Opinión

El testimonio y el historiador / El peso de las razones

 

Para Jaume Balmes (1810-1848) -filósofo y pedagogo catalán- la lógica no era otra cosa que el camino para encontrar la verdad. En la biblioteca episcopal de Vic -un hermoso pueblo medieval de la Cataluña profunda- leyó a Aristóteles, a Llull, a diversos escolásticos, a Descartes, a Condillac y a Arnald. Para todos ellos, en suma, la lógica no era otra cosa que un medio para pensar bien, para pensar correctamente.

Para Balmes hay una lógica natural, una disposición que la naturaleza nos da a las personas para conocer la verdad, y una lógica artificial, que está constituida por reglas que nos guían para conocerla, así como las razones en las que se fundamentan dichas reglas (OC, III, pp. 8ss). La lógica natural, por su parte, indica un orden teleológico en la naturaleza humana que nos dispone a alcanzar la verdad. Así, la lógica de Balmes valora y considera el saber ordinario, propio no de los doctos o filósofos, sino de las personas comunes. Recordemos esa conocida afirmación balmesiana repetida en El criterio, De la certeza y en su Historia de la filosofía: “Por mi parte, no quiero ser más que todos los hombres; no quiero estar reñido con la naturaleza; si no puedo ser filósofo sin dejar de ser hombre, renuncio a la filosofía y me quedo con la humanidad” (OC, II, p. 210; OC, III, pp. 626-27; OC, III, pp. 536-37). En su lógica hay lugar para la intuición, la inspiración y, sobre todo, el sentido común.

Estas breves consideraciones pueden servir ya para comprender la prioridad de la dimensión epistemológica, sobre la formal y matemática, que Balmes brinda a su lógica. Lo que Balmes busca mediante ella no es otra cosa que el conocimiento o, al menos, el incremento de nuestras creencias verdaderas. Aunque sus consideraciones sobre la lógica cortan transversalmente toda su producción filosófica, dos son las obras dedicadas principalmente a ella: El criterio y La lógica. Para Balmes, para conocer la verdad se requiere de la armonía de todas las facultades humanas. Su nueva lógica, o la novedad de su lógica, radica en la incorporación de factores que suelen ser desdeñados como la imaginación, la voluntad, las emociones y las pasiones: “Una buena lógica debiera comprender al hombre entero: porque la verdad está en relación con todas las facultades del hombre” (OC, III, p. 755). Estas ampliaciones de su lógica incluyen también a la autoridad humana, el testimonio de otros sobre lo que nosotros mediante el uso exclusivo de nuestras propias facultades no podríamos saber.

Para Balmes, la lógica natural incluye una especie de instinto intelectual, el cual nos permite asentir a proposiciones que no nos constan por vía de la evidencia o la conciencia: es éste el criterio de sentido común (OC, III, p. 80). Por ejemplo, estas proposiciones pueden versar -para Balmes- sobre la existencia misma del mundo externo o las verdades morales (OC, III, p. 81), de las cuales o no disponemos de demostraciones, o, aunque dispusiéramos de ellas no todos podrían comprenderlas, y aun así las conocen. Afirma Balmes: “Hay en nosotros un instinto intelectual que nos impulsa de una manera irresistible a dar asenso a ciertas verdades no atestiguadas por la conciencia ni por la evidencia: a este instinto llamo criterio de sentido común: podríamos apellidarlo instinto intelectual. Se le da el nombre de sentido porque ese impulso parece tener algo que le asemeja a un sentimiento; se le da el título de común porque en efecto es común a todos los hombres. Los que se ponen en contradicción con ese instinto universal, los que no tienen sentido común, son mirados como excepciones monstruosas en el orden de la inteligencia (OC, III, p. 81)”.

Para Balmes, adicionalmente, existe tanto el criterio de los sentidos como el criterio de la evidencia. El primero consta de dos elementos: el testimonio de la conciencia y el instinto intelectual. El testimonio de la conciencia nos permite cerciorarnos de la presencia de los fenómenos internos o de la sensación en sí misma, la cual es exclusivamente subjetiva; gracias al instinto intelectual atribuimos realidad al objeto de las sensaciones, lo que nos permite pasar del fenómeno interno al mundo externo, con independencia si este tránsito sea sólido o no. Con el criterio de la evidencia sucede algo similar: se fundamenta tanto en el testimonio de la conciencia como en el instinto intelectual, lo que nos permite en este caso pasar del cómo nos parecen las cosas a que de hecho son como realmente nos parecen (OC, III, pp. 81ss).

Adicionalmente, Balmes piensa en otro criterio: el criterio de autoridad. Éste, piensa Balmes, es una combinación de los criterios anteriores: “El criterio que se llama de autoridad se forma de una combinación de los criterios explicados. Oímos la relación de un suceso que no hemos presenciado y damos fe al narrador. Para esto se necesita: 1º Oír sus palabras; he aquí el criterio del sentido. 2º Conocer que no se engaña ni nos engaña; y esto o bien lo deduciremos por raciocinio, en cuyo caso nos servirá ora la evidencia, ora la probabilidad, o bien creeremos instintivamente, y entonces obedeceremos al sentido común” (OC, III, p. 82).

Balmes acepta la posibilidad de que el criterio de autoridad falle en su consecución del conocimiento por falta del buen uso de cualquiera de los criterios involucrados. Podemos fallar por una falta de criterio de sentido: oyendo o leyendo mal lo que se nos testimonia. Podemos fallar por una falta de criterio de evidencia: cometiendo errores de razonamiento. Y también podemos fallar por una falta de criterio de sentido común: por la mala fe del testigo. Para Balmes, adicionalmente, el criterio de sentido común puede ser infalible si cumple con cuatro condiciones: (a) el asentimiento irresistible al punto que resulta imbatible por medio de la reflexión, (b) el asentimiento generalizado de las personas, (c) el examen de la razón, y (d) la satisfacción de alguna gran necesidad de la vida sensitiva, intelectual o moral (OC, III, p. 83).

Balmes amplía su epistemología (su lógica) aceptando el papel insustituible del testimonio en nuestro camino hacia la verdad formal: “En muchos casos no podemos conocer la verdad por nosotros mismos inmediata ni mediatamente y nos es preciso referirnos al testimonio de los hombres” (OC, III, p. 94). La distancia espacial y temporal, así como causas dependientes de la voluntad de las personas o causas naturales que ignoramos, impelen a nuestro instinto intelectual a dar por válidos los testimonios de las personas. Los errores pueden venir tanto del hablante como del oyente.

Para Balmes, la validez de un testimonio depende al menos de dos condiciones: que el testigo no esté engañado y que no quiera engañarnos. Para estar atentos a que se cumplan estas condiciones, Balmes sugiere doce reglas en el apartado dedicado a la lógica en su Filosofía elemental: (1) atender a los medios de que dispuso el narrador para encontrar la verdad y a las probabilidades de que sea veraz o no; (2) preferir a los testigos oculares; (3) entre los testigos oculares, preferir a los imparciales; (4) cotejar el testimonio de un testigo con el de otro de opiniones e intereses diferentes; (5) en las narraciones conviene distinguir entre el hecho narrado y las causas que se le señalan, resultados que se le atribuyen y juicio de los escritores; (6) desconfiar de los anónimos; (7) conocer la situación y las circunstancias del narrador; (8) sospechar que son apócrifas o están alteradas las obras póstumas, publicadas por manos desconocidas o poco seguras; (9) no dar más fe que la que se da al responsable de la edición en narraciones fundadas en memorias secretas y papeles inéditos; (10) recibir con desconfianza las relaciones de negociaciones ocultas, de secretos de Estado, anécdotas picantes sobre la vida privada de personajes célebres, sobre tenebrosas intrigas y otros asuntos de esta clase; (11) dar poco crédito, tratándose de pueblos antiguos o muy remotos, a cuanto se nos refiera sobre riqueza del país, número de moradores, tesoros de monarcas, ideas religiosas y costumbres domésticas; y (12) desconfiar mucho de las relaciones de los viajeros que no han permanecido mucho tiempo en el país que nos describen (OC, III, pp. 94-5).

El criterio -su obra más pedagógica y célebre- seguimos encontrándola en los anaqueles de las librerías. No obstante, se lee poco. Haríamos bien en estudiarla, y harían bien quienes se dedican a la historia en tenerla en cuenta como un manual que permite discriminar entre testimonios: la fuente primordial de la que beben día a día los historiadores.

 

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Mario Gensollen

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