Opinión

En divorcé / Piel curtida

 

Conforme pasan los años, las personas tenemos más claro lo que necesitamos y deseamos, al menos frente a nuestras circunstancias inmediatas si es que no hemos buscado introspección y autoconocimiento. Después de la acumulación de experiencias, la exigencia para permitirnos entablar relaciones estrechas es mayor y, en el caso del amor, aún más después de relaciones de largo plazo, presentándose un contraste que comparten muchas personas que han pasado por un divorcio o separación: es más concreta esa lista de conductas o condiciones que no se aceptarían en una pareja pero las oportunidades de un nuevo encuentro parecen menores, aún frente a ese optimismo que exclama que para el amor no hay edad o que hay muchos peces en el mar, y para colmo forjamos esa resistencia a confluir, ya sea por el tedio de conocer a alguna persona nueva, como defensa para evitar viejos patrones o más duelos. En síntesis, muchas personas con el mismo deseo forjado en nuestras sociedades por el amor romántico y, a la vez, negándose a ello.

Cuando le conocí me parecía una buena opción para darme la oportunidad después de haber vivido en pareja y pasar por un proceso de separación no tan afable como el que hubiese esperado. Durante una semana comentamos nuestros gustos por cierto tipo de películas, a lo cual me dijo que últimamente veía muchas del tipo infantil, por lo que me burlé diciéndole que se estaba preparando para tener hijos. De hecho tengo dos. Reí. En serio, tengo dos. Muy a pesar de asumir una cierta racionalidad sobre la diversidad familiar y los modelos de agrupación de parentesco, me sorprendió de golpe. Tenían 5 y 3 años, y yo no estaba preparado para ser padrastro, para asumir desde el inicio la tercera posición y negociar los días festivos. Simples elucubraciones que no tenían sentido pues estábamos saliendo para conocernos y ver las posibilidades de conformar una pareja que, en este caso, tendría que generar una simbiosis por extensión pero que, a la vez, debería respetar el espacio y lugar de una familia preexistente; sin embargo, me permitió pensar en varias personas a quienes quiero que, después de un divorcio o separación, dolorosos como todos, tienen la esperanza de volver a enamorarse y, quizá, de conformar o ampliar sus familias respectivas.

Solía jugar con unas amigas diciéndoles que asumía mi nuevo estado civil de divorcé como una forma de mostrarnos solidaridad ante esos procesos de reencontrarse a sí mismo, evitar la réplica de malestares o situaciones desagradables que habíamos pasado en nuestras anteriores relaciones y, en especial, para darnos la palmada en la espalda de que vendrán más personas para intentarlo. Sin embargo, vale la pena retomar justo esos pensamientos y experiencias que pocas veces exponemos en público pero que hacen mella en nuestro día a día para encontrar nuevas formas de encuentro.

Por ejemplo, si se tienen hijos, parece que la única opción es encontrar a alguna otra persona bajo las mismas circunstancias pues entendería los ajustes que implica la conformación de una pareja donde, quienes la conforman están en conexión con familias precedentes, ya que muy a pesar del divorcio se requiere mantener ese vínculo en el cual los hijos son el nodo. Sin embargo, el peso de la maternidad y paternidad en ocasiones no nos permiten reconocer otras posibilidades. Cada uno viene de una estructura familiar determinada y el conformar la propia no representa un distanciamiento total de la de origen, entonces, ¿no es posible negociar? Por supuesto que los hijos serán siempre una prioridad, pero aún antes de ellos preexistimos y necesitamos de nosotros mismos para responder a ellos, entonces, ¿no es posible considerar el balance?

Por otra parte, si iniciamos a salir con personas con hijos, también debemos reconocer que estos últimos son la prioridad, aunque no por ello no será posible el pautar espacios, fechas y atenciones. ¿Cuántas veces la idea de la familia consanguínea y nuclear, así como el deseo de trascendencia al engendrar descendencia, evita que conozcamos a posibles parejas que podrían acompañar nuestro transitar?

En México cerca del 30 por ciento de las mujeres son madres jefas de familia, de las cuales más del 20 por ciento son separadas o divorciadas, más del 16 por ciento solteras. Además, entre el 17 y 18 por ciento de los embarazos son de madres adolescentes. ¿Cuántas lidiarán con estos encuentros que requieren acuerdo? Esto sin considerar a los hombres que realmente asumen su papel como padres, no sólo heterosexuales, y quienes han pasado por una separación. Hablar de amor, duelos y experiencias afectivas no es algo superfluo, mucho menos banal.

Las separaciones y los duelos no son el fin del amor, puesto que se sustenta en la interrelación y, mientras existan personas dispuestas a socializar, habrá oportunidades de encuentros y, sí, por supuesto de desencuentros, lo cual habla de la riqueza y complejidad de las relaciones humanas; sin embargo, es necesario transitar a formas más sanas y empáticas para entablarlas. Socialmente hemos aprendido que los hijos circunscritos en un proceso de disolución familiar, o cuyo padre o madre son solteros, quedan directamente cercenados, afectando a la estabilidad socioemocional de los progenitores, por lo que es necesario cuestionar e ir reconociendo lo nocivo de los esquemas punitivos y tradicionales familiares. Los hijos requieren de padres que asuman sus roles y responsabilidades, lo cual no está sujeto a espacios. ¿Cuánta violencia se permite, sufre, acepta y oculta con tal de seguir viviendo bajo el mismo techo?, ¿cuántos disgustos, noches en vela, fastidio u odio se gestan o cuántos deseos quedan sepultados justificados por el falso bienestar de los hijos? Necesitamos reconocer nuevas formas de convivencia, donde las niñas, niños y adolescentes mantengan espacios de sano desarrollo, muy a pesar de la estructura familiar. Cada uno puede sostener sus responsabilidades y sus cariños, incluso de manera más sana, aunque para ello se necesita reconocerse a sí mismo, lo que somos y deseamos, lo que estamos dispuestos a acordar y lo que no, para así realmente confluir.

Por cierto, me he distanciado de a quien conocí y hemos dejado de salir con frecuencia, pero no por sus hijos, sino porque nuestros proyectos y gustos no eran totalmente armónicos. Sin embargo, agradezco la experiencia de confrontación que me permitió detenerme un momento para recordar y compartir algunas letras para aquellas personas que, frente a sus circunstancias, buscan aún esas opciones de confluencia pues, queramos o no, buscamos compañía, como la historia del náufrago quien queda varado en una isla y, ante la soledad, su cerebro genera un acompañante imaginario para mantener la capacidad de expresión, la cordura que necesita superar la corporalidad limítrofe.

 

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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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