Opinión

El arte, la naturaleza y la moralidad / El peso de las razones

 

Hace algunos años leí con detenimiento la Crítica del juicio (algunos exégetas prefieren la traducción de la Kritik der Urteilskraft por Crítica de la facultad de juzgar) de Immanuel Kant. Me sorprendió que mucha de la bibliografía crítica sobre la obra se concentrara sobre sus aspectos estéticos. Es cierto, Kant aborda el juicio estético, pero lo hace como un medio y como un paradigma para mostrar que los seres humanos somos naturalmente reflexivos; i.e., la mayoría de nuestras inferencias -si se me permite la metáfora- son vagabundas: no vamos deductivamente de leyes universales a las ásperas y contingentes propiedades de lo particular, ni tampoco vamos sólo enumerativamente de los particulares a endebles generalizaciones. Más bien, operamos en espiral: vagamos de los principios a los particulares, y éstos modifican constantemente nuestros patrones mentales. Con el concepto de juicio reflexionante, Kant deseaba mostrar que el ser humano es un racionalizador vagabundo, y esto se ejemplificaba perfectamente en las particularidades de nuestros juicios estéticos y el libre juego de nuestras facultades. Con ello, además, Kant se unía a la larga tradición de pensamiento que inició con la noción de prudencia (phrónesis) aristotélica, y llegó hasta el alegato en pro del espíritu de fineza (esprit de finesse) pascaliano. Carlos Pereda recuperó estas intuiciones bajo el concepto de razón enfática: aquélla que admite el lenguaje figurado, la probabilidad, que toma en cuenta la historia de los conceptos y de los términos, y que considera relevante quién dice una cosa y a quién la dice.

Hasta aquí la nota un tanto técnica. Pues lo que me interesa en este momento es recordar el célebre parágrafo 42 de la obra, en la que Kant esgrime algunos argumentos interesantes a favor de que el hombre esté en constante relación y contacto con la naturaleza. Vale la pena recordar la conclusión del pensador prusiano con sus propias palabras: “Concedo gustosamente que el interés en lo bello del arte (donde también incluyo el uso artístico de las bellezas de la naturaleza para el adorno y en esta medida para la vanidad) no proporciona absolutamente ninguna prueba a favor de un modo de pensar apegado a lo moralmente bueno o si quiera inclinado a ello. Pero afirmo por el contrario que tomarse un interés inmediato en la belleza de la naturaleza (no meramente tener gusto para enjuiciarla) siempre es signo de un alma buena; y sostengo que \ cuando este interés es habitual pone al menos de manifiesto una disposición del ánimo favorable al sentimiento moral, cuando se enlaza con agrado con el examen de la naturaleza” (KU, AK. V 298-9; B 165-6).

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Ciertamente, uno de los tópicos comunes de discusión en la Edad Media latina fue el de los trascendentales: para muchos medievales, el nexo entre bondad y belleza era (casi) una relación de identidad. Algo similar pensaron los antiguos griegos, para quienes ambos conceptos configuraban uno único: kalokagatía (καλοκαγαθία). Con éste expresaban un ideal de vida que combinaba la bondad y la belleza, y que los latinos condensaron en la frase: mens sana in corpore sano. No obstante, los vínculos entre belleza y bondad han sido históricamente conflictivos. Uno de los puntos más sugerentes para las discusiones estéticas contemporáneas sería, a mi parecer, el que parece indicarnos Kant: que la belleza natural, y el interés intelectual que nos suele producir, son un corolario a la ética. Algo que no sucede con lo bello del arte. La crítica kantiana no sólo es pertinente, sino que pienso que sus profundas sugerencias podrían llevarnos a resolver de manera definitiva una preocupación que sigue aquejándonos: ¿cómo es posible que algunas de las grandes civilizaciones, las cuales han sido capitales del arte y la cultura en momentos históricos muy precisos, a su vez hayan sido civilizaciones sangrientas, intolerantes e imperialistas? El de arte y ética ha sido un binomio bastante problemático en nuestra historia; pero en Kant encontramos una respuesta que nos alivia: es lo bello natural, nuestro interés en ello, y no en lo bello del arte, lo que realmente es un corolario a la ética. Sólo así podremos explicarnos la recurrente convivencia histórica de la belleza artística y la barbarie.

Si aceptamos la conclusión kantiana, además, aceptamos al menos dos tesis: (a) que lo bello artístico no es naturalmente favorable ni desfavorable para el florecimiento humano, y (b) que, por el contrario, lo bello natural y nuestro contacto con la naturaleza son favorables naturalmente para la moralidad. ¿Por qué es así? Podríamos aventurar una explicación. Aquí la primera premisa: lo bello natural place espontáneamente, no necesitamos mediación conceptual alguna. Un bello atardecer, el sonido del correr del agua en la orilla de un río, el romper de las olas en la playa, el bosque y su verde interminable, no necesitan mayores explicaciones. El hombre encuentra placer natural y espontáneamente frente a las bellas formas de lo natural. No sucede así con el arte (mucho menos con el arte contemporáneo): la teoría es un medio necesario para apreciar la obra, y es dicha mediación conceptual la que determina u obstaculiza nuestra apreciación de la misma. Esta tesis hoy en día cuenta ya con un amplio sustento empírico: e.g., Denis Dutton, en The Art Instinct (2010), se ha opuesto frontalmente a la idea de que la apreciación estética se aprende culturalmente, y ha afirmado que dicha apreciación tiene su raíz en las adaptaciones evolutivas que tuvieron lugar durante el Pleistoceno. La evidencia a favor de esta tesis es aplastante, por mucho que resulte chocante a algunas mentalidades posmodernas.

Pero sigamos con el razonamiento kantiano. Incluso ser el juez más exquisito y fino en cuestiones de arte -piensa Kant- no está emparentado necesariamente con ser un alma buena. De hecho, suele suceder lo opuesto: el interés humano en lo bello artístico no pocas veces coincide con el surgimiento de pasiones vanidosas, caprichosas y perniciosas. Y es que es simple: el interés en el arte es mediado, no espontáneo. Por el contrario, complacerse con las formas de lo bello natural y su misma existencia, al ser un interés inmediato, coincide -para Kant- con la estructura y la naturaleza de nuestro sentimiento moral. En sus palabras: “Esta superioridad de la belleza de la naturaleza frente a la belleza del arte (aun cuando según la forma ésta sobrepasa a aquélla) para despertar un interés inmediato, coincide con el acendrado y fundamental modo de pensar de todos los seres humanos que han cultivado su sentimiento moral” (KU, AK. V 299; B 167-8). En resumen, para Kant el sentimiento moral y la estimación de lo bello natural coinciden estructuralmente, no así con lo bello artístico. Por ello, volcarse a la naturaleza es -para Kant- un signo de bondad. Dicho de manera un tanto opaca: apreciar arte está más cerca de la vanidad, las alegrías sociales y la pose intelectual, que de un espíritu moralmente bueno.

 

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Mario Gensollen

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