Opinión

Gabo, el de Macondo / Café Fausto

 

En la oscuridad sentía caer en mi rostro una cálida lluvia de abril, todavía no amanecía, era el año 2010. Caminaba de prisa por la calle de Los Turcos en Aracataca, gracias a mi amigo el poeta y promotor cultural Rafael Darío Jiménez había conseguido que un mototaxista me llevara a Finca Macondo antes de que el sol saliera, yo iba tarde a mi cita.

Nos encontramos y monté en la moto, en el camino arreció la brisa mientras íbamos a toda velocidad y los trailers pasaban a nuestro lado salpicándonos con los charcos, ya me veía destrozado por una de esas enormes llantas en medio del trópico.

Después de media hora estábamos en ese legendario caserío de la plantación bananera que lleva el nombre que hizo famoso Gabriel García Márquez. No estuvimos mucho ahí, en realidad los lugares más conocidos en la vida y obra del Nobel costeño los recorrí junto con Rafael Darío un día antes en Aracataca.

En ese día anterior, caminamos por la casa del coronel Nicolás Ricardo Márquez, abuelo de García Márquez, que ahora es la Casa Museo que dirige mi amigo Rafael Darío. El recinto estaba ya próximo a inaugurarse, luego me mostró el lugar en el que se habían reunido a escondidas los que después serían los padres de Gabo (como le decían sus amigos y paisanos) y que de esa historia de amores contrariados le serviría para escribir El amor en los tiempos del cólera. El templo y la plaza, la estación de ferrocarril, las oficinas de la United Fruit Company en la que se decidió la Masacre de la Bananera, el mercado, la oficina de telégrafos abandonada e incluso la escuela en la que el niño Gabo aprendió a escribir los pudimos andar esa mañana. Posteriormente estuve en Fundación, el pueblo vecino donde el abuelo de Gabo tenía una fábrica de hielo. Su nieto muchos años después narraría en su novela cumbre como a Aureliano Buendía recordaba cómo su abuelo lo había llevado con el mago Melquíades a conocer el hielo.

Ahora que el pasado 6 de marzo, García Márquez cumpliría 90 años de edad, llegó a mi memoria la novela La nostalgia del coronel de mi amigo Rafael Darío Jiménez, editada en 2016 y que llegó a mis manos gracias a mi buen amigo ya fallecido Jorge del Bosque, el mimo que por décadas entretuvo a propios y extraños en las escalinatas del Teatro Juárez en Guanajuato. Del Bosque siempre generoso, se reunió con nuestro amigo común en Barranquilla y a su regreso a Guanajuato me entregó un ejemplar.

En esta excelente novela su autor demuestra lo mucho que conoce sobre García Márquez al narrar la vida de su abuelo que tanto influyó en el escritor y que aparece de alguna manera en varias de sus obras.

Alguna vez, Rafael Darío me comentó cómo García Márquez le autorizó a escribir una novela sobre su abuelo y en ese momento le dijo “si te encuentras en un callejón sin salidas, quiero decir, que no tengas más nada que argumentar sobre el viejo, yo, nieto de Nicolás Ricardo Márquez Mejía, te autorizo para que inventes, porque de eso vivo”.

Editado por Uniediciones de Colombia en su colección Zenócrate, la novela de Darío Jiménez nos narra la vida del abuelo del Nobel, de cómo llegó a Aracataca, sobre la guerra en su país, las huelgas y de qué manera se fue formando su familia, incluyendo por supuesto la negativa a que se casara su hija con el telegrafista que sería finalmente el padre de García Márquez.

Con lenguaje directo y sencillo, con una narrativa que atrapa al lector desde un principio, el autor nos permite recorrer los lugares y la familia de Gabo, así como las situaciones que rodearon los primeros años de la vida del escritor, ya con el coronel, anciano y siempre atento a su nieto.

Desafortunadamente la novela no ha llegado a México, es una obra que debería encontrarse en las estanterías de nuestras librerías ya que más allá de su aporte literario, es una nueva manera de reencontrarnos de manera cercana con el creador de Cien años de soledad.

Pueden existir tal vez muchas personas que sepan más de García Márquez, pero pocos como Rafael Darío que con el cariño que se le tiene a un paisano y la admiración del escritor que admira a otro gran escritor ha dedicado muchos años a recuperar poco a poco datos y anécdotas en la vida del autor de El coronel no tiene quien le escriba. Antes de que se abriera la Casa Museo, Rafael Darío tenía un restaurante en Aracataca con una pequeña área de museo y librería para los visitantes interesados en el escritor, eso me provocó una gran admiración por la labor de mi amigo.

Mucha de la información proporcionada por Rafael Darío, sumada a la lectura de la obra literaria y periodística de García Márquez me permitió comprender mejor no solamente al escritor, sino también acercarme a la persona. Al joven periodista que escribía en El Universal de Cartagena, al que podía imaginar comiendo en el mercado y caminando por las noches en la calle de la Media Luna, vagando cerca del muelle o en los bares dentro de la muralla de la ciudad. Al muchacho que descubría la literatura mientras escribía en El Heraldo de Barranquilla y pasaba las tardes en el modesto establecimiento de La Cueva, bebiendo cerveza con los amigos e intercambiando ideas y libros. Al que se le podía ver en Bogotá en el barrio de La Candelaria o al que muchos años después en 1996 me encontré en una librería en el Distrito Federal, cuando me dedicaba al periodismo político en esa ciudad y generoso me firmó un ejemplar de Cien años de soledad y que en ese momento descubrió que era una edición pirata y así con su inconfundible sentido del humor costeño lo reflejó en su mensaje firmado en ese ejemplar. Al que meses después me reencontré en la ceremonia de la firma de paz del grupo guerrillero Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) participando como testigo de la ceremonia y conversando con algunos comandantes insurgentes, o al mismo del que supe que estaba en Cartagena mientras yo vivía en ese mismo puerto, porque bastaba que entrara Gabo a la ciudad para que hasta los taxistas supieran que había llegado ese hombre sencillo, convertido a su pesar en leyenda viviente por lo que prefería encerrarse en su casa amurallada dentro de la misma muralla colonial.

Recordar, pero sobre todo leer a Gabriel García Márquez es un disfrute, es reencontrarnos a través de sus personajes y sus lugares con lo más entrañable de Nuestra América, como sabiamente la definiera el poeta y periodista cubano José Martí.

Refill: Me entero que en el Museo Espacio de esta ciudad se llevará a cabo este domingo uno de los conciertos didácticos que ofrece la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes bajo la dirección de José Areán. La cita es a las 13:00 horas y la entrada es libre.

 


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Fabián Muñoz

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