Opinión

Descrecimiento económico, reto del siglo XXI

Víctor Hugo Salazar Ortiz

Movimiento ambiental de Aguascalientes

 

En la actualidad la disminución en la tasa de reproducción humana no es garantía de terminar con los problemas ambientales generados por la sobrepoblación de nuestra especie, el nuevo reto es controlar la forma como estamos consumiendo.

De acuerdo con estudios elaborados por Informe planeta vivo 2010 respecto a nuestra huella ecológica indica que: “En los últimos 40 años hemos perdido el 30% de la biodiversidad del planeta, mientras que hemos aumentado más del doble la Huella Ecológica, es decir, nuestra demanda de recursos naturales. Esto está generando una presión insostenible sobre la biosfera. De 2000 a 2010 han desaparecido anualmente 15 millones de hectáreas de bosques; en las regiones tropicales se ha perdido el 60% de la biodiversidad; más de 2 millones de toneladas de residuos y aguas residuales terminan en los cursos de agua dulce; el 52% de los stocks de peces comerciales se han agotado; 500 millones de personas están afectadas por la construcción de embalses […]. A este ritmo, serán necesarios tres planetas para satisfacer la demanda de recursos naturales de una población que alcanzará los 9.200 millones en 2050, más de 6.000 millones de ellos apiñados en ciudades” (p.38).

Este dato fue señalado y confirmado por el Informe 2012 en los siguientes términos: “Desde los años 70, la demanda anual de la humanidad sobre el mundo natural ha superado lo que la Tierra puede renovar en un año. Esta ‘translimitación ecológica’ ha seguido creciendo con los años, alcanzando un déficit del 50 por ciento en 2008. Esto significa que la Tierra tarda 1,5 años en regenerar los recursos renovables que utiliza la gente y en absorber el CO2 que producen ese mismo año” (p.42). Con base en estos datos, podríamos decir que de poco o nada serviría la disminución de la población respecto a los problemas ambientales si actualmente se está consumiendo y descartando más de lo que el planeta puede proporcionarnos y absorber adecuadamente.

Ahora bien, se culpa a los países pobres de ser los responsables de los problemas de contaminación y del hambre ocasionados por su propia sobrepoblación; sin embargo, de algunos años a la fecha las evidencias muestran que los habitantes de los países industrializados consumen un porcentaje per capita extremadamente superior de biomasa que los habitantes de los países más pobres que suelen tener una mayor población, como lo muestra el dato de su huella ecológica: “Examinando la Huella Ecológica a escala individual, se observa que la demanda sobre los ecosistemas de la Tierra difiere mucho dependiendo del país donde se viva. Por ejemplo, si todas las personas del mundo vivieran como un ciudadano medio de Estados Unidos o los Emiratos Árabes Unidos, se necesitaría una biocapacidad equivalente a más 4,5 planetas Tierra para poder mantener el consumo de la humanidad y las emisiones de CO2. Contrariamente, si todo el mundo viviera como un ciudadano medio en India, la humanidad utilizaría menos de la mitad de la biocapacidad del planeta (Informe Planeta vivo, 2010:38).  

Esta información pone en entredicho que los pobres sean los principales responsables de la destrucción y contaminación del planeta. Los datos actuales aportan evidencias de lo contrario, que son los países ricos quienes están utilizando una cantidad mayor de recursos naturales en relación a los usados por los países pobres y son ellos los principales responsables de la degradación ambiental y la contaminación a nivel global. Por lo que vemos la culpa del deterioro ambiental no es obra de los países subdesarrollados, sino de los países desarrollados que mantienen una cuota alimentaria, energética y de materias primas superior a sus necesidades y de que se benefician con un sistema económico desigual.

Pero, paradójicamente es este estilo de vida consumista el que se impone como modelo a seguir y al que se aspira porque es el que ofrece el mejor nivel de vida y bienestar, así es que todos queremos tener acceso él. Una muestra patente de las ansias de consumir se manifiesta en toda su expresión los fines de semana, pues el ancestral paseo familiar de esos días al campo, la reunión familiar en casa o la visita a algún pariente, ha sido sustituido por el paseo al macrocentro comercial, la nueva catedral del consumo. La iniciativa de retornar cada fin de semana a estos sitios no surge espontáneamente, es motivada durante toda la semana por todos los medios de comunicación: revistas, periódicos, radio, televisión e internet. Nadie se salva de la vorágine de la publicidad capitalista, niños, adolescentes, jóvenes y adultos, son atraídos por el espejismo de la publicidad que les crea falsas necesidades. Comprar por comprar se ha convertido en una nueva filosofía de vida.

Esta forma de comportamiento han conducido a la Tierra a un riesgo creciente. Para llamar la atención sobre el peligro potencial que entraña nuestra situación ambiental, el premio Nobel Paul Crutzen y otros científicos señalan que transitamos del Holoceno a una nueva época geológica, a la que han llamado“Antropoceno”. En el Antropoceno el clima cambia rápidamente, los océanos se acidifican y desaparecen biomas enteros, así que los modelos climáticos y de otro tipo vaticinan que, si no actuamos, la Tierra se convertirá un lugar mucho menos acogedor para nuestra moderna sociedad globalizada (ver Informe Planeta Vivo, 2017:3).

Para acabar con la degradación del medio ambiente es necesario un cambio de paradigma global que permita una forma de vida que no exceda los límites planetarios. Debemos transitar a un nuevo sistema económico que tomé como base los límites impuestos por la naturaleza de nuestro planeta Tierra,  ya que no es posible crecer al infinito en un planeta finito, por eso debemos tender al descrecimiento lo que implica transformaciones sustanciales del sistema económico industrial y de los modos de producir, distribuir y consumir, así como la redefinición de lo que es bueno para la felicidad de la sociedad, familia y el individuo.

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