Opinión

Yo, la peor de todas / Favela chic

 

Durante mi infancia, en la década de los 90, era todavía común oír una tajante condena, pronunciada con la mayor naturalidad, que ahora la gente se callaría por temor a cometer una incorrección política: “Prefiero un hijo muerto que homosexual”. Dentro o fuera del hogar, quienes salían del clóset no podían esperar aceptación ni respeto. Por lo general eran repudiados por sus familias y se convertían en los bufones de las colonias a donde migraban. Debían soportar con estoicismo ser objeto de apodos denigrantes, de bromas obscenas, de manoseos y hasta de golpes. Homosexual era también sinónimo de prostituto y de “chichifo”. En ocasiones se trataba de un círculo vicioso. La sociedad les imponía ese papel y ellos acababan por interpretarlo con desenvoltura. En la película mexicana El lugar sin límites (Arturo Ripstein, 1977), basada en la novela del chileno José Donoso, aparece “La Manuela”, un personaje inolvidable que asume el estigma como parte de su carácter, pero desarrolla un discreto encanto para seducir a los clientes bugas del burdel donde trabaja.

De niña conocí a un representante de este gremio: “Okari”, como se hacía llamar el estilista de mi cuadra, un hombre con pestañas postizas, carismático y seductor. Se rumoraba que por las noches su local se convertía en un lupanar, donde otorgaba favores sexuales a una variopinta clientela masculina que incluía a hombres casados. Un día desapareció tan repentinamente como había llegado. Según las habladurías, murió del “mal del siglo”. Nunca supe su verdadero nombre. Él y mi madre se conocieron en la estética y entablaron una estrecha relación de confidentes, semejante a la de Sophia Loren y Marcello Mastroianni en la película italiana Un día especial (Ettore Scola, 1977). Ella también había probado las hieles del rechazo, la humillación y el desamparo, pues años atrás mi padre se había ido de la casa luego de un pleito conyugal, cuando mis dos hermanos y yo teníamos apenas entre cuatro y seis años. Jamás volvió. Nunca recibimos una sola carta ni una llamada telefónica suya, mucho menos una pensión alimenticia. Mi madre desconocía su paradero y, profundamente herida en su orgullo, no quiso averiguarlo. Nos mantuvo gracias a su empleo de tiempo completo en el magisterio, donde ganaba un salario modesto. No contó con apoyo económico y, muchas veces, tampoco moral.

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En vez de compadecerla, algunas personas la culparon de la ruptura, no explícitamente, pero con una actitud de sospecha que equivalía a decirle: “Algo le habrás hecho para que se largara”. Desde sus miras estrechas, el abandono había mermado su honor y, por ende, su valía. No obstante, algunos valientes la cortejaron después, atraídos por su juventud y belleza, a sabiendas de que era madre soltera. Pero al final todos huían despavoridos, no por el temor a cargar con hijos ajenos, sino por las abiertas muestras de hostilidad de las demás mujeres de la casa, que por más de una década se adjudicaron el papel de celadoras. Vigilaban todos los pasos de mi madre y la juzgaban con dureza. Desde su perspectiva, una mujer separada -o peor aún, “dejada”- no tenía derecho a buscar otra pareja. Si había fallado una vez, había fallado para siempre. El mero intento de rehacer su vida sentimental la rebajaba a la condición de “casquivana”. Si ella se hubiera divorciado también de esos principios, tal vez habría disfrutado una vida amorosa más plena, pero terminó por ceder a los chantajes. Bajo la presión social, “invariablemente somos cómplices de nuestros enemigos”, como dijo Octavio Paz.

El simulacro de la felicidad

Desde los años sesenta, los movimientos contraculturales han abogado por los derechos de los outsiders, o sea, personas que no encajan en el modelo tradicional, como Okari y mi madre. Pero la defensa de los estilos de vida alternativos no sólo ha beneficiado a las “ovejas negras” de la sociedad, sino también a los llamados squares, es decir, a los heterosexuales aparentemente satisfechos con el orden social. Desde Juana la Loca hasta Lady Diana, la institución del matrimonio ha significado para incontables mujeres un simulacro de felicidad, que empieza con una boda de ensueño y acaba en un inferno de incomunicación, adulterio y violencia (psicológica, verbal, física y económica). Pero también muchos hombres han sentido un genuino malestar por el matrimonio, “un pasatiempo para masoquistas” o “un molino prehistórico en el que dos piedras ruejas se muelen a sí mismas interminablemente, hasta la muerte”, como lo definió Juan José Arreola.

Genios de épocas y regiones tan dispares como Sor Juana Inés de la Cruz y Franz Kafka se hallaron en un serio predicamento por ver en el matrimonio y en la familia una grave amenaza contra su vocación literaria. En su “Respuesta a Sor Filotea”, Sor Juana confesó haber profesado los votos religiosos, porque “para la total negación que tenía al matrimonio era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir”. A finales del siglo XVII, las mujeres de la Nueva España –incluso aquellas excepcionalmente dotadas, como la Décima Musa– sólo podían escoger uno de tres destinos: la familia, el convento o el prostíbulo. Tres siglos después, en el imperio austrohúngaro, Franz Kafka reconoció en su “Carta al padre”: “Yo, a todas luces, no soy espiritualmente apto para el matrimonio”. En nombre de la presión social, se había comprometido en dos ocasiones. Para convencerse de aceptar el yugo conyugal, escribió en sus Diarios una reflexión titulada “Desgracia del soltero”. Además cotejó en una tabla los pros y los contras del matrimonio y de la soltería. Pero fracasó rotundamente por un simple motivo: en su afán por satisfacer a los demás, atentó contra sí mismo. Las Cartas a Felice, un intercambio epistolar de cinco años con su prometida, son un vivo testimonio de ese tormento.

 

¡Hombres, libérense!

El feminismo y los movimientos contraculturales, que desde los sesenta cuestionan los papeles asignados por costumbre a los dos sexos, han conquistado un margen de elección más amplio para las mujeres, pero también para los hombres. En las sociedades abiertas, los varones pueden escoger un destino diferente al del pater familias, que los reducía al papel de proveedores (money-makers), física y emocionalmente distanciados del hogar. Sólo en las sociedades autoritarias, como en la China contemporánea, aún pesa el estigma de la soltería. Según el noticiero chileno 24 Horas, si los chinos se mantienen solteros después de los 27 años, reciben la etiqueta peyorativa de “sobrantes” (estorbos, mejor dicho) y sufren el menosprecio de sus familias.  

Cuando los hombres dejan de verse a sí mismos como el “sexo fuerte”, pueden romper con el estereotipo de la máquina sexual (sex-machine), que los obliga a tener un rendimiento infalible en la cama. Liberarse de esa presión psicológica es un paso indispensable para resolver problemas como la disfunción eréctil y la impotencia. El “Manifiesto de Cien Mujeres Francesas”, una reacción en contra del movimiento estadunidense “#MeToo”, proclama: “El impulso sexual [masculino, se infiere] es por naturaleza agresivo y salvaje”. Afirmaciones así conducen a dos razonamientos equívocos: la “falacia naturalista” y la “falacia por generalización apresurada”. En una fiesta, una amiga me confesó haber iniciado un affaire. Amaba a su joven esposo, pero estaba insatisfecha porque él siempre había sido, desde el noviazgo, “demasiado tímido en la alcoba”. En otra reunión, una amiga jubilada se lamentó amargamente: “Hace cinco años mi marido y yo no cogemos”. Como pasaban todo el día juntos, descartó la posibilidad de un adulterio. “Tal vez sufre de impotencia. Pero siempre evade los temas tabúes por su educación tradicional”.

El impulso sexual masculino se expresa entonces de diferentes maneras en cada persona y etapa de la vida, no sólo de modo “agresivo y salvaje”. A veces, por condicionamientos físicos y psicológicos, ni siquiera se manifiesta. Por desgracia, hasta la tradición literaria del donjuán ha contribuido a fortalecer el estereotipo del erotómano, una fuente inagotable de malentendidos y frustraciones, cuando los hombres de carne y hueso intentan reproducirlo. En una sociedad machista, suele verse con naturalidad y beneplácito que un hombre de mediana edad se divorcie para contraer segundas nupcias con una muchacha. Pero esta decisión no siempre obedece a un instinto dionisiaco, sino a fuertes demandas externas. Así lo muestra un magnífico relato de Arreola, “Parábola de un trueque”, donde un mercachifle alborota a un pueblo entero con una oferta tentadora: “¡Se cambian esposas viejas por nuevas!”. En Tormenta de arena (Elite Zexer, 2016), una película de Netflix, observamos el caso de un israelita que, forzado por la tradición, debe abandonar su hogar y formar otro con una joven.

 

Mujer contra mujer

Pese a los logros de los movimientos feministas, a muchas personas les asombra que, en la pugna por sus derechos, las mismas mujeres se dividan en bandos contrarios. Pero este choque no es nuevo. Las pioneras del feminismo se toparon con una fuerte oposición de hombres conservadores, como era de esperarse, pero también de mujeres partidarias del machismo. En el documental de Netflix Ella luce hermosa cuando está enojada (Mary Dore, 2014), oímos a unas amas de casa expresando ante las cámaras su rechazo por las manifestantes que reclamaban igualdad de derechos entre los sexos: “No entiendo de qué se rebelan” o “Nuestro lugar está en el hogar”, afirman. ¿Por qué defenderían una ideología en contra suya? Puede haber muchas razones por las que algunas se aferran a sus cadenas: por conveniencia económica, apego a las tradiciones, ignorancia, conformismo, complicidad o autodesprecio… o quizás por una mezcla de todas ellas. La sonrisa de Mona Lisa (Mike Newell, 2003), una película estadunidense ambientada en los cincuenta, evidencia la colaboración acrítica de las mujeres, especialmente de las jóvenes talentosas, para mantener confinado a su propio sexo en los papeles tradicionales de esposa y de madre.

Desde sus orígenes, los movimientos feministas han sido intrínsecamente radicales. Para lograr la igualdad de los sexos en el ámbito público y en el privado, deben reformar un sistema de valores y las instituciones que lo perpetúan. Pero como en todo movimiento sociopolítico, existe una facción ultra radical, en pugna eterna con el sexo masculino. En los sesenta, sus representantes sostenían premisas tan refutables como la siguiente: “Todas las mujeres somos lesbianas en realidad, pero sólo unas cuantas lo han reconocido”. Para ellas, los hombres son una especie de “genio maligno”; y sus amantes, unas traidoras a su propio género. En la actualidad, las militantes ultra radicales reciben el sobrenombre de “feminazis”. Sin embargo, yo ni siquiera llamaría feminismo a una ideología en la que nosotras pasamos de víctimas a victimarias y muchas otras mujeres comparten mi opinión. Pero ahora que el movimiento “#MeToo” ha sido puesto en el banquillo de los acusados, advierto con inquietud que en las redes sociales se emplean los adjetivos “feminista” y “feminazi” indistintamente, como si fueran sinónimos. Tal vez más de uno fomente la confusión de modo deliberado para desacreditar el movimiento feminista en su totalidad que, no se limita sólo a la denuncia del acoso sexual, sino tiene un campo de acción mucho mayor.

Gracias al internet, nuestra generación goza el privilegio de pertenecer a una comunidad global, donde discutimos asuntos comunes a todas las sociedades. Sin embargo, no debemos perder de vista los problemas y las necesidades particulares de la nuestra. En México todavía queda mucho por hacer para combatir la desigualdad social y la discriminación. Derechos a favor de las minorías que, en naciones como Estados Unidos o Francia ya se ejercen plenamente, aquí aún no están amparados por la Constitución ni por los códigos civiles. Solo en la Ciudad de México las mujeres pueden practicarse un aborto sin acabar tras las rejas. En las demás 31 entidades aún se considera un asesinato premeditado. En 2017 una campaña moralizante vetó la legislación del matrimonio gay. El derecho de la mujer a divorciarse y el derecho a votar son letra muerta en algunas comunidades indígenas. Cada año miles de mujeres son asesinadas a sangre fría y sus homicidas siguen prófugos de la justicia. Muchas otras viven a diario una pesadilla no menos espantosa: la trata de personas. ¿Cómo pretendemos echar abajo cimientos tan endebles o inexistentes? En nuestro país, la misoginia y la homofobia aún no han pasado a la historia.

 

Mea culpa

A las feministas de los sesenta se les acusó de odiar a los hombres y a los niños. Se les acusó de ser malas madres por actos tan aceptados ahora, como dejar a sus hijos en una guardería para irse a trabajar. Se les acusó de ser mujeres sin atractivo, incapaces de incitar el deseo masculino. Pero los ecos de la culpa femenina son milenarios. Se remontan a la desobediencia de Eva en el Paraíso y pueden oírse hasta nuestros días. Un joven diplomático mexicano que radica en Brooklyn me platicó el mes pasado: “En Nueva York percibo una gran tensión entre mujeres conservadoras y mujeres progresistas. Las primeras no dejan de atacar a las segundas por haber abandonado los antiguos papeles. Desearían infundirles remordimientos por haberse atrevido a elegir otro camino”.

Cambiar un paradigma, una mentalidad, significa destruir relaciones de poder. Para impedirlo se emplean instrumentos de coerción, como el sentimiento de culpa. Cuando se induce con éxito los inconformes abdican, se retractan, se someten y se anulan. Pero contra este tipo de manipulación contamos con un arma blanca muy eficaz: la ironía. Cuando me señalan con dedo acusatorio por haberme salido del guion, yo suelo responder, empleando una expresión de Sor Juana: “Yo no soy mala. Soy la peor de todas”.

 

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Gabriela Lira Rosiles

Gabriela Lira Rosiles

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