Opinión

La universidad y la búsqueda de la verdad / El peso de las razones

 

La palabra ‘innovación’ y ‘tradición’ surgen naturalmente dentro del contexto universitario. No hay universidad sin innovación, a riesgo de volverse una mera sucursal del pensamiento caduco; pero tampoco hay universidad sin tradición, a menos de que se traicione reiteradamente y, tarde o temprano, ya no se reconozca a sí misma. En el concepto mismo de universidad laten viejos ideales, semejantes, pero no iguales a los actuales. Así, la universidad no puede entenderse lejos de su piso (la tradición) y de su techo (la innovación).

Sin embargo, la tradición y la innovación pueden pervertir, cuando se llevan al extremo, el fundamento último sobre el que se edifica la universidad: la búsqueda de la verdad. Por un lado, instalarnos plácidamente en la tradición heredada nos hace poseedores de un plexo de creencias verdaderas que han traspasado el umbral de lo efímero. No obstante, nuestra búsqueda de la verdad no es un sitio y mucho menos algo estático. No por nada, la semántica de traición y traducción no está enteramente ausente de la de tradición.

Uno de los grandes vicios de nuestro tiempo, el cual infecta incluso a nuestras universidades, es la temporalidad espuria: el atractivo de la novedad desentendida de cualquier marco de referencia. George Steiner ha señalado acertadamente que el genio de nuestra época es el periodismo, el cual llena cada grieta y cada fisura de nuestra conciencia. Así, la prensa y los medios de comunicación se vuelven algo más que instrumentos técnicos y empresas comerciales, generando una temporalidad de una instantaneidad igualadora: “Todas las cosas tienen más o menos la misma importancia; todas son sólo diarias. En correspondencia con ello, el contenido, la posible importancia del material que comunica el periodismo se ‘saldan’ al día siguiente. La visión periodística saca punta a cada acontecimiento, cada configuración individual y social para producir el máximo impacto; pero lo hace de manera uniforme. La enormidad política y el circo, los saltos de la ciencia y los del atleta, el Apocalipsis y la indigestión reciben el mismo tratamiento. Paradójicamente, este tono único de urgencia gráfica resulta anestesiante. La belleza o el terror supremos son desmenuzados al final del día. Nos reponemos y, expectantes, aguardamos a la edición de la mañana”.

Además, en una situación como la anterior, la verdad podría volverse dependiente de las necesidades del momento, o podría volverse utilitaria y perder su primacía como fin último de cualquier aventura universitaria. Así, la autonomía social de la universidad podría extraviarse en su intento por satisfacer las necesidades de la empresa, los medios, u otras instituciones ajenas a su gestión.

Por estas razones, uno de los mayores retos de la universidad en un corto plazo es generar capacidad crítica en sus alumnos. A falta de un filtro de calidad en la información, la censura o la prohibición son muy malas medidas. Sólo el juicio mesurado y prudente del individuo es capaz de examinar y sopesar la valía de las cosas en un mundo donde todo importa más o menos lo mismo. Las estrategias periodísticas sólo impactan en mentes inmaduras y poco formadas. Las buenas cabezas saben normalmente distinguir lo que importa de lo que se informa por el simple hecho de comunicar.

Entonces, ¿qué entender por búsqueda de la verdad?, y ¿cómo proteger este impulso desinteresado frente a las necesidades cada vez más imperiosas de la sociedad? Primero, contra el tradicionalismo exacerbado, la verdad no es una presea ni una posesión, no es un objeto que una vez alcanzado pueda ser presumido en las vitrinas donde se exhiben los trofeos deportivos. La búsqueda de la verdad es una tendencia siempre en proceso, constante e inagotable, una actitud que no se puede fomentar si nuestras preocupaciones se centran en formar habilidades redituables en los alumnos (las cuales, además, son parcelarias y caducan pronto). Las habilidades los vuelven útiles para la sociedad, la búsqueda de la verdad los vuelve universitarios, incluso fuera de la universidad.

Contra el impulso puramente innovador, la búsqueda de la verdad siempre es contestataria. Se finca en tradiciones e innova a partir de ellas: reinventa la tradición, y la recupera a la vez que la traiciona. No se conforma con satisfacer las necesidades del momento, sino que es amplia de miras. Incluso pone en cuestión esas necesidades como posiblemente superfluas, y puede retomar viejos caminos que aún pueden ser andados.

La verdad es mía, a la vez que es tuya y es nuestra: pues aunque puede ser formulada, no puede ser agotada; aunque las tradiciones la apresan, no pueden hacerlo por completo y necesitan innovar. La verdad también es dialógica, pues surge a través del discurso vivo y comprometido, a través de la afirmación y la interpelación, a través de la cooperación académica apasionada, insatisfecha y esperanzada.

Es de suma importancia investir a la universidad de la capacidad necesaria para inyectar, en aquellos que se desarrollan dentro de ella, la actitud de búsqueda de la verdad. Una vez adoptada, contagia todos los rubros de la vida del universitario: traspasa los muros de las aulas e, incluso, puede transformar al mundo. Tal búsqueda es una cuesta siempre comprometida. Una vez que se ha hecho el pacto de lealtad con la verdad, se aceptan todos los retos necesarios para buscarla desinteresadamente. Este pacto, a raíz del compromiso, señala enfáticamente que ningún reto planteado a la universidad es fácil, pero que ésta no debe claudicar por difíciles que sean los obstáculos. Las palabras autobiográficas de George Steiner resuenan con belleza: “Una vez que un hombre o una mujer jóvenes son expuestos al virus de lo absoluto, una vez que ven, oyen, ‘huelen’ la fiebre en quienes persiguen la verdad desinteresada, algo de su resplandor permanecerá en ellos. Para el resto de sus vidas y a lo largo de sus trayectorias profesionales, acaso absolutamente normales o mediocres, estos hombres y estas mujeres estarán equipados con una suerte de salvavidas contra el vacío”.

La dedicatoria de la fachada de la Universidad de Heidelberg lo resume: Al espíritu vivo. Dicha dedicatoria, en su profundo trasfondo, recupera los valores intrínsecos y esenciales de la cultura universitaria expresados en lo que hemos denominado búsqueda de la verdad: la autonomía de la conciencia, la problematización, la investigación abierta y plural, la primacía de la verdad sobre la utilidad y la ética del conocimiento.

Así, institucionalmente, la búsqueda de la verdad se traduce en un proceso triple: conservador, regenerador y generador de la herencia cultural de la humanidad. Las paredes de la universidad no fungen como viejos bodegones donde simplemente se atesoran saberes inmunes a la duda y al cuestionamiento; por ejemplo, la Sorbona del siglo diecisiete condenó todos los avances científicos de su tiempo, y hasta el siglo siguiente el nuevo saber se generó fuera de las universidades. Pero, parte de su tarea consiste precisamente en preservarlos, pues no se puede preparar un futuro más que salvando un pasado. Ahora bien, el pasado sólo es el piso, del cual es preciso despegar regenerándolo a la vez que generando nuevos saberes. Cualquier progreso y mejora adscriben, aunque sea de un modo implícito, esta tesis.

Después de la gran reforma educativa que hizo Humboldt en Berlín en 1809, la universidad se hizo laica e instituyó su libertad y autonomía interna respecto de la religión y el poder, y se abrió a la gran problematización que constituye la esencia misma de su espíritu. La universidad es, por misión, el centro mismo donde surgen los cuestionamientos radicales que han permitido el avance científico y humano de los hombres y las sociedades. Que actualmente muchas universidades no lo sean constituye un hecho alarmante que subraya el camino tan poco idóneo por el que han apostado.

 

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Mario Gensollen

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