Cultura

La novela puede ayudar a pensar que este mundo siempre es otro, nosotros mismos somos otros / Entrevista a Rafael Villegas

 

  • La novela no debería buscar una certeza cognitiva, no debería tirar netas que se conviertan en frases retuiteables, debería buscar esa duda esencial, una sospecha profunda sobre el mundo, sobre la realidad

 

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Un adolescente norteamericano, hijo de un migrante mexicano, gerente de un hotel en el estado de Wyoming, y de una madre norteamericana extremadamente religiosa, prepara y ejecuta y una masacre en la guardería del pequeño pueblo en el que vive, para después iniciar una huida hacia el sur de los Estados Unidos. Pero ahí, en ese intento de escape, lo llevará al inicio del fin del mundo. Pero este apocalipsis no marcará el fin del mundo. Solo marcará una vuelta más de la ya larga historia de violencia que ha dominado la historia de la humanidad. Luther Morán, el protagonista de la novela Animal Verdadero del escritor mexicano Rafael Villegas, se convertirá en el perpetrador de una nueva masacre en una escuela de los Estados Unidos, que sin embargo pasará prácticamente desapercibida, pues apenas unas horas después, China enviará varios misiles nucleares a la zona continental del país de las barras y de las estrellas, lo cual iniciará la Tercera Guerra Mundial. Una guerra en la que Luther Morán participará como soldado en la primera línea de batalla y que contra todo pronóstico Estados Unidos perderá, lo cual dejará claro cuál es la nueva potencia mundial. Esta derrota terminará por desmontar el mito del sueño americano, que mostrará entonces su cara más desgarradora y brutal, ya que la derrota no solo serpa militar, sino sobre todo moral.

Morán será el protagonista perfecto de esta caída. Un hombre que ha asesinado a niños indefensos, un hombre que ha peleado en una guerra brutal, un hombre solitario que regresa a su pueblo, para encontrarse con viejos y nuevos demonios. Un hombre que trata de escapar, que habla solo con sus fantasmas, un hombre que descubre las nuevas y las viejas religiones, que se entremezclan y que nos demuestran que es muy difícil desterrar a la intolerancia. Un hombre que intenta abandonar todo para quedarse solo, que sin embargo que aún en el fin del mundo uno es esclavo de sus miedos, de sus odios, de sus heridas.

Rafael Villegas, escritor nacido en Nayarit en 1981 y autor de los libros de cuentos Juan Peregrino no salva al mundo (2012) y Monstruos de laboratorio (2014), fue ganador del Premio Nacional de Poesía Amado Nervo en 2005 y del de cuento José Agustín en 2009, nos presenta en Animal Verdadero, su primera novela publicada por la Ediciones B, una novela que fue definida por el escritor Bernardo Esquinca, como una “afortunada mezcla de géneros literarios que muta de novela apocalíptica a una fábula pop con alta dosis de ironía”. Una novela que sorprenderá a través de una trama y de una estructura narrativa que hurga en el pasado para reconstruir un presente disruptivo y caótico.

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Javier Moro Hernández (JMH): ¿Cuál es la historia que le da pie a Animal Verdadero?

Rafael Villegas (RV): Las historias suelen nacer con el choque de la casualidad y la obsesión. Aquí la casualidad la puso un embotellamiento carretero. En 2013 los productores de maíz tomaron la caseta de Ocotlán, muy cerca de Guadalajara. En ese entonces yo vivía en la Ciudad de México y viajaba seguido a Guadalajara. Tenía que llegar a Guadalajara a eso de las 5:00 o 6:00 de la mañana, pero a esa hora el autobús estaba completamente parado. Así nos quedamos muchas horas. Llegué al hotel poco antes de la media noche. Pero mientras duró el embotellamiento me puse a escribir en la tablet hasta que se le acabó la pila. Fue incomodísimo, pero empecé a escribir como un simple ejercicio de descripción: “Son las 4 y media de la mañana, viajo en un autobús ETN de la Ciudad de México rumbo a Guadalajara. Estoy atrapado en un embotellamiento carretero”, etcétera, algo así decía. Eso fue el germen de Animal verdadero, que empieza con “Yo, Luther Morán, maté a veintitrés personas ayer. Ahora son las cuatro y media de la mañana y viajo rumbo a El Paso en uno de los asientos traseros de un autobús Greyhound”. En algún momento de las horas que pasamos en el autobús, un pasajero religioso pensó que era buena idea aprovechar que no teníamos escapatoria para ponerse a evangelizar a todo el autobús. Yo me hice el dormido cuando se me acercó, pero sí escuché sus avances con otros. Supongo que ahí es donde entró mi obsesión con el tema de la religión. Supongo que fue una cadena: el evangelismo protestante me hizo pensar en Estados Unidos, de ahí pasé a la guerra, a la violencia, al mal, a los asesinatos masivos, a la migración, a la juventud y, finalmente, di la vuelta y regresé al autobús. Ahí estaban casi todos los temas de la novela. La historia ya no se trataba de mí, ni de mi situación inmediata. Ya no era una mera descripción, sino una ficción.

JMH: He de decir que la novela sorprende pues cuando lees la contraportada te imaginas una historia que nos hablará de la violencia en las escuelas de Estados Unidos, pero no es así. Esta es una historia apocalíptica, en donde la violencia está, pero en realidad es la inmersión en la vida interna de un personaje. ¿Cómo describirías el proceso de creación de Luther Morán?

RV: Quise explorar los límites de mi propia tolerancia, los alcances de mi empatía hacia un personaje, de entrada, monstruoso y detestable. La historia comienza con un Luther muy joven, 17 años, que planea y ejecuta una masacre en una escuela de su pueblo, en Wyoming. Por supuesto, pensaba en Columbine o en South Park como espacios típicos alejados del glamour y el cosmopolitismo de las grandes metrópolis gringas. La masacre de Luther no es spoiler, es la premisa de la novela. A partir de esto me pregunté cómo es posible sobrevivir a la propia maldad. También me pregunté si los lectores seguirían con un personaje que desde las primeras páginas ya se ha revelado como detestable. A fin de cuentas, creo que Animal verdadero sí trata sobre la violencia, sobre la interna de las masacres escolares, una plaga en Estados Unidos, o sobre la violencia exterior de su cultura bélica. También es una novela apocalíptica, aunque quizás en el sentido más amplio de cómo se sigue viviendo después de que todo alrededor y dentro de uno se desmorona. Es también una novela sobre el regreso a casa. Vemos a Luther volver a su pueblo, muchos años después de aquel día definitivo de su juventud. De eso y otras cosas trata la novela.

JMH: Luther es un personaje contradictorio en sí mismo: hijo de un inmigrante mexicano, no se siente para nada mexicano. Hijo de una mujer religiosa no cree en dios. Aislado perpetra una masacre que pasa desapercibida, se vuelve un soldado que va a una guerra que pierde la mayor potencia del mundo. Es en sí mismo una síntesis de las muchas contradicciones del mundo contemporáneo.

RV: En una entrevista alguien me preguntó si Luther estaba loco y si esta locura lo había hecho asesinar personas. Yo no lo sé. Francamente, no sé. Al menos no lo puedo saber desde la novela. No creo que la novela, como género, esté ahí para dar certezas sobre nada. Esta persona que me entrevistó también me preguntó cuál era el mensaje de la novela, que es una pregunta típica. La novela no tiene un mensaje. Y si acaso lo tuviera, ese mensaje tendría la forma de una pregunta. La novela no debería buscar una certeza cognitiva, no debería tirar netas que se conviertan en frases retuiteables. La novela debería buscar esa duda esencial, una sospecha profunda sobre el mundo, sobre la realidad. La novela, creo, nos puede ayudar a pensar que este mundo siempre es otro, y que nosotros mismos siempre somos otros. Esta es la sospecha: ¿soy definitivamente de tal o cual manera?, ¿el mundo es de esta o aquella forma? Y si leemos y escribimos bajo esa sospecha, entonces todo se vuelve complejo y, por lo tanto, contradictorio. Y mucho más divertido, claro. La simplificación de las cosas, el blanco y el negro, puede ser peligrosa, además de aburrida. De eso se tratan los relatos de los totalitarismos o los extremismos religiosos, por ejemplo. Se concentran en construir historias simples en las que la identidad, ya sea de las colectividades o de las individualidades, es de alguna manera clara y definible, también perpetua y ahistórica. A mí me gusta, tanto en la vida real como en la ficción, la gente contradictoria, que duda de su propia identidad, que muta y se complica.

JMH: Una de las características que me llamó la atención sobre la estructura de la novela son los cambios de tiempo. Este ir y venir entre los años nos da cuenta de la transformación del personaje. ¿Cómo decidiste estructurar la novela de esta manera?

RV: Quería lograr una especie de descolocación de la voz narradora. No se trata de Luther, ya viejo, echándole una mirada a su pasado. No es, en este sentido, un relato de memoria. En parte, Luther sobrevive a su propio mal despojándose de la memoria. Su relato es rigurosamente presentista, aunque los lectores sí que atraviesan varios momentos de la vida del personaje, lo que crea un efecto de memoria. Da la impresión de que Luther recuerda, pero es sólo un efecto. En todo caso, me interesa ver lo que el tiempo le hace a la gente, aunque la gente se resista a su efecto. Es una de las condiciones de lo humano, la experiencia del tiempo.

JMH: Me parece que desde México pocas veces intentamos abordar la cultura pop norteamericana. ¿Por qué tomaste la decisión de situar a la novela en Estados Unidos y en ese estado en particular?

RV: Narrar Estados Unidos puede parecer a algunos una suerte de alienación, pero yo lo veo como una suerte de resistencia de la imaginación. Podemos narrar lo que se nos venga en gana, y esto incluye lugares lejanos o inexistentes. Los estadounidenses, como otros pueblos colonialistas, lo hacen todo el tiempo. Quiero decir, narran la lejanía, lo otro, lo desconocido, lo que escapa al orden de lo inmediato. Es su conciencia colonialista lo que les permite hacerlo con mucha o poca desvergüenza. Desde las periferias podemos responder al colonialismo imaginario y concreto lanzando una mirada de regreso. Se trata de ver al corazón del imperio porque, por otro lado, es algo muy inmediato. Lo tenemos aquí, encima, respirándonos a través de su política y su cultura. Hablar de Estados Unidos es también hablar de nosotros. Y es hablar de nuestro tiempo. Es hablar también de mí mismo y de mi cariño por la cultura estadounidense, por sus películas, por su música, por sus ficciones. Por otra parte, al tratar una cultura distinta a la propia siempre habrá un desfase, un punto de incomprensión que hará que más de alguno señale que un verdadero gringo, por ejemplo, no hablaría de tal o cual manera como lo hace en la novela. Pero este es un problema inevitable. Tiene que ver con la brecha de la otredad cuando es abordada en la ficción. Es como cuando vemos una película sobre romanos que hablan en inglés del siglo XX. En este sentido, en Animal verdadero no hay ninguna pretensión cosmopolita. Para eso se necesita escribir París desde París, por decir algo. Yo escribo desde acá, desde una carretera mexicana, desde un hotel al sur de Guadalajara, desde el departamento que rentaba en la Narvarte o desde Atemajac, la zona de la ciudad donde vivo ahora. Escribo desde la periferia y en esta novela escribo sobre otra periferia, una periferia interior del primer mundo estadounidense y lo de Wyoming fue sólo otro de los elementos fortuitos que dieron pie a la historia. Hace unos años regresaba a Guadalajara en auto con unos amigos, veníamos de Mazamitla y en medio de la plática, un amigo soltó algo que no se me olvidó, se anidó en mi cabeza y después encontró lugar en la novela. Dijo que nada podía pasar en Wyoming por la sencilla razón de que nada podía pasar en un estado con la forma de un cuadrado perfecto. En realidad Wyoming no es cuadrado, sino ligeramente rectangular. Supongo que quise ver si algo podía pasar en un estado con forma de recámara de casita de Infonavit.

JMH: Quería preguntarte cómo fue el cambio de escribir poesía y cuento a escribir esta novela. ¿Lo sentiste como un cambio radical en tu manera de trabajar?

RV: Hace muchos años que no escribo poesía, unos doce años, aunque hay gente que todavía me relaciona con esos primeros libritos que publiqué. Recientemente, incluso, me han pedido poemas para antologías. Cuando me invitan, claro, agradezco y advierto que no es material nuevo. En su momento, me costó mucho trabajo pasar de la poesía al cuento. Quiero decir, para ser más preciso, que batallé para contar algo. En mis primeros cuentos daba vueltas sobre el lenguaje mismo, no me interesaba si se entendía lo que escribía, no había personajes como tales, era críptico y procuraba sonar inteligente y experimental en cada frase. No quiero decir que esto sea algo negativo, incluso es el tipo de ejercicio que muchas veces logra reconocimiento y consenso canónico sobre una obra, pero definitivamente no era lo que yo quería. En ese tiempo empecé a leer a Kurt Vonnegut, un descubrimiento que, para mí, resultó luminoso. Me encanta la forma como Vonnegut es sencillo, pero sólo en la superficie. Su manejo del lenguaje crea un efecto de transparencia. Pero transparencia es apariencia, ¿no? Si la prosa de Vonnegut fuera un mar, su superficie sería pacífica y cálida, como para pasarla a gusto en vacaciones, pero debajo, en las profundidades, el mar se agitaría con violencia, caos, formas contradictorias de vida y montones de bestias marinas. Prefiero disimular a simular. Vonnegut esconde algo que tiene, disimula, otros escritores llenan de tormentas la superficie, el lenguaje, para simular una hondura. Claro que existen los genios que pueden hacer las dos cosas, pero como yo no soy uno de esos, ahora prefiero seguir la estrategia de Vonnegut. El paso del cuento a la novela, no me ha costado demasiado, supongo que porque me siento más cómodo en el largo aliento y porque rara vez escribo un cuento que no esté pensado en relación con otros cuentos para conformar un libro. Acabo de sacar con Paraíso Perdido un libro que estará disponible en librerías en 2018, aunque ya se puede comprar en la tienda en línea de la editorial. Se titula Apócrifa. Ahí hay cuentos de treinta o cincuenta páginas. Aunque al final, claro, la diferencia entre cuento y novela no radica sólo en su extensión, tiene que ver con una concentración, un cierto grado de enfoque en los recursos narrativos y en la trama que no es absolutamente necesario en la novela, donde los hilos pueden tejerse de manera más distendida y digresiva. Con lo que tengo enorme dificultad es con escribir cuentos breves, de las minificciones o los aforismos mejor ni hablar, en parte por eso mi Twitter es un fracaso.

 

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Javier Moro Hernández

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