Opinión

La libertad de callar y hablar / Piel curtida

 

Durante una reunión, amigos y amigas preguntaban por qué Salma Hayek había compartido su historia después de años, que si lo hacía desde una posición privilegiada y de comodidad, que si buscaba reflectores, que si había levantado una denuncia formal; cuestionamientos que muchas personas llegan a realizar cuando se expone un caso de violencia sexual pero que pocas ocasiones se llegan a responder en el espacio público, como el manifiesto Nous défendons une liberté d’importuner, indispensable à la liberté sexuelle” (Defendemos la libertad de importunar, indispensable para la libertad sexual), el cual expuso a través del periódico Le Monde, esa otra visión que, también vale la pena reverberar y es que en ocasiones las reacciones del auditorio, si es que podemos nombrarle así en la era digital y global, son las que toman prestada la voz de las víctimas.

Por supuesto que Salma Hayek y otras mujeres que han compartido sus relatos, sumándose a la campaña #MeTo, lo hacen desde una posición privilegiada con tan sólo tener acceso a Internet y medios sociales, pues poco más de la mitad de la población cuenta con los servicios, herramientas y conocimientos para ello. Sin embargo, las transformaciones más profundas justamente se dan desde dichos espacios de superioridad. Basta con repasar las historias de las revoluciones, casi en su totalidad burguesas, que se explican por la misma teoría de Marx, muchas veces malinterpretado y descontextualizado.

Por otra parte, está el cuestionamiento a la comodidad y la aparente fama efímera que, se cree, puede ser buscada al exponerse como víctima. Vale la pena reconocer que muchos tipos de violencia, como la sexual, se dan en contextos de desigualdad, y en su momento las víctimas se encuentran frente a una persona con mayor poder, lo cual nos ayuda a comprender la otra pregunta: ¿por qué no se levantan denuncias formales si se llega a señalar a los agresores de manera tajante en lo público? Lamentablemente, y sin desearlo para cualquier persona, sólo a través de la experiencia se puede llegar a dimensionar la presión que se desarrolla en torno a la violencia sexual.

Aunque alguna persona haya decidido emprender el cortejo o ser usada como objeto sexual, como lo señala el manifiesto de las francesas, se puede negar la continuidad del acto, lo cual debe aceptarse por la contraparte, e incluso si se observa la incomodidad debe ser interrumpido su desarrollo en correspondencia, lo cual no contradice ningún tipo de deseo o placer pues, incluso en el BDSM, se acuerdan palabras de seguridad para romper el juego de papeles planteado para el encuentro sexual.

De alguna u otra forma, la víctima de una agresión sexual se enfrenta a un momento de trauma, algunas pueden tratar de defenderse, pero el primer instinto es la supervivencia y, en ocasiones el silencio, ese tan escupido, es la vía de salvación. Después llega la culpa, la ansiedad, la vergüenza, la ira, y no sólo contra el agresor, también consigo mismo, que puede durar días, meses, años… por lo cual también se ha destacado la relevancia de brindar acompañamiento a las víctimas cuando deciden recurrir a la denuncia formal y penal. Pero si existe un contexto en el que se ha observado negligencia, omisión o revictimización, o cuando se descubre en el perpetrador el capital económico, social o político para llevar aún más lejos el ataque, pudiendo afectar nuevamente a la víctima o sus familiares, nuevamente aparece como opción… ese silencio, ese que tanto enfada a quienes, también en posiciones de privilegio, hacen suya la voz ajena del dolor, la pena y la zozobra.

Es así que después de días, meses, años… se llega a superar la culpa, se encuentra la templanza y la fuerza para iniciar acciones de resarcimiento y, en ese momento, tal vez ya no es una opción el proceso penal, sino el relato de la historia. ¿Para cinco minutos de fama?, ¿para buscar la venganza? En realidad, sólo a través de las voces originales sabremos la respuesta y podemos confiar en que la razón primordial está más orientada hacia la compañía, la solidaridad, la sororidad en el caso de las mujeres, pues en reconocimiento a ese periodo postraumático, se desea hacer llegar un mensaje a aquellas otras personas que, en la misma situación, llegan a cuestionarse si provocaron la agresión, por qué no defendieron su pundonor hasta el riesgo de perder la vida, llegando a suplicarle a una entidad superior por el fin de su existencia.

En este sentido, el manifiesto francés redactado por Catherine Deneuve acierta al cuestionar el puritanismo existente ya que parece que se buscan mártires que defiendan su “inocencia” a la manera del mito de Santa María Goretti. Debemos reconocer que el silencio también es un derecho, al igual que la posibilidad de compartir experiencias, y no es que estemos en un callejón sin salida, pues la forma de comprender nuestras diferencias de pensamiento y actuación se encuentran en la empatía, en la llamada alteridad, en la convivencia y, para ello, es necesario aproximarse a la diversidad de realidades.

También, en contraposición al texto de Le Monde, la lectura victimológica de las experiencias de violencia sexual se da a partir del público, la audiencia, la masa. El exponer las tragedias no sólo es un recurso terapéutico, es una forma de decirle a los pares, a aquellos similares, que el trauma se ha superado, tanto que se puede hablar al respecto, tanto que puede ser señalado de arribista, oportunista, de privilegios. Exponerse no es perpetuarse como víctima, es exponerse con autonomía.

¿Y la denuncia formal?, ¿Y la presunción de inocencia? Después del vómito textual de aceptarse como víctima, entonces es posible iniciar con los procesos legales si se desea, aunque nuevamente es necesario recordar los contextos de incompetencia y negligencia que se llegan a presentar en las instancias de impartición de justicia, pero también que el mismo texto, el diálogo es acción. Y no es que se busque marcar individuos como en La letra escarlata, aunque se tomen esas posturas por parte del espectador, sino que la multiplicación de las narraciones buscan la proxemia, advertir la cercanía en espera de generar, entonces, un ambiente más preparado para poder llegar a denunciar sin miedo, para decirles a los sujetos de nuestros quereres lo ocurrido y puedan responder de manera empática, para que nuestras familias no colapsen y puedan soportar la situación brindando compañía. Por supuesto que la denuncia es necesaria, pero el dolor, el impulso de sobrevivencia, el reconocimiento de nuestra posición, el costo posterior, la culpa introyectada pesan más que el deber.

#MiPrimerAcoso, al igual que #MeToo, ha abierto la puerta a exponer las realidades. Quienes se hayan ofendido por los silencios sólo deben esperar y entonces, ojalá, escuchen la voz de fuerza antes de tomarla prestada ahogándola de nuevo, porque el pesar de ser víctima no es algo disfrutable, porque no sabemos si la persona en nuestro hogar, el espacio laboral o con quien compartimos la tarde al vernos, con manos trémulas, espera poder decir: yo también y quiero decirte que es más cercano de lo crees.

 

@m_acevez | [email protected]


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Juan Luis Montoya Acevez

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