Opinión

Voltear a otro lado / Memoria de espejos rotos

 

Na-na na na ná

Na na-na.

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Movimiento naranja – Venado Azul

 

Hace unos 20 años me tocó ver una importante transición demográfica en mi ciudad. Conforme mi polis crecía, sus problemas también; uno de ellos, el de la composición poblacional diversa en condiciones de marginación. En ese entonces, el gobierno de mi entidad lo tenía la todavía implacable y hegemónica maquinaria del PRI, representada en el ejecutivo estatal por Otto Granado Roldán, actual Secretario de Educación Pública federal. La alcaldía la administraba -en un hito histórico local- Alfredo Reyes Velázquez, el primer edil emanado del PAN. La situación en mi ciudad entonces era favorable: educación, economía, cultura, servicios públicos; todo en condiciones prestas para tener buena calidad de vida. Condiciones que hacían atractiva la migración de entrada. Una migración que desnudó buena parte de nuestra doble moral xenófoba, clasista, racista, y misógina. Llegaron -como penosamente comenzamos a llamarles- Las Marías.

En un momento determinado, hacia unos 20 años atrás, oleadas de migrantes de diferentes partes del país llegaron a Aguascalientes en la búsqueda de mejores condiciones de vida. Primero decenas, luego centenas, y -al paso del tiempo- millares de migrantes de las etnias Mazahua, Wixárika, Mixteca, Tarasca, Tzotzil, Chamula, Tarahumaras, Otomíes, y de la gran diversidad Náhuatl, se asentaron en esta entidad. Lo hicieron de modo individual, o con sus familias, a veces de motu proprio, o a veces organizados por redes. Trajeron costumbres, gastronomía, cultura, cosmovisión, lengua; y nosotros -en vez de enriquecernos en nuestra cultura- elegimos mirarlos de soslayo en el confín del semáforo en rojo donde muchas mujeres indígenas comenzaron a encontrar un modo de sobrevivir en la mendicidad. En lugar de integrarlos a la dinámica social local, los confinamos. A sus mujeres les pusimos el xenófobo mote de Las Marías, enfadosas pedigüeñas por antonomasia; a sus hombres los dejamos en la labor de la albañilería, de los oficios menores, del comercio informal, de la exclusión; a sus niños no les procuramos escuela, ni campañas de salud pública, ni les compartimos el español, ni la integración con los otros niños. Al contrario, en ocasiones vi cómo los policías municipales hacían razzias para quitar a los indígenas de los cruceros y demás espacios públicos.

Era el final de la década de 1990 y -a pesar de que el levantamiento zapatista ya había puesto en el ojo público la problemática de marginación indígena en el país- nosotros elegimos seguir chabacanos, provincianos, y mirar hacia otro lado ante la problemática que se gestaba. Problemática que, a la postre, se materializó en: Desempleo, debido al trabajo informal y al sub empleo que pudieron conseguir sin políticas públicas dirigidas al sector del que son parte; en consecuencia de lo anterior, la cobertura en servicios médicos para este segmento no tuvo la amplitud necesaria, ya que no cotizaban las prestaciones de salud; la cobertura educativa, que también redunda en bajas oportunidades laborales; la falta de vivienda, ya que muchos de estos migrantes quedaron hacinados en vecindades lóbregas o cuartos de alquiler en los que se asentaba toda una familia extendida; la falta de registros oficiales, ya que muchos de los descendientes de las primeras oleadas de migración no ocurrieron -ni éstos ni sus padres- a darles registro civil legal a sus documentos de identidad, con todas las problemáticas implicadas en este limbo jurídico; todo lo anterior termina por concentrarse en la problemática más seria a la que siempre se han enfrentado nuestros migrantes indígenas: la discriminación.

La periodista Claudia Rodríguez Loera publicó el pasado miércoles una nota en este diario, en la que habla -precisamente- de la marginación y vulnerabilidad de este segmento poblacional, a colación de una entrevista que le realizó a María del Carmen Wotto González, presidente de la Mancomunidad de la América India Solar (MAIS) de Aguascalientes, en la que se destaca que los grandes damnificados de esta catástrofe son -como siempre- los niños, porque “a pesar de los derechos de los que debieran gozar todos los niños, los menores indígenas que viven es una situación de calle están más desprotegidos, y aunque toda la sociedad los ve, la mayoría hace como que no existen, pues inclusive hasta hace unos pocos años las autoridades negaban que en Aguascalientes hubiera personas de grupos étnicos; a pesar de que se pueden ver en las esquinas todos los días”. Damnificados entre los damnificados, marginados, vulnerados, sin seguridad social, con vivienda en condiciones infrahumanas, no escolarizados, analfabetas del español, condenados al desempleo o al subempleo, afrontados a la disyuntiva de conservar su lengua y sus costumbres a costa de confinarse en sus ghettos o intentar integrarse a la dinámica cultural de una sociedad que los mira sobre el hombro como ejemplares folclóricos del Mexican curious. Son estos niños, y sus familias, una constancia más en el fracaso de las políticas públicas destinadas presuntamente a la integración social.

Pero usted no se preocupe, seguro no es para tanto. Usted siga tarareando el jingle de Movimiento Naranja, programándola en spotify, haciendo chistes y memes del niño Wixárika (sí, el niño huicholito de los spots, ay qué lindo) que baila y canta, para que un partido de vivales lucre políticamente y pueda mantenerse en el poder. Usted no se preocupe, puede seguir volteando al otro lado, justo como lo hace cuando un niño indígena en situación de calle le pide un peso en el semáforo.

 

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Alan Santacruz Farfán

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