Cultura

Se escribe para plantearse preguntas que no tienen respuesta / Entrevista a Mark Haber, autor de Las barbas de Melville

 

  • Uno de mis placeres favoritos es el de tejer una historia de ficción con los hilos de la realidad y la invención

 

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Mark Haber nació en Washington D.C. pero creció en Clearwater, Florida. Es gerente de Brazos Bookstore, en Houston, Texas. Fue integrante del jurado del Best Translated Book Award en 2016 y de nuevo en 2017. Ha publicado crítica literaria en The Rumpus, Music & Literature, LitHub y The Quarterly Conversation. Su primer libro de relatos, Deathbed Conversions (Summerfolk Press, 2009), sirvió como fuente para el libro Melville’s Beard/Las barbas de Melville, que apareció en la colección Polifemo de la Editorial Argonáutica, de Monterrey, Nuevo León.

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Óscar Alarcón: En el cuento “Consecuencias increíbles” el ambiente que se percibe es el del absurdo de los días festivos norteamericanos y que parece más bien el de los mexicanos, además de la pereza característica del ser humano. A veces parece que las tradiciones están petrificadas, no se derrumban, ¿cuál es tu opinión sobre las tradiciones y costumbres en las sociedades?, ¿son necesarias?

Mark Haber: En términos generales, nunca me han gustado los días festivos. No me gusta la idea de detener todo, que cierren los comercios y que todos debamos hacer lo mismo. Hay algo en ellos que siempre me deprime. No es que no quiera que la gente disfrute, para nada, pero hay algo en la uniformidad inherente a los días festivos que siempre me ha dejado un mal sabor de boca.

Con el cuento también busqué satirizar el hecho de que la gente se la pasa buscando seguir y crear tradiciones, a veces con motivos sumamente absurdos. Lo cierto es que no buscaba burlarme de las tradiciones existentes, sino más bien plantear la idea de que, si a grupos grandes de personas se les plantea la alternativa del bien y el mal, casi siempre se irán por la segunda.

Sí creo que la gente necesita costumbres y tradiciones, no de la misma manera en que necesitan agua y alimento, pero sí es algo que espera o depende de, y el trabajo del escritor es preguntarse si de verdad la gente las necesita. No sé si así sea (dudo que exista una respuesta), pero lo importante es plantearse la pregunta. La sátira no se escribe en blanco y negro, es decir, no busca señalar lo correcto o incorrecto, no se trata de decir “esto o aquello está mal”. Por lo general se escribe para plantearse preguntas que no tienen respuesta.

ÓA: En “Cómo se las arregla el vulgo”, que es uno de los cuentos que más me sacudió, se abordan muchas formas de crítica social, sin embargo, hay un elemento del que me gustaría saber tu opinión ahora que tu libro fue traducido al español, ¿qué es para ti el lenguaje?

MH: Para mí el lenguaje es todo -o al menos la voz y el tono. Creo que muchas personas se quedan con la historia y la trama, pero a mí nunca me han llamado la atención. No comienzo a escribir algo porque se me ocurre una trama, sino más bien cuando escucho una voz. Ya que la tengo (por lo general en primera persona, es decir, la del narrador) arranco. La voz en “Cómo se las arregla el vulgo” recibió una fuertísima influencia de Henderson, narrador de Henderson, el rey de la lluvia, de Saul Bellow. Es un personaje arrogante, exagerado, un narcisista a quien solo le interesa su propio bienestar y lo que la haga feliz. Visto así, a mí me importa el lenguaje porque es la única manera de hallar un registro o tono al momento de escribir ficción.

ÓA: El tratamiento de los cuentos “La maldición” y “Discurso con motivo de las obras en el lecho de muerte” me hace ver que a veces la literatura mexicana tiene temas que casi no toca, el primero se debe quizá porque no hemos atravesado por algo similar como el holocausto; y el segundo, el canon literario. Ambos, nos hacen ver que algunos autores norteamericanos tratan sin ningún enfado estos temas, ¿cuál es la herramienta literaria que utilizas para tocar estos temas, a veces políticamente incorrectos, y salir bien librado?

MH: Para mí, “La maldición” y “Discurso sobre la obra del lecho de muerte”, son historias bien diferentes entre sí. “La maldición”, un cuentito extraño en el que tomo una idea absurda -el que los ronquidos de los muertos aparezcan o se apoderen de personas vivas- y la hago todavía más absurda. Por supuesto, el lector tomará el lado del esposo porque parece ser el más cuerdo, pero luego se dará cuenta de que es él contra el mundo. Y, aunque el esposo cree que su esposa y el médico están locos, son parte de la mayoría que cree que los ronquidos de este personaje supuestamente cuerdo son los de otras personas.

El cuento “Discurso sobre la obra del lecho de muerte” viene directamente de Nabokov (en principio Pálido fuego) y con él busco mofarme del mundo literario y del académico, de la teoría literaria. Es otro ejemplo en donde la voz de la historia (la del narrador) termina siendo lo más importante. Me burlo -o eso intento- del canon literario (de la idea de que hay gente que es bien recibida y a otros no los dejan entrar), aunque por otro lado siento un enorme respeto por ese mismo canon. Es curioso burlarse de algo con lo que simpatizas o te encanta, pero así son las cosas. Creo que también es otro ejemplo en el que se hacen preguntas sin respuesta.

ÓA: El cuento “Abanderado” se burla de la guerra, de las jerarquías en el ejército y es un ciclo en donde el que siempre gana, es decir el que conserva la vida, es el soldado de menor rango, ¿cuál es tu postura respecto a las políticas de guerra de Estados Unidos ahora que han venido las declaraciones de Donald Trump y Kim Jong-un?

MH: Queda claro, luego de leer “El abanderado”, de que mi postura (o la de la historia como tal) es antibélica, pues es una locura tratar de comprender el absurdo que es una guerra: hombres adultos, desconocidos, que se disparan solo porque otros hombres de mayor rango se los ordenan. Pero eso es.

No quise escribir un texto político -ni siquiera sé cómo escribir historias así- sino otro ejercicio más sobre el absurdo. Las guerras son un tema complejo, en donde coexisten posturas, bandos, argumentos a favor y en contra de algo, en contraste con la simpleza de hombres contra hombres peleando. En realidad, la historia trata de un hombre que se rige por algo sencillo: no quiere morir.

ÓA: “Piel de porcelana” me parece que es uno de los cuentos más interesantes que he leído últimamente porque no parece un cuento, parece ser una falsa biografía o un falso artículo de divulgación, lo que te otorga un mérito enorme pues la ficción realmente nos hace dudar sobre la existencia de Luther Owens, incluso a mí me hace pensar que la teoría literaria es un género literario más, así como el cuento o la novela. ¿Realmente existe la teoría literaria?

MH: Me encantan las biografías, los estudios y ensayos ficticios, ya sea la Anatomía de la melancolía, de Robert Burton o La literatura nazi en América, de Bolaño. Uno de mis placeres favoritos es el de tejer una historia de ficción con los hilos de la realidad y la invención.

Creo en la existencia de la teoría literaria y que es, en muchos sentidos, un género en sí misma. Sin embargo, nunca he leído un libro completo de teoría literaria. Cada que leo un libro que habla de otro libro me dan ganas de leer ese libro. Si empiezo un libro que analiza la obra de Virginia Woolf, lo primero que quiero hacer es cerrarlo y leer a Virginia Woolf. No es que quiera criticar a quien lee teoría, pero es muy fácil burlarse de las personas que construyen su carrera hablando y escribiendo de algo que no hicieron ellos mismos.

En ese sentido, Piel de porcelana es otro ejemplo en el que me burlo de la teoría literaria y del mundo académico. Creo que la teoría literaria, discutir sobre literatura, es importante, de verdad, pero yo no soy bueno, no es lo mío y además, los buenos críticos son mucho más inteligentes que yo.

ÓA: Al terminar de leer “Piel de porcelana” de manera inmediata fui a Google a buscar el libro de Luther Owens, Baladas del ano, el cual me recordó un poco a Allen Ginsberg y a la generación beat, ¿por qué crees que los poetas tienen tantos groupies, que los siguen más a ellos, como culto a la personalidad, que a su poesía?

MH: Hay o había un culto al personaje del escritor. Más si se hablaba de poetas. No sé por qué, pero creo que es parte de la naturaleza humana aferrarse a algo y, cuando se trata de literatura, sin darnos cuenta ya estamos celebrando más al autor que a la obra; en este caso en particular al poeta más que a su poesía.

ÓA: Siento que el cuento “Piel de porcelana” es un artículo, yo lo pensaría como metaliteratura, ¿como lector, tú cómo lo percibes?

MH: Creo que “Piel de porcelana” puede etiquetarse de varias maneras: cuento, sátira y, claro, artículo, pero de ficción. Puede que sea metaficción, pero a mí el término siempre me ha confundido. Para mí, la metaficción no es más que ficción consciente de sí misma, ¿o no? Por eso no sé si sea ‘meta’ y tampoco me hallo en posición para decir qué es o qué no es. Sí creo que, al final, quedará como un texto de ficción que trata un montón de ideas que podrían tratarse en un libro de no ficción o ensayo, como el papel del artista en determinado contexto, los libros en general, el acto de crear y el culto a la personalidad.

ÓA: “Sobre el estacionamiento” es un cuento que hace crítica e ironiza la idea de desarrollo pues lleva al ridículo la idea del consumo y del espacio, ¿qué piensas de las formas de adjudicarse que tiene el neoliberalismo, en el caso del cuento del desierto, pero también de lugares como la selva o la tundra?

MH:Escribí el cuento luego de recibir una multa por estacionarme en mi lugar de trabajo. Trabajaba como mesero en el restaurante de un hotel elegante y, luego de ocho horas de estar atendiendo mesas, salí y me encontré con la multa sobre mi coche porque claro, como todo en Estados Unidos y supongo que en el mundo entero, la burocracia manda. No puedes estacionarte en este lugar, pero más allá sí. Necesitas una calcomanía roja para estacionarte en la zona azul. Se sacan cosas así. Además, me fascina satirizar los procesos burocráticos porque, bueno, es facilísimo. Tanto escándalo por un pedacito de cemento entre dos líneas pintadas…

También me quise burlar de la idea de que construimos negocios sobre una necesidad original. Como ahora todos tenemos teléfonos celulares, necesitamos talleres de reparación, ¿cierto? Si tenemos coches y pagamos seguros, mantenimiento, gasolina… también será necesario para que exista una hora sobre un pedazo de concreto. Propongo una idea absurda y luego la llevo a la conclusión más ilógica que se me ocurra. Así funciona mi mente.

ÓA: ¿El fracaso es importante para los escritores?

MH:Es importante para todos, no solo para los escritores. Sé que es un cliché, pero los fracasos te ayudan a mejorar, mucho más que el éxito mismo. Cuando fracasas, no te queda más que ver en tu interior, preguntarte qué hiciste mal, etcétera. Así que, a final de cuentas, es mucho más útil. Además, para la mayoría de la gente, el fracaso es la regla, no la excepción. Es decir, es mucho más común fracasar en algo que lograrlo. No tiene nada de malo. Claro que todos queremos tener éxito, aunque eso es diferente para cada persona.

ÓA: Una pregunta que le hago a todas las personas que entrevisto, ¿qué es el amor?

MH: Uf, ¿qué será? No pienso evadir la pregunta, pero es que no tengo idea. Sé que existe y que no es algo sencillo, una cosa, sino muchas y diferentes para cada individuo. Puedo decirte que creo en el amor.

 

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Oscar Alarcón

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