Opinión

¿Líderes? / El peso de las razones

 

¿Qué papel desempeña el liderazgo en los tiempos que vivimos y se avecinan? Todos reclamamos la presencia de un líder que conduzca a la sociedad a buen puerto. Que luche contra la inseguridad, el crimen, la delincuencia y que logre un incremento rápido y notorio en nuestro nivel y calidad de vida. ¿No es demasiado pedir? ¿Quién será el valiente que asuma el riego y la responsabilidad de llevar de la mano a las personas a un estadio mejor de vida?

Es muy sabido que, cuando usamos indiscriminadamente algunos términos, pierden significado. Esa suerte le ha tocado al “liderazgo”. Nuestro uso del sustantivo “líder” cabalga a medio camino entre la ambigüedad y la confusión, hecho palpable cuando llamamos de la misma manera tanto Gandhi como a Hitler. ¿No es acaso una de tantas injusticias que se cometen por el uso impreciso del lenguaje? Por un lado, Lenin, Stalin, Mussolini, Hitler, Castro, Jomeini, Ceaucescu, Mao, Milosevic Por el otro, Lincoln, Jefferson, Marshall, Monnet, Moro, Luther King, Teresa de Calcuta, Gandhi, Juan XXIII, Vaclav Havel. Sin mayor reparo, todos parecen estar dispuestos a llamarlos «líderes», sin tomar en cuenta las diferencias sustanciales que saltan a la vista con el mínimo conocimiento histórico que brinda el bachillerato. ¿Por qué llamar líderes tanto a los primeros como a los segundos? Efectivamente, ambos grupos comparten cualidades que han generado confusión en el uso del término “liderazgo”. Primero, un olfato poco común para rastrear y husmear por dónde discurren los anhelos y ansiedades del pueblo. También, una habilidad excepcional para comunicar, captar y retener la atención; para provocar y mantener altos los ánimos. Un talento para influir en las conductas y formas de pensar de los dirigidos. Y una fuerza enorme para movilizar a las masas. En resumen, todos fueron expertos agentes de cambio.

A pesar de lo que los hace similares, para evitar más confusiones hemos de preguntarnos, qué valor añadido aporta la palabra “líder”, y distingue a Gandhi de Hitler. Para entender plenamente el proceso de liderazgo habría que denunciar previamente qué le es contrario. En otras palabras, para comprender qué es un líder, previamente debemos saber quién no lo es.

El líder carismático posee una magia deslumbrante, provoca arrobamientos y fervores preocupantes. Su liderazgo se caracteriza por el autoritarismo y mesianismo de unos pocos y por la docilidad y dimisión de tantos. Por un lado, el carisma suele ser sinónimo de inteligencia sobrenatural, magnetismo subyugador, llamada del destino a realizar grandes proyectos, a salvar vidas y almas. Como sucedió con el comunismo ruso, el líder carismático llama al pueblo a rendir culto a su personalidad, a tenerle una fe ciega desprovista de razón y libertad. Por otro lado, la segunda variable, no hay líder sin seguidor. Los seguidores del líder carismático se asemejan a un rebaño amaestrado, carente de razonamiento crítico, que delegan su responsabilidad en el personaje, el líder que guiará el destino del pueblo. Las dos variables no es de sorprender llevan a un paso del totalitarismo. Frente al liderazgo fundado exclusivamente en el carisma del líder, se afirma que nosotros somos los autores de nuestra propia biografía. Nadie la puede escribir por nosotros, pues “nos pertenece el copyright” (Antonio Marina).

El liderazgo de raigambre maquiavélica se caracteriza por ser situacional y meramente oportunista.

El líder maquiavélico es un excelente retórico que modifica opiniones y criterios de acuerdo con el interlocutor que tiene enfrente; cambia según soplen los vientos de la fortuna y según vengan las cosas.

El liderazgo paternalista se caracteriza por poner al frente a los mejores, más sabios, capacitados y honrados. Hombres honestos, trabajadores e inteligentes, a la altura de la misión a la que parecen estar llamados. Sin embargo, aunque los líderes paternalistas gocen de perfección moral y técnica el esquema favorece la pasividad y el escaso protagonismo de los subordinados. El liderazgo paternalista, pese a sus buenas intenciones, yerra al impulsar la comodidad, el conformismo, la falta de compromiso, la irresponsabilidad, y genera una sociedad sumisa, obediente, a la que le gusta pensar poco. En pocas palabras, adormece el espíritu crítico, reflexivo y transformador, favorece que los hombres sean como niños. Immanuel Kant, en ¿Qué es la Ilustración?, decía que la característica principal de una sociedad no ilustrada era el paternalismo al que se sometía voluntariamente. Por eso, según Kant, el lema de la Ilustración podía resumirse en la siguiente frase: “¡Atrévete a pensar por ti mismo!”. La sociedad ilustrada se emancipaba del paternalismo de su gobierno, llegaba a la “mayoría de edad”.

Pero ¿qué es verdaderamente el liderazgo y qué valor añade el líder frente a los tres antiliderazgos planteados? En resumen, el liderazgo es un desafío que nos obliga a todos. No implica movilizar a la sociedad según nuestros propios intereses ni resolver los problemas a las personas sin su intervención. Más bien, significa influir en ellas para que los afronten. El verdadero liderazgo es plural, pues no hay liderazgo sino liderazgos. No debe confundirse con la cúspide de la organización, sino ser asumido por todos desde el sitio que les corresponde. Es múltiple, lo que permite salir al paso de la supuesta imprescindibilidad del líder. El liderazgo per se es prescindible. El verdadero líder trabaja por romper ataduras y dependencias esclavizantes y procura transformar al seguidor en una persona libre e independiente. Es un proceso dinámico de dirección, el líder no es un personaje omnipresente y perfecto que siempre acierta.

 

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Mario Gensollen

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