Opinión

Baldiario / La escuela de los opiliones

 

El navegante de carne: el poema de Auden o el poema de Yeats. El cuerpo del muerto es una ciudad (porque los vivos no pueden ser ciudades, solo amplios baldíos que apenas están poblándose de edificios, casas, árboles, montañas, cantinas, laberintos). El muerto son los caminos recorridos durante las madrugadas, después de beber demasiado, o son los muelles peligrosos donde los marineros buscan a sus muchachas, o son los estacionamientos donde los gandules presumen sus naves, sus luces neón y reinterpretan los juegos de la infancia donde son los viajeros en el tiempo, los astronautas desolados, los corredores que descubrirán las puertas ocultas de este mundo. Los muertos son aquel árbol abandonado en la llanura que ha vivido mil años y pacientemente está esperando el impacto del primer rayo. Los surcos de la carne tienen programada la memoria, cuando se dice que cada persona es un mundo, quizás se exagera, pero pídele a un turista avezado que recorra una ciudad en un día y verás la tristeza en los ojos del aventurero.

El chofer de la unidad: miro por la ventana y los niños juegan alrededor de los botes de basura y las llantas en llamas. La basura es el árbol urbano, los niños sinvergüenzas son los frutos. En el futuro, cuando mis viajes sean frecuentes entre México y Puebla, este escenario me será familiar, pero todavía no; en ese instante me parece extraordinario. Tengo dieciséis años, cargo mi portafolio de dibujo técnico, estoy cansado porque entrené en la tarde y ya está anocheciendo. Tengo un billete de doscientos pesos en la cartera. Lo recuerdo bien, porque a esa edad un doscientón era una fortuna. Miro el reloj. Ya casi son las ocho. Entonces, sólo entonces, empiezo a sospechar que me subí al camión equivocado. Sube más gente, me empujan, me comprimen. Dios lo bendiga, dice una señora adelante. Dios la bendiga a usted, dice el chofer. Dios los bendiga a todos, dice alguien más. Sí, dios nos bendiga porque a esta hora es muy peligroso. Todos se persignan. Gente baja, el camión es un yermo de asientos dividido por un pasillo eterno, luminoso; sólo quedan unos cuantos pasajeros y juntos empiezan a rezar. Mi vergüenza los admira. Cuídese, dice alguna señora, su familia lo necesita. El chofer asiente, detiene el camión, bajan los últimos y me dejan atrás.

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La vaca de exhibición: hay una vaca en el terreno vecino, la miro pastar y pastar, mugir y mugir. Las moscas son más gordas y ruidosas. Día a día, me doy cuenta de todo lo que es capaz de hacer un animal de granja en el imaginario de un chilango.

El náufrago del segundo sol: cuando el náufrago mira el segundo sol de aquella isla, detengo la lectura y anoto que Bioy Casares inventó el sentimiento de maravilla, muy semejante a la locura, que necesitan los exploradores y los aventureros para abandonar el mundo de afuera (por algo Cortázar, en Rayuela, divide su cuento de hadas en el mundo de acá y el mundo de allá). Cuando encuentras al caballero Solaire por primera vez, es difícil ignorar el sol que sonríe burlonamente en el estandarte de su orden, después la cámara se aleja y lo miras saludar al sol, una postura de yoga o una oración, y aquella escena recompensa al jugador con la salida del astro y una bendición a un mundo oscuro y perdido, echado a la suerte de los muertos y sus dioses crueles. Luke Skywalker contempla los dos soles cuando empieza y termina su viaje; el muchacho por fin ha madurado, su fantasía de ser un héroe, un samurái o un cowboy le han costado la vida pero lo ha conseguido, ha ganado su entrada al mausoleo de los héroes y Zeus lo está esperando para entregarle su caballo alado. El rostro de los náufragos se ve sereno: la dualidad del sol es una ilusión, la vida es un entretejido de mecanismos y ficciones, la paz es abandonar la obsesión de entender los mundos, los de acá y los de allá. Los soles duales nos descubren los misterios y la verdad sobre los terrenos que pisamos.

El diablo del baldío: no sabemos cuántos siglos ha caminado el demonio arrastrando sus tablas, blandiendo su martillo, masticando sus clavos, pero finalmente se ha detenido en un punto determinado de un campo extenso y marchito. Está solo. Carpintero, igual que su adversario, construye un letrero. Es paciente. No tiene por qué apresurar el placer de su objetivo. Instala un letrero en medio de un baldío, escribe un mensaje en él, lo admira un momento. No se la cree. Él ha construido esa obra de arte. Se limpia el sudor de su frente pero no puede retrasarlo más. Es hora de conseguir más madera, de encontrar el siguiente campo abandonado y de poner el siguiente letrero. No me corresponde dar el mensaje, pero les aseguro una cosa: aquellas palabras están escritas para salvar una vida, nomás falta que alguien las encuentre.

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Agustin Fest

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