciliar el sueño. El carraspeo de los autos traspasaba los muros de tablarroca. Tuve una pesadilla en la que me despertaba tarde, justo cuando mi avión había despegado. Pero el 13 de julio de 2016, a las seis de la mañana, me presenté de nuevo frente al mostrador de Alitalia. La recepcionista me reconoció con ojos atónitos. Inspeccionó mi nuevo pasaporte como si manipulara un billete falso. Finalmente, respetó nuestro acuerdo y a las nueve yo estaba cómodamente instalada en el avión. “Todos los caminos llevan a Roma”, reza el dicho. Pero el mío fue demasiado escabroso: primero tuve que hacer un viaje al centro de la burocracia.

 

El efecto dominó

Aunque por el momento canté victoria, luego ocurrió el llamado “efecto dominó”. Meses antes había pagado por internet la mayor parte de mis gastos en Roma. Esta precaución es indispensable por la gran afluencia de turistas en el verano. Debido a mi contratiempo recorrí un día la fecha de llegada, pero la de regreso permaneció igual. Entonces perdí sin remedio un día del itinerario, una noche de hotel, dos entradas de museos y un pasaje de tren con fechas y horarios exactos. Pero “de los males, el menor”. Ya había librado la peor parte: sólo quedaba hacer un control de daños y disfrutar de mi estancia.

Con este artículo no pretendo desanimarte si planeas salir de México ni predisponerte a la paranoia. Cualquier experiencia nueva implica una dosis de riesgo. Sólo quiero ponerte sobre aviso para que tomes precauciones ante la negligencia de las autoridades. Mientras abogaba por mi causa en la delegación, descubrí que no era la única metida en ese aprieto. Otra mujer también intentaba renovar a todo vapor su pasaporte y el de su familia entera. Todavía hace una semana, escuché que una mexicana se había quedado varada en el aeropuerto Charles de Gaulles, en París, por la misma causa. Si éste sigue siendo un problema común, ¿por qué las autoridades no han realizado una sola campaña de alerta? Ante la desinformación deberían analizar los casos concretos, en vez de aplicar normas abstractas a rajatabla. Pero cuando se trata de joder al prójimo en situaciones de emergencia, son excepcionalmente eficaces y más intransigentes que nunca. ¿Será que gozan con el mal ajeno? Por fortuna yo salí del atolladero gracias a un intermediario, pero la solución debería estar al alcance de cualquiera y no ser privilegio de unos cuantos.

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Gabriela Lira Rosiles

Gabriela Lira Rosiles

1 Comment

  1. Elizabeth Flores
    13/12/2017 at 12:35 — Responder

    Considero que es un abuso de autoridad, las aerolíneas como otras dependencias violan nuestro derecho buscando hacerse de dinero por trámites como estos, no respetando la fecha de vigencia. Pero esto es México. El peor enemigo de un mexicano es otro mexicano.

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