Opinión

Padres y madres frente al closet / Piel curtida

 

Cuando le compartí a mi madre que era un disidente de la sexualidad convencional, como muchas otras personas, ni siquiera busqué explicaciones, y mucho menos ahora que tendría que hablar de mi tránsito hacia una perspectiva queer. Sólo asumí una categoría que en su momento me parecía la menos cuestionable pues únicamente buscaba una respuesta para confrontar el terror al futuro incierto: me respetaría y apoyaría, lo negaría pidiendo discreción o me echaría de la casa, por lo que incluso ya tenía una maleta hecha. En un escenario con una pesada carga de prejuicios, desinformación y sin la presencia cercana de la ciencia, el miedo era el regente, tanto de mí como de ella.

Cuando se reflexiona sobre la salida del closet, ya sea desde la academia o a nivel personal, incluso en el mundo de los espectáculos, se suele focalizar la charla en quienes aceptan el reto de asumir su identidad, dejando de lado la contraparte, quienes reciben la “noticia”, lo cual no nos permite pensar en esa homofobia introyectada, es decir, el miedo a aquellos imaginarios relacionados con el tabú, como el que nuestros hijos o hijas lleguen a vivir con VIH/SIDA, mueran en la soledad o sean asesinados, que en ocasiones llega a traducirse en rabia ante la consternación por lo desconocido, lo socialmente prohibido y el saberse cercano a ello.

A las madres y padres que pueden estarse enfrentando a la zozobra de la posibilidad o que ya recibieron el balde de agua fría, y lo menciono como tal porque de entrada a nadie se le enseña a ser padres, quisiera decirles que la idea del VIH es algo muy recurrente, casi como un fantasma que se manifiesta justo después de que aparece su nombre en la tabla ouija, pero también deben saber que su compañía puede ayudar a fortalecer un ambiente de apertura, cariño y protección pues se ha identificado que el aislamiento sistemático y la culpabilidad están relacionados con el desarrollo de prácticas de riesgo, exceptuando a aquellas de acción política como el pozbreeding – sin entrar a más cuestionamientos-. En otro momento escribí sobre lo duro de los duelos para aquellos adolescentes y jóvenes que, aún conviviendo bajo el mismo techo con sus padres, no tienen la confianza o no se les ofrece la apertura necesaria para el desahogo y un tránsito más apacible. Madres y padres, no tengan miedo al VIH, pues no sólo los grupos de la disidencia sexual son grupos vulnerables ante esta problemática, mejor permítanse conocer de manera integral a sus hijos e hijas, quienes después de enfrentar la probabilidad al exilio, buscan la libertad y la sinceridad.

Otro de los miedos más frecuentes para los padres de familia, ante los tabúes de la sexualidad, es el que el objeto de su querer y quien encarna, al menos a nivel inconsciente, una extensión de sí mismos, sea violentado, de manera verbal, física y sexual. Y es que, desde un lado extremo están quienes, avergonzados de la orientación o identidad sexual de su legado biologicista, les aterra la idea de que finalmente una parte de sí sea puteado, ya sea por adjetivo o a puños, reconociendo o no que ha sido parte de la reproducción de ese agresivo lastre. Por otra parte, están quienes reconocen la discriminación, los discursos de odio y otro tipo de violencias, pero que también se enfrentan a lo incógnito, sin las herramientas emocionales y sociales para acompañar a su hijo o hija desde la defensa de su identidad y desarrollo pleno. Madres y padres, no le tenga miedo a la violencia, encausen sus pensamientos y energía a la convivencia, a cuestionar y rechazar comentarios despectivos y estigmáticos en su entorno, abonando así al avance por un entorno más sano y de respeto para a quienes quieren.

También otro de los miedos a los cuales se enfrentan las madres y padres de personas de la disidencia sexual es el pensar en la soledad por la cual podrían pasar sus hijos, e incluso la idea del olvido. Ante ello, es necesario detenerse un  momento y reflexionar la forma en que se piensa la familia y los hijos, que no deben obedecer a la idea de un ancla para el momento de la vejez, sino como una oportunidad de trascendencia humana que requiere de las mayores opciones para su desarrollo autónomo, en el cual no se considere a los otros como propiedades, en el cual nuestros sueños no estén sometidos a la aprobación o existencia de  un tercero. Madres y padres, no tengan miedo a la aparente posible soledad de su hijo o hija, al contrario, consideren que permitir un hogar de apertura y empatía puede brindarle las bases para que, ante las diversas circunstancias adversas, pueda hacer frente y disfrutar la vida.

 

@m_acevez | [email protected]


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Juan Luis Montoya Acevez

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