Sociedad y Justicia

Mujeres, pobreza, drogas y cárcel: las mulas o burreras

 

  • En Aguascalientes no hay políticas públicas que eviten la participación de las mujeres en el minitráfico de drogas para buscar sustento
  • Mulas, burreras o aguacateras, las mujeres son mano de obra barata para el narco y fácilmente reemplazables por su condición de marginación
  • México sufre un incremento de hogares monoparentales con jefaturas femeninas, ya sea por abandono, migración, muerte, encarcelamiento del padre o la soltería de ellas, que ante la necesidad de proveer a la familia y a los hijos del sustento diario se adhieren a estas prácticas delictivas
  • Se estima que un 70% de las mujeres reclusas en América Latina son jefas de familia que se encuentran en la cárcel debido a delitos no violentos de microtráfico de drogas

 

Julia N. está detenida en el Cereso femenil de Aguascalientes. Como muchas reclusas, prefiere no hablar de las razones por las que está ahí, la única cuenta que importa son los días que faltan para salir, además, difícilmente su sentencia coincide con lo que ella cree que hizo: estar con un hombre al que perseguían por narcomenudeo.

Cuando Julia salga de prisión no tiene muy claro qué es lo que va a hacer, la detuvieron una noche en que esperaba en casa a su compañero, la policía tocó la puerta buscándolo a él, alguien les había pasado información sobre el negocio, negocio del que Julia estaba al tanto pero del que no participaba, ella era sólo la pareja, vivían juntos, sabía a qué se dedicaba, pero no se involucraba en ningún trato y tampoco consumía. Eso no le importó a los policías cuando revisaron la casa, en el buró de la cama encontraron suficiente droga como para detenerla, ¿por qué?, porque estaba ahí.

Él nunca apareció, tal vez alguien le avisó lo que ocurría y prefirió no llegar, es posible incluso que haya visto que la policía lo estaba esperando, que se llevaron la mercancía y a Julia. Con el paso del tiempo algunas certezas se le van diluyendo a ésta. Ahora ya no está segura de si lo buscará al salir, tampoco reconoce su estado civil, decía que estaban casados, pero no tenía ningún papel que avalara la declaración, después señalaba que era su novio, pero desde que está en la cárcel no la ha visitado una sola vez, con el paso de los días empezó a señalar que estaban juntos, sólo eso.

Cuando Julia salga tendrá la oportunidad de “reinsertarse”, esa es la promesa con que se le condena al encierro, que volverá a la sociedad sin ningún problema, esa es la base del sistema penitenciario mexicano. Desde 2008 que se cambió en la Constitución el término readaptación por el de reinserción, ya no se trata de castigar al infractor, sino de ayudarlo a comprender el daño y las repercusiones que causó. ¿Cuál fue el daño que causó Julia?

Con el ensalzamiento del narcotráfico a través de la televisión, de novelas o los corridos que destacan una vida llena de lujos y gloria pero que no retoma la terrible violencia, la cultura del narco ofrece muy pocas opciones a las mujeres que deciden entrar al negocio. En esta idealización no es común que una niña responda que cuando sea grande quiere ser sicario, a diferencia de los hombres, que intuyen una vida rápida y peligrosa, fuera de la ley, pero que es pagada con dinero, sexo, lujos… poder; para las mujeres, por lo general, sólo hay complicidad para participar: prostitutas o mulas.

El asesinato de Juan Luis Lagunas Rosales, El Pirata de Culiacán, puso de relieve un fenómeno viejo, la facilidad con que la estulticia en redes sociales vuelve famoso a alguien por mostrar su imbecilidad, en este caso, el goce de lo que la narcocultura ofrece en las fotos y videos de este joven. En ellas las mujeres, cuando aparecen, siempre están en segundo plano, son “buchonas”, objetos de aparador que se fotografían, cosas, cuerpos que se untan, que se intercambian, una pertenencia… ninguna de ellas llegará a ser “jefa”, no hay ahí una posibilidad de que sus vidas se desarrollen como en las novelas o series que enaltecen y romantizan la figura femenina y que por sus cualidades la transforman en reina del sur o la patrona, es mucho más simple, están destinadas a la prostitución hasta que un hombre la elija y la guarde en un aparador para que siga cumpliendo con el patrón de belleza impuesto por la narcocultura, para que siga satisfaciéndolo, pero ya sólo a él.

Lo que esas fotos y videos no muestran es el otro camino que tiene ese estilo de vida para las mujeres, el de mulas.

El 9 de diciembre, un boletín la Procuraduría General de la República informó que fueron capturadas dos mujeres y una menor de edad al pretender ingresar droga al Centro de Reinserción Social Aguascalientes para entregarla a sus familiares que se encuentran privados de su libertad. Detalla los casos: El primero corresponde a Esthela, de 40 años de edad, que en la visita dominical a su hijo Daniel intentó introducir en el penal 11 envoltorios con cocaína y crystal escondidos en tres huesos grandes que iban en un caldo de pozole. El segundo caso es el de Martha, de 46 años, quien iba acompañada de su hija de 13 años para visitar a Juan Daniel, hijo y hermano de ambas. A las dos se les hizo la revisión habitual y en la vagina de la niña fue detectado un globo de cinco centímetros de largo por tres de ancho, con varios envoltorios con cocaína y mariguana. De estos casos, otro boletín del 18 de diciembre concluye que una de estas mujeres deberá de pasar tres años con cuatro meses de prisión, con una multa de siete mil 549 pesos por el intento de introducir droga al penal de varones.

Los boletines recalcan afanosa y torpemente la “labor de inteligencia” que realizó la policía cibernética, en coordinación con los guardias de la cárcel, para lograr la detención de las mujeres. Ambos textos fueron ampliamente difundidos en el país. Las noticias de Aguascalientes no suelen encontrar espacio en los medios de circulación nacional, pero el boletín y sus detalles, las fotografías incluidas, fueron suficiente para despertar el morbo que atrae los clics de quienes navegan en la red, ya sea para festejar el ingenio del mexicano que vence cualquier circunstancia adversa o para satisfacer el morbo de quienes justifican en los detalles escabrosos su estupidez, ese público no tuvo freno al pronunciarse jueces de estas mujeres para condenarlas y sentenciarlas, entre burlas y denuestos.

A diferencia de las aspirantes a “buchonas”, la imagen idealizada de las acompañantes de los narcos, que es sumamente analizada por su participación, las mujeres introductoras de drogas en centros de reclusión son un colectivo poco visibilizado entre las instituciones encargadas del sector poblacional femenino e incluso en centros de estudios de género especializados, y por lo tanto no hay políticas públicas que minimicen este problema social.

En la Ciudad de México, estas mujeres son llamadas “aguacateras”, la droga la llevan en un bulto envuelto en cinta canela que se conoce como “aguacate” debido a su forma y tamaño, escondido entre sus ropas y partes del cuerpo. Ellas pertenecen al grupo de mujeres que buscan sobrevivir transportando drogas en las calles a cambio de poco dinero, así como también las que la llevan a un familiar interno en algún penal, ya sea de forma gratuita o también a cambio de dinero, pero que son el eslabón más débil de una red muy lucrativa que está conformada por traficantes que operan fuera y dentro de las prisiones, por los propios internos o hasta por custodios de los penales.

Son “mulas” o “burreras”, mano de obra barata y fácilmente reemplazables por la condición de marginación que el grueso de ellas representa, en un país como México que sufre el incremento de hogares monoparentales con jefaturas femeninas, ya sea por abandono, migración, muerte, encarcelamiento del padre o la soltería de estas, que ante la necesidad de proveer a la familia y a los hijos del sustento diario se adhiere a estas prácticas delictivas que para los líderes de redes de narcomenudeo no significan un fuerte impacto si una muere o es encarcelada, pues siempre habrá más mujeres pobres que “eligen” y están dispuestas a participar, muchas veces bajo la presión de las relaciones familiares y sentimentales, esposas, madres, novias, amantes e hijas en el total cumplimiento de los roles de género que aún el Estado y la sociedad no ha erradicado. En nombre del amor es que muchas de ellas están tras las rejas.

Este “minitráfico” que realizan las mujeres hace que no ocupen un papel de liderazgo en el proceso de comercialización y que las consecuencias de las sanciones penales, una vez que son capturadas, impacten de forma distinta entre ellas y los varones, y más todavía con sus hijos y familias al dejarlos en el desamparo económico y social, pues eran ellas las proveedoras, sin considerar que dentro de las cárceles muchas continúan manteniendo a la familia con el poco dinero que obtienen del trabajo en los talleres, incluso a pesar del abandono de sus seres queridos, pues son juzgadas, estigmatizadas y olvidadas, los padres no las visitan, los hijos no contestan sus llamadas, los esposos consiguen una nueva pareja, realidad que no ocurre en el caso de los hombres, quienes en los penales reciben visitas familiares, conyugales o hasta llegan a contraer matrimonio a pesar de su condición de reclusos.  La Comisión Interamericana de Mujeres indica en sus estudios que la experiencia penal sí se diferencia por género y trae “serias consecuencias de gran alcance no sólo para las infractoras y sus familias sino que también para la sociedad en general”, pues según el informe del 2014 de la Organización de los Estados Americanos, reconoce que un promedio estimado del 70% de las mujeres reclusas en América Latina son jefas de familia que se encuentran en la cárcel debido a delitos no violentos de microtráfico de drogas. Este mismo informe se apoya en un estudio integral que en México realizó el CIDE sobre la población carcelaria de los Centros Federales de Readaptación Social y que consiste en una investigación cuantitativa y cualitativa en ocho de estos Ceferesos, en donde encontró que el 80% de la población carcelaria de mujeres estaban privadas de su libertad debido a delitos relacionados con las drogas, en comparación con el 57% de la población carcelaria masculina, así como que el 98.9% de las mujeres estaba encarcelada debido a delitos relacionados con las drogas y eran infractoras primarias, y el 92% de los delitos habían sido cometidos sin armas y en forma no violenta.

Así, las políticas públicas de los Gobiernos no han observado que en las mujeres la pobreza lleva consigo la exclusión social y la violencia de género, y que a su vez esto trae como consecuencia el involucramiento en delitos relacionados con la producción, la distribución, el suministro y la venta de drogas para el sustento de sus familias, al igual que los otros delitos que las mujeres pueden cometer al obtener droga para su propio consumo. Estas condiciones que viven las mujeres pobres son claramente la expresión de una sociedad desigual: la mayoría tiene poca o nula educación y son responsables del cuidado de niños, jóvenes, personas de mayor edad o personas con discapacidad.

Aunque en este texto se exponga únicamente dos situaciones locales, con dos mujeres y una niña involucradas, es indispensable que en Aguascalientes se realicen estudios y propuestas de políticas públicas para este sector, que combinen relaciones de poder, de género, tráfico de estupefacientes y prisión. Los habitantes de esta ciudad no podemos continuar con la idea de que en Aguascalientes no pasa nada porque aún no hay altos índices de feminicidios, por ejemplo, pues un solo caso de asesinato por razón de género o una sola mujer en minitráfico de drogas debería ser suficiente para que los Gobiernos estatal y municipales trataran de evitar, a partir de los mencionados programas y políticas públicas, el incremento de estas violencias, antes que implementar medidas punitivas que en nada alivian la marginalidad, el bajo nivel educativo, la violencia en las familias, ese núcleo al que le apuesta el gobernador Martín Orozco Sandoval cuando resalta una y otra vez, en todas sus participaciones, que la familia es el sostén de la sociedad, esa en donde la mujer sigue siendo la más violentada en Aguascalientes y en todo México, según los datos de la última Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares del Inegi, que indica que de los 46.5 millones de mujeres de 15 años y más que residen en el país, se estima que 30.7 millones de ellas (66.1%) han padecido al menos un incidente de violencia emocional, económica, física, sexual o discriminación en los espacios escolar, laboral, comunitario, familiar o en su relación de pareja.

En 2007, el Instituto Aguascalentense de las Mujeres publicó un libro, Mujeres reclusas en Aguascalientes, con el análisis de la población femenil en condición de cárcel, en un intento por conocer la realidad social y jurídica de estas mujeres para “sensibilizar a los actores gubernamentales involucrados en el proceso de administración, procuración de justicia y sistema penitenciario”, y contribuir a un Estado de Derecho a través del fortalecimiento de la justicia. Sin embargo, la criminalidad femenina se analiza en estadísticas sin considerar las herramientas de prevención social que determinarían su acción delictiva. Aun así, los datos que presenta confirman en el ámbito local de hace diez años lo que los estudios internacionales recalcan. Este documento señala que en 2007 el 46.5% de las mujeres reclusas en Aguascalientes desempeñaban algún trabajo doméstico y el 33.8% laboraba en fábricas. El 84.7% señaló que sus hijos dependían económicamente de ellas al momento de entrar a prisión y el 43% corresponde a mujeres que no recibían apoyo de nadie una vez en la cárcel. El 54.5% dijo que el dinero que ganaba en prisión lo usaba para mantenerse ahí, mientras que el 29.9% mencionó que se lo daba a sus hijos. A pesar de que el 63% mencionó que tiene una pareja, el 58% de ellas dijo que no recibe visitas de ésta. El 61.6% está presa por delitos contra la salud.

Con datos recientes como estos, las políticas públicas podrían estudiarse con planteamientos de organismos internacionales, como es a) recopilar información del número de personas en prisión, b) población acusada por delitos de drogas, c) condición jurídica, tipo de delitos y sentencias, d) número de niños y niñas que viven con sus madres (o padres) en prisión, e) número de personas que reciben visita y con qué frecuencia, f) medición de la distancia entre los centros de reclusión y el domicilio de las personas detenidas, g) indicadores de salud, h) datos sobre uso problemático de sustancias sicoactivas y i) acceso a tratamiento y a servicios de reducción de daños en prisión, etc. Todo esto con la separación de los sexos.

En el ámbito preventivo se proponen programas dirigidos específicamente a mujeres que pueden verse enganchadas por redes de narcotráfico a partir de su vulnerabilidad económica y en razón de género, así como programas para hombres, y especialmente para niños y adolescentes, que deberían integrarse a programas centrados en la construcción de la masculinidad y los imaginarios que rodean sus múltiples expresiones, puesto que para hombres y mujeres la participación en delitos de drogas tiene como punto de partida el cumplimiento de roles de género, como lo mencionado líneas arriba.

Pero, sobre todo, entender que cuando una mujer viola una ley y es encarcelada, rompe con los estereotipos impuestos y se enfrenta a un doble castigo, el de la cárcel y el de la sociedad, como sucedió con los comentarios en redes contra estas mujeres, mulas y aguacateras.

Un día Julia N. saldrá del Cereso femenil de Aguascalientes. Tiene 24 años, edad suficiente para saber que no puede aspirar a “buchona”, aunque a pesar del discurso de readaptación saldrá marcada como cómplice, no importa cuántas veces haya dicho que no sabía del negocio de su pareja, no importa si es verdad; aún no sabe a dónde va a regresar, la casa en la que vivía era rentada, es posible que encuentre al que alguna vez llamó marido. El sistema le indica a Julia que tiene muchas posibilidades para elegir, la realidad le ofrece muy pocos caminos, si encuentra a su compañero, lo más seguro, es que asuma una de las dos posibilidades que le ofrece la narcocultura: no estará en el aparador, participará nuevamente en el negocio como mula… Tampoco es que su destino esté escrito, es que fuera de la cárcel no hemos sabido construir la red de posibilidades para quienes salen de ella, ¿qué le vamos a ofrecer a Julia N. a cambio de la complicidad con la que estigmatizamos?, ¿qué no le ofrecimos a la mujer que pasará más de tres años en prisión por su intento de introducir droga al penal?

@negramagallanes | @aldan

Información recopilada el 20 de diciembre del 2017:

Mujeres, delitos de drogas y sistemas penitenciarios en América Latina https://goo.gl/uHT3QG

Mujeres reclusas en Aguascalientes. https://goo.gl/SCUGuJ

Mujeres y drogas en las Américas. https://goo.gl/C5Nv71

Mujeres, políticas de drogas y encarcelamiento. Animal Político. https://goo.gl/9UKU6W

 

The Author

Tania Magallanes & Edilberto Aldán

Tania Magallanes & Edilberto Aldán

1 Comment

  1. Julio
    26/12/2017 at 17:50 — Responder

    Consigan un hombre con valores y decente. No anden con lacras. Es sencillo.

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