Opinión

Caída libre / Yerbamala

Tal vez la amplia “irritación” o “enojo social” que perspicazmente perciben algunos miembros del establishment (Gil, presidente del Senado y Córdova, presidente del INE) o lo “irritantes que son a veces las redes sociales” para el señor presidente de la República (https://goo.gl/smFGMb), tengan algunas explicaciones concretas. Veamos alguna que puede ser “sistémica”, es decir, que permea todos los temas de la agenda pública nacional.

Como sabemos, Transparencia Internacional (Transparency International, TI: www.transparency.org) elabora y divulga cada año su “Índice de Percepción de la Corrupción” (Corruption perceptions index 2017: https://goo.gl/drfCxe).

El índice de 2017 abarcó a 176 países, donde México es el peor de los 35 de la OCDE y también el peor del (G-20). Además, a escala internacional, México queda en el lugar 135 (seis lugares abajo respecto a 2016, cuando se ubicó en el lugar 129), donde su puntuación cayó de 30 a 29, en el entendido de que cero es muy corrupto y 100 muy transparente, siendo la media mundial de 43 puntos. Es decir, que México está 10 puntos por debajo de la media en 2017, o lo que es lo mismo: un país cada vez más corrupto.

Pero es cierto que sería injusto decir que el actual gobierno es el único responsable de los graves problemas de corrupción del país, pues desde 1995, año en que TI divulgó su primer informe, la constante ha sido la caída de México en dicho índice. En 1995, justo para finales del gobierno del ahora llamado “villano favorito”, México ocupó el lugar 32 (aunque en esa ocasión el número de países incluidos era de solo 41) y era tan corrupto como Italia o Colombia, por ejemplo. Luego, con el arribo panista al gobierno federal en 2000, del lugar 59 heredado por Zedillo, México cayó al 70. Con Calderón fue todavía fue peor, pues Fox le “heredó” el lugar número 70, pero el marido de la hoy “candidata independiente” dejó el índice mexicano en el lugar 105 de 174 países. Luego, de 5 años a la fecha el país se desplomó al lugar 135 de 180 posibles. Es así como en 22 años, la caída ha sido de 103 lugares y contando. Esas son las credenciales recientes de otro aventajado miembro del establishment, el exsecretario de Hacienda Meade, “candidato externo” del PRI en 2018. ¿Y qué decir del joven y “emprendedor” candidato Anaya y sus millonarios negocios inmobiliarios en Querétaro?

Colígese de lo expuesto que esta historia es la de una corrupción sistémica y galopante. Por ejemplo, los informes de la Auditoría Superior de la Federación revelan que la administración de la Cámara de Diputados no logró acreditar el uso y destino de mil 616 millones 214 mil pesos en el ejercicio presupuestal de 2016. Y desde luego que no es ni con mucho el único caso, ahí tenemos a la multinacional Odebrecht y sus relaciones con Lozoya, exdirector de Pemex, las casas blancas del entorno presidencial y sus contratistas favoritos, o el escándalo más reciente de la señora Rosario Robles (la misma “Chayo” del grave incidente de corrupción en el gobierno de la Ciudad de México, años ha) ahora al frente de la Sedatu, cuya dependencia provocó un quebranto de 3 mil 855 millones de pesos al desviarlos de recursos del Programa de Infraestructura al pago de convenios con universidades, programas sectoriales y cuentas bancarias aún sin identificar, reveló la misma Auditoría Superior de la Federación recientemente. Y eso no es responsabilidad de los nefastos gobiernos de Fox o Calderón, sino solo la previsible y lógica continuación del pasado reciente, pero peor.

 

P.S. El indicador presentado por International Transparency respecto a la corrupción mexicana es consistente con los resultados de otros estudios, como el que propone The World Justice Project, donde México ocupa el lugar 92 entre 113 países en el índice Rule of Law Index (que podríamos traducir como “imperio de la ley”).

 

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Enrique F. Pasillas

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