Opinión

Opciones y decisiones / Negociar, hoy, es el debate

 

 

Mal y de malas arrancó el proceso pre-electoral 2018 en Aguascalientes, al menos el personificado por el PRI local, al negar una entrevista del precandidato José Antionio Meade con una reportera de este diario, La Jornada Aguascalientes. Así nos lo hace saber Edilberto Aldán en su editorial política: “Los rituales de la sumisión”. By Edilberto Aldán. LJA | 04/01/2018): “Otra de las propiedades de esa militancia es la cerrazón a la crítica, el miedo al cuestionamiento, razón por la que suponemos que quienes organizaron la visita de Meade Kuribreña a la entidad, hicieron lo posible para que no fuera entrevistado por La Jornada Aguascalientes”.

Una acción con tal desplante merece una reacción igual y en sentido contrario: “Entre reuniones, al precandidato Meade, sus empleados le organizaron encuentros con la prensa, entrevistas exclusivas de cinco minutos; la reportera Claudia Rodríguez Loera pidió que se le diera el mismo trato y fue rechazada, tanto por el encargado de prensa del PRI estatal como por el dirigente estatal, Enrique Juárez. Es que todo ya está decidido desde el centro, argumentaron”.

Y, ya entrados en polémica, se desenvaina el filoso aguijón: “Cuál será el modelo de combate a la pobreza, ¿el mismo que durante su paso por Sedesol?, (…) cómo es que entre 2012 y 2013, cuando fue secretario de Hacienda, ocurrió el desvío de recursos que llaman la Estafa Maestra, y por qué no se dio cuenta; por qué apoya la Ley de Seguridad Interior, e indica que es “un paso adelante” si incluso Enrique Peña Nieto ha dicho que le corresponde a la Suprema Corte definir su inconstitucionalidad”.

Mas, no se deja al silencio la identidad de los orquestadores de esta segregación mediática: “quienes lo acuerpaban son quienes se han repartido el PRI local: el exgobernador Carlos Lozano de la Torre y Blanca Rivera Río, Lorena Martínez, Denis Ibarra, Augusto Gómez Villanueva, Miguel Romo Medina y Enrique Juárez”. Baraja de actores principales, en lo que aflora como tónica de la campaña formal.

Aquí quedan los trazos germinales de un drama actancial que habrá de tomar cuerpo a partir del mes de febrero; su cadena lingüística ya quedo medio prefigurada. Habrá que ver si queda confirmada en el proceso de la contienda como tal. Por lo pronto, que conste que el priismo local no quiere ver el tamaño y bravura del burel personificado en el electorado aguascalentense, y que saldrá al ruedo en la ya inminente campaña electoral.

Este primer calentamiento de esgrima nos recuerda la importancia de saber negociar. Por lo cual ligo esta escaramuza provocada por unos pocos militantes que se sienten ya púgiles de cuerpo entero, con la idea nada peregrina de asumir que la disputa por la nación, bien merece una postura negociadora y no de balandronadas de unos rijosos de cantina.

Comencemos por dejar sentado que toda situación de conflicto nos plantea una disyuntiva: o bien, una parte gana y la otra cede para resolverlo; o bien, ambas pierden por su respectiva incapacidad de encontrar una solución. Pero, también cabe la posibilidad de que ambas partes “ganen”, porque son capaces de sentirse cómodos con un acuerdo que satisfaga sus necesidades respectivas.

En dicho contexto, no hace falta examinar mucho este esquema de posibilidades, para darnos cuenta de que las resoluciones exitosas a estos dilemas, desafortunadamente son escasas. Y esto es así, porque nuestro manejo de la influencia humana corre, generalmente, por carriles muy restringidos que están condicionados por usos y prácticas culturales dominantes en nuestro medio social. Digamos que se trata de pautas y tendencias inherentes a la cultura popular que nos es propia.

El primer supuesto consiste en descubrir que un buen negociador tiene destrezas para utilizar una gama variada de recursos persuasivos y aplicar sus estilos de influencia de manera positiva, no destructiva. Y en tal suposición encontramos que la inercia cultural nos juega trucos a veces no muy plausibles. Veamos. En los pueblos latinos de cultura hispana, predominó un esquema autoritario, en donde pesaba gravemente la autoridad paterna/materna, y mediante un estilo de influencia fuertemente razonador. “Te mando esto, porque…, así es mi real entender”.

En cambio en los pueblos de ascendencia anglo-sajona fue predominante un esquema liberal y más permisivo, sobresaliendo un estilo de influencia asertivo: “dime tú qué quieres y acepta las consecuencias”. El primer estilo lleva al paternalismo en la toma de decisiones, y el segundo implica el aprendizaje bajo ensayo y error, sujeto a márgenes de riesgo. Una tercer esquema evolucionó más en los países orientales, que también pertenece al campo de la persuasión, pero bajo una propuesta: “yo te ofrezco esto, pero a cambio quiero esto otro”. La diferencia entre uno u otro no puede sujetarse a la calificación genérica de “buena” o “mala”; sino que nos remite a otra especie de consecuencias: la eficacia o la ineficacia en la resolución de nuestras situaciones de conflicto. Este es, desde mi punto de vista, el punto correcto para su valoración.

Lo que encontramos hoy, y ayer, en la arena política mexicana: Debemos retrotraernos a noviembre del año 2011. (Cfr.: Nota mía: LJA. “Parlamentos de paja”. Sábado 5 de noviembre, 2011). Estábamos a punto de formar nuevo congreso nacional, en la Cámara de Diputados y en el Senado de la República. Y lo que logramos atisbar en ese horizonte era una composición abigarrada de intereses partidistas, evidentemente acrítica -salvo honrosas excepciones-, de trepadores y trapecistas de la política, con el fin de enseñorearse de una respetabilísima nómina pública, sin que se acreditara fehacientemente su capacidad de gestión parlamentaria para llegar a resultados contantes y sonantes para la Nación.

El ágora pública democrática y republicana que se forjó en siglos de Historia había quedado como una entelequia vacua, chata e inútil; y no porque lo haya sido en su concepción original y en su práctica, sino porque el interés mezquino de unos cuantos -se llama oligarquía en términos clásicos- han hecho de la mediación de los partidos políticos, para nosotros obligatoria, una cúpula de interés centralista e impugnable, una que se instala como absolutamente necesaria e inevitable, como vía única para acceder al poder político; o lo que es lo mismo, se trata de obtener una franquicia imbatible para ejercer con impunidad el reparto del botín del erario público; en términos sociológicos se le denomina: “spoils system”, el sistema de reparto del botín político.

Quae cum ita sint…”, estando así las cosas -decía el clásico estribillo de César en sus partes de guerra al Senado Romano, SPQR (Senatus populusque Romanus)-, no se trata de ponernos muy exigentes -aunque debiéramos- tenemos el imperativo perentorio de exigir a nuestros representantes ciudadanos, el dominio y diestro manejo de tres asignaturas fundamentales para la vida parlamentaria: la Ética Política, la Retórica Política y la Negociación.

Respecto de ésta última, vuelvo a refrendar su inexcusable ejercicio. La Negociación como forma racional y justa para obtener acuerdos, esta opción sí la propondría como absolutamente obligatoria e insoslayable, para todo candidato a diputado o a senador o a presidente de la República, distinción de género incluida. En efecto, ¿qué es un parlamento sin capacidad para obtener acuerdos? Diría el egregio impugnador de instituciones inicuas -fueran eclesiales o políticas- Jesús de Nazareth: “si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Para nada sirve ya, sino para ser arrojada y pisada por las gentes”, cito de memoria.

Lo que viene a cuento sobre el deber insoslayable de poner al centro del debate público, la capacidad inexcusable de ejercer con decoro y honorabilidad los símbolos del poder, que es la Política; y que se distingue perfectamente del ejercicio del Poder de los símbolos, reconocida como la Cultura, que se expresa por las Artes y el sistema de representación simbólica. La comunicación, difusión, e interlocución mediática.

Concedamos, por ahora, que no hay dinámica política válida sin el empaque personal y la destreza para ejercer la Negociación Política. Y esto es así, porque tanto estructura como dinámica parlamentaria sin acuerdos de fondo es el óbice por antonomasia, el peor obstáculo para la vida democrática y republicana. Este imperativo se traslada lógicamente a las campañas políticas que buscan con hacerse del poder público. En donde, hacer exigible el aprendizaje y práctica del arte de negociar, en nuestros representantes populares, no sólo es factible e indispensable, sino inexcusable.  

En donde, no son aceptables como mediaciones para acceder al poder: la exclusión, la selectividad de interlocutores a modo, facilones o incluso serviles. Quizá podría pensarse que por ahora sería mucho, quizá excesivo, exigir de nuestros congresos locales o de la Nación, la obtención de consensos en la conformación ya sea de nuestra Legislación vigente, o de nuestras estructuras superiores de poder, o la simple designación de funcionarios. Pero, observamos que el mínimo indispensable para una vida pública sana, sería plausible exigir que prevalezca el consenso, como forma perfecta de alcanzar acuerdos; es decir, implica el 100% del asentimiento entre las partes para determinar un asunto o un diferendo. Pero, si esto al día de hoy es impensable, dadas las contradicciones políticas en la que estamos inmersos, podríamos al menos aspirar a que hagamos recurso a la negociación como una mediación válida que sea recta, justa, equitativa y por libre manifestación de voluntad. No por uso de la exclusión o de la selección a modo de interlocutores cómodos.

La rectitud de la praxis política depende de la racionalidad y de la objetividad con que los tópicos del debate son tratados; en donde, la justicia es el referente distributivo que asigna proporcionalmente cargas, beneficios y satisfactores; la equidad es el imperativo de igualdad en una democracia real; y la libertad es la determinación autonómica para asentir y manifestar el libre consentimiento.  

 

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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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