Opinión

Idus de Marzo / Memoria de espejos rotos

 

I have read His fiery gospel writ in rows of burnished steel!

“As ye deal with my condemners, so with you My grace shall deal!

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Let the Hero, born of woman, crush the serpent with his heel”

Since God is marching on.

Glory! Glory! Hallelujah!

His truth is marching on…

The Battle Hymn of the Republic – Julia Ward Howe

 

“Amigos, romanos, compatriotas, escuchadme: he venido a enterrar a César, no a ensalzarlo. El mal que hacen los hombres les sobrevive; el bien suele quedar sepultado con sus huesos. Que así ocurra con César. Bruto os ha dicho que César era ambicioso: si lo fue, era la suya una falta grave, y gravemente la ha pagado… Todos le amasteis alguna vez, y no sin razón. ¿Qué razón, entonces, os impide ahora hacerle el duelo? ¡Ay, raciocinio te has refugiado entre las bestias, y los hombres han perdido la razón!… Perdonadme. Mi corazón está ahí, en esos despojos fúnebres, con César, y he de detenerme hasta que vuelva en mí…”

El párrafo anterior es un fragmento del célebre discurso de Marco Antonio, plasmado en la tragedia Julio César, de William Shakespeare. Es esta escena, Marco Antonio busca redimir al Dictator, quizá no tanto ante su pueblo, sino acaso frente a sus dioses, o de cara al implacable juicio de la historia. Sin embargo, el aparentemente aleatorio mecanismo del destino ya se había echado a andar años antes, un turbio amanecer de principios del 40 antes de nuestra era, en la frontera limítrofe entre Italia y la Galia. Entonces, la República de Roma se crispaba por la tensión política del triunvirato: ese modelo de gobierno en el que –para asegurar la gobernabilidad- se concedían parcelas de poder en tres cónsules representantes de las fuerzas bélico-políticas con más capacidad para consolidar o demoler la expansión y permanencia romana. Estas parcelas eran las de Pompeyo, el mejor armado y con más poder político y militar; la de Cayo Julius Caesar, carismático militar en ascenso, amado por el pueblo, y empeñoso conquistador por la expansión romana; la tercera, de Marco Licinio Craso, un tibio que -en el momento crucial- estimó oportuno dar la vuelta para evitar enemistarse con uno o con otro, y -como Pilatos, casi ochenta años después- se lavó las manos y selló el destino; Washed his hands, and sealed his fate, se diría en salmodia.

Los romanos nunca pudieron desligar la noción de su colectivo con el carácter hierático religioso al que se sometían. El poder y la idea de lo divino constituyeron un entramado constante por el que alcanzaron la gloria, y que germinó en su decadencia y derrumbe. Así, con un hábil manejo de esos símbolos, César construyó su destino. Esa mañana del hado, en un vado del río Rubicón, César mandó al diablo (sí, a ese dios pagano) a las instituciones, de una manera por demás poética: la ley impedía a cualquier cónsul entrar a Roma con sus tropas armadas, hacerlo le habría de poner en franca rebeldía contra el poder constituido por los cónsules Pompeyo y Craso, sobre todo por el primero, real depositario de facto del poder romano. En desventaja numérica, César sabía que sus tropas no estaban convencidas de enfrentar a Pompeyo, a menos que se sintieran protegidos por el designio divino. De esta forma, a la media noche del 11 de enero del 49 ANE, Cayo Julius Caesar encargó una misión secreta a un miembro totalmente confiable de entre los de su guardia: desnudarse, vestir un calzón largo hecho con cuero de cabra (afelpado y sin curtir), ceñirse al cráneo una diadema con ramas que figuraban una cornamenta, tomar una flauta, cruzar el Rubicón sin ser visto por los centinelas de su propio campamento militar, y aguardar en la margen opuesta a que la bruma del rocío lo cobijara a la primera luz del alba.

Al amanecer, la guardia centinela del ejército de César escuchó del otro lado del río el sonido de una flauta. Se apersonaron al margen del vado y vieron asombrados, entre la niebla a la distancia de algunos metros de agua mansa, la silueta de lo que creyeron (o quisieron creer) era el Dios Pan (sí, ese Fauno Sátiro al que le dedicamos La Flauta de Pan), que con su música hacía hechizo entre la tropa. I put a spell on you, ‘cause you’re mine, diría César a su ejército, para poder decírselo después a su pueblo. Los soldados necesitaban ese símbolo para creer en su victoria. César se los obsequió, y sus ejércitos bramaron en paroxismo por el cruce del Rubicón al amparo de su dios pagano. La historia es sabida: Craso no hizo nada, César triunfó sobre Pompeyo, y se erigió, primero como Cónsul plenipotente, luego como Maximus Dictator (estiró la ley para otorgarse los súper poderes de Veto y de Decreto sobre el Senado), y luego como Imperator, con lo que cifró la caducidad de la República más grande en la historia.

El dios Pan es una deidad curiosa e inexorable. A ésta se encomendaban los actores, los oradores, las figuras que deleitaban al público sobre el escenario. Un dios bucólico, agreste, fértil, pasional. Si un ejecutante escénico se encomendaba a este dios, y -a cambio- estudiaba, ensayaba, se preparaba con dedicación para su espectáculo, el dios Pan le favorecía con una buena actuación sobre la escena, con el triunfo; pero si el ejecutante era indolente, no ensayaba, o cedía a la soberbia por asumir anticipadamente el éxito, el dios Pan le castigaba sobre el escenario: lo hacía presa del Miedo Pánico, el pánico escénico que ha puesto pálidas a millares de personas sobre las que se han depositado las miradas públicas en una ejecución escénica. César utilizó la fe de sus tropas con la argucia del favor de Pan, y acaso en su íntima conciencia se encomendó a este dios, que lo favoreció con el triunfo, lo volvió un seductor escénico capaz de doblegar al Senado y atesorar los aplausos de su pueblo. Pero fue César soberbio y autócrata; tiró demasiado de la cuerda. El dios Pan no perdona, y bajo el oráculo del sueño, le avisó a la entonces esposa del Imperator, Calpurnia Pisonis, que la fatalidad se había cifrado sobre el Dictator, y que en el Senado -el más público de los escenarios- su faz habría de palidecer, ante el más profundo de los miedos Pánicos: la muerte.

La palabra Calendario nos viene del latín Kalendas (primer día del mes), como una forma de medir el paso de las jornadas, junto con los Idus (que caían en el día 13 o 15, en dependencia del plenilunio) y las Nonas (nueve días antes de los Idus). Así, hará unos 2,062 años, el oráculo del sueño previno a Calpurnia sobre el hado de los Idus de Marzo, pero ésta no pudo hacer nada ante la soberbia de su marido –¿Qué van a saber las mujeres sobre el destino de los hombres?- habría dicho un César sobrado de sí mismo, sin atender a los numerosos símbolos que le anunciaban su caída. Décimo Junio Bruto Albino, hijo adoptivo, filios putatis del Maximus Dictator encabezó una sedición para asestar 72 puñaladas sobre el cuerpo del Imperator, bajo el argumento de salvar a una república decadente por la autocracia y el poder omnímodo. –Et tu, Brute? (-¿Tú también, Bruto?) alcanzó a decir Cayo Julius Caesar, antes del lívido pasmo final.

La figura del Memento Mori (Recuerda la muerte) era usada por los romanos para poner pies en piso a cerca de la futilidad de la vida. Cuando un general salía victorioso en alguna batalla, se le recibía en Roma con una tradicional marcha militar; en este desfile, el general homenajeado era precedido de un mozo que cargaba un cráneo o un letrero con esa leyenda, Memento mori, para recordarle que era sólo un humano, con limitaciones mortales, para que evitara el canto de las sirenas de compararse a sí mismo con los dioses. César cometió un pecado grave cuando coqueteó con la posibilidad de ser Faraón al tomar Egipto. En ese país, al entronizarse como gobernante, se le equiparaba en el panteón de deidades (el Pan Theos, donde reposan todos los dioses), ya que al Faraón se le considera sucesor de Osiris-Horus, lo que en Roma se percibió como una intentona de entronización divina y causó un escándalo que legitimó aún más aquellas puñaladas sediciosas. De Pompeyo, el Vesubio se encargó de borrar su gloria. Marcus Antonius, con quien comenzamos este relato, se suicidó en Alejandría el 1 de agosto del 30 ANE; a él, Constantino Cavafis lo honró con el poema “El Dios Abandona a Antonio”, que -en un fragmento- reza:

“Cuando de pronto se oiga, a medianoche,

a un invisible tíaso pasar con músicas fantásticas, con voces,

tu suerte que declina, tus hazañas que no fueron cumplidas, tus proyectos

que fueron todo errores, no los llores para nada…”

Pero de Cayo Julius Caesar heredamos un legado: aquel de saber prevenir la decadencia de una República, cuando el poder es ejercido por un histriónico seductor carismático, que hace como que se encomienda a la deidad, para ganar el favor popular y así poder ejercer su autocracia. Ante esto, sólo nos queda no arredrarnos con el miedo Pánico, tener presente el Memento Mori, y cuidarnos de los Idus de Marzo.

 

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Alan Santacruz Farfán

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