Opinión

2018 / Bajo presión

Los rituales de celebración de fin de año se modifican de acuerdo a los anfitriones, hay quienes arrojan dinero debajo de los sillones, otros salen con maletas, abren puertas y ventanas para enseguida prender velas, meten las manos en lentejas, visten ropa interior de colores… En mi familia hemos pasado por todos y se han quedado muy pocos, el más constante es comer doce uvas, una por cada mes, pidiendo un deseo por cada pieza, mientras transcurren los primeros segundos del año nuevo.

Obstinado, busco en cualquier oportunidad un motivo de enseñanza para mi hijo, usé el ritual de las uvas para hacer un repaso del nombre de cada mes del año y el orden en el que transcurren, también intenté indicarle cómo se les llama en otro idioma, al final me quedé con la repetición de los meses asignando cada uno a las personas que nos rodeaban: ¿quién nació en septiembre?, tú, septiembre es tu mes, y ahora yo levanto la mano porque octubre es mi mes, yo nací en octubre… Entretenido en la repartición, comencé a comer las uvas sin pedir el deseo correspondiente, también porque no se me ocurrió cómo explicarle por qué se va a cumplir lo que uno pida por el simple hecho de enunciarlo… Este es mi mes, ahí voy a estar, dijo a la décima uva.

Él lo explicó mejor que yo, nuestros deseos son una apuesta al futuro, se pide salud, dinero, amor, un Lego de los Vengadores, pero la primera aspiración es estar, sólo así se cumple lo que enfrentemos, lo que construyamos: estar ahí, circunstancia que en su mayor parte sí depende de nosotros.

 

The New York Times publicó el 25 de diciembre de 2017 una larga nota de Azam Ahmed en la que se “revelaba” como con su enorme presupuesto de publicidad, el gobierno mexicano controla los medios de comunicación, las comillas corresponden al espanto y la sorpresa que manifestaron un sector de los lectores, pues la información sobre los fondos gubernamentales destinados a la publicidad son públicos, la reacción de algunos medios de comunicación no fue menos aireada, tomaron la afirmación de que están vendidos y se pusieron el saco, los últimos días del año la respuesta al texto incluso llegó a opacar el seguimiento otros hechos noticiosos, como ya va siendo costumbre, se hizo énfasis en la opinión y no a la información.

Montones de líneas se cruzaron en contra de Azam Ahmed y The New York Times, los más intentaron descalificar la línea editorial del periódico, otros tantos puntualizaron las fallas del texto, como la falta de contexto histórico, la ausencia de datos sobre lo que reciben los medios electrónicos, mientras que en el público la idea que permeó fue la de la corrupción de toda la prensa; la ausencia más relevante fue la de un verdadero debate.

Se descalificó el gasto que ejercen los gobiernos para difundir sus actividades; resultado de la vieja práctica de usar los recursos públicos para promocionar personas y no obras, se dio por sentado que la información que se difunde de los gobiernos en los medios es inútil, de nuevo, como en todas y cada una de las campañas, no faltaron los políticos que prometieron que, de llegar al poder, cortarán ese flujo de dinero para destinarlo a causas “mejores”, dejando a un lado la necesidad de libre acceso a la información, transparencia y rendición de cuentas que urgen a la ciudadanía porque en ellas se fundamenta su participación; quien ofrece anular ese gasto lo hace ignorando el papel que juegan los medios de comunicación en la socialización de los actos de gobierno, tornando toda relación de negocios (publicidad) en un soborno, esa idea que limita la transacción de las empresas reciben por el cobro de la difusión de información oficial a un chayote. Se dio por sentado que las pautas de publicidad oficial en medios es un mecanismo de control de contenidos aceptado por la prensa.

Es fácil asimilar y promover la idea de prensa vendida, aleja de toda responsabilidad al público, el problema de corrupción es sólo entre dos, el gobierno y los medios; la sociedad sólo es testigo de esas transacciones y está incapacitada para incidir en ese negocio; pero el problema no es cobrar por publicidad pública o privada, en lo que hay que centrar la atención es a las líneas editoriales de los medios, si responden a las demandas de los anunciantes o si cumplen con la función social de las empresas periodísticas.

Es cierto que las empresas periodísticas, en México, fundamentan su crecimiento y presencia en el dinero que reciben de los gobiernos, se cuentan con un puño los medios que viven a quienes sirven, que se mantienen de sus lectores y suscriptores. Descalificar a toda la prensa por la endeble modelo de negocios implica que el ciudadano considera innecesario participar en la construcción de la prensa que le sirva, pues esa es la función principal del periodismo: proporcionar a la sociedad la información necesaria para poder gobernarse.

De quienes gritan a los cuatro vientos que la prensa, toda, está vendida, ¿cuántos fondean investigaciones periodísticas, cuántos se indignan por el altísimo precio de los periódicos y prefieren consultar lo que se encuentra gratis en internet? No es lo mismo cobrar, al sector público o al privado, por espacio que por criterio, quienes demonizan la publicidad oficial condenan a que se reduzcan los medios de comunicación ajenos al gobierno, ¿no quieren que se pague por difundir esa información?, está bien, vivamos en una sociedad con una visión parcial de las labores gubernamentales, con una agencia informativa que difunda una perspectiva única del ejercicio de quienes nos gobiernan.

La salida no es la desaparición del gasto gubernamental en publicidad sino su transparencia, que se sepa cómo, para qué y con quiénes se gasta. No es lo mismo un medio que difunde las acciones en materia de descuentos de impuestos que otorga un gobierno, con información detallada sobre los cuándos y los cómos, que un medio que con los mismos datos elige propagar la magnífica idea del gobernador de “regalar” descuentos.

Soluciones hay muchas, la principal para las empresas periodísticas es modificar su modelo de negocios, independizar su línea editorial de su departamento comercial, pero hago énfasis en la relación con el presupuesto gubernamental porque la discusión pública sobre el texto de Azam Ahmed en The New York Times ha sido minimizada a reiterar el pacto corrupto entre empresas y gobiernos, pero eso no es periodismo, lamentarse de la prensa vendida y colocarnos a todos en el mismo saco, hace a un lado que a los medios de comunicación los conforman periodistas, individuos que se agrupan bajo un acuerdo editorial general (es el mecanismo principal bajo el que funciona una mesa de redacción) pero tienen un pacto con los lectores, los periodistas tienen un criterio independiente, lo ejercen al momento de realizar su investigación, elaborar un reporte y redactar una nota, hay medios en los que ese texto convive, sin problema alguno, con el boletín de los gobiernos, incluso puede ser sobre el mismo tema, es responsabilidad del lector discernir sobre la calidad de la información. Si un medio cobra por publicitar algo tiene la obligación de señalarlo, mientras que una nota de sus reporteros, firmada, forma parte del criterio editorial con que se observa la realidad, ese tipo de empresas permiten a los individuos que informen sin condiciones, sin censura, y el reportero siempre tiene la opción de trabajar donde se le trate con respeto, donde pueda desarrollar su visión subjetiva del acontecimiento noticioso, de aportar elementos para la construcción de eso que algunos llaman verdad.

Lamentarse con la generalización de la prensa vendida es negarse a la responsabilidad que los ciudadanos tienen para con sus fuentes de información, anular el pacto que establece el reportero con sus lectores, un pacto de confianza en el que se fundamenta el trabajo del periodista.

Sí, es indispensable que se demande a los gobiernos a que transparenten su inversión, que no se pacte en la penumbra con el dinero de la publicidad oficial, que no se intenten comprar líneas editoriales, que no se aliente, con dinero del erario, el ejercicio de la censura o la complicidad, sin embargo, ese propósito tiene que ir de la mano con la solidaridad, reconocer que una forma de participación ciudadana es el apoyo a los periodistas.

Coda. Entre que designaba uva por uva con un nombre del mes y estaba atento a que mi hijo no se metiera a la boca más de las que podía masticar, olvidé pedir un deseo por cada una de las que yo me comí. Después, el intercambio de abrazos, la ronda en que se entregan los mejores deseos con un abrazo, sentir al otro y apretarlo como para retenerlo en la memoria todo el año. Aunque fue el primero que abracé, al final busqué un nuevo abrazo de mi hijo, tras un largo rato lo rompió con uno de esos gestos que los padres melosos recibimos constantemente, ¿tú de qué pediste tu Lego para octubre? Le respondí que no había pedido un juguete, que como él había pedido estar. Estar ahí, con él y en La Jornada Aguascalientes, porque el equipo que formamos en esta empresa sabe para quién trabajamos, aunque a los lectores, a veces, se les olvide.

 

@aldan

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Edilberto Aldán

Edilberto Aldán

Director editorial de La Jornada Aguascalientes
@aldan

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