Opinión

Pura democracia / Debate electoral

 

Hace algunos días el estado de Aguascalientes se posicionó dentro de las entidades federativas que van a la vanguardia en la legislación de los mecanismos e instrumentos para la participación ciudadana, al publicarse la Ley de Participación Ciudadana.

Los instrumentos que consagra dicha obra, perfectible por donde se le vea, transitan de la democracia representativa, común en cualquier proceso electoral de los que hemos vivido en las casi tres décadas más recientes, a esa democracia ateniense, que no es sino el origen del sistema que tenemos hoy en día.

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Esa democracia de origen era posible en su elemental logística, porque se permitía la participación de una sociedad que no era tan extensa como la de hoy. La representación surge, en diversa medida, con el crecimiento de la población y la imposibilidad de encontrar siquiera un lugar para que pudiera reunirse de manera simultánea a todo aquel con calidad de votante.

Las instituciones, normas, gobierno, organizaciones y ciudadanía han cambiado desde entonces. La atención de las necesidades públicas, ahora, exige una participación necesaria en todo sentido de la ciudadanía en un afán cooperativo con el gobierno. A pesar de ello no existen los mecanismos para dicha colaboración, sino que es menester construirlos de a poco, de ahí que celebremos la llegada del ordenamiento que regule, además del plebiscito, referéndum e iniciativa ciudadana, la consulta de la revocación de mandato, el presupuesto participativo, el cabildo abierto, la consulta ciudadana y los comités ciudadanos.

¿Faltan elementos? Sí. Para que la Ley tenga efectividad hace falta, antes de cualquier tecnicismo que pudiera decirse, que la ciudadanía se apropie de principios y valores de la democracia, los derechos humanos, los propios principios de la participación ciudadana, todos en un sentido constructivo. He sostenido que la democracia (ya no como forma de gobierno analizada en párrafos anteriores, sino como forma de vida) requiere, como elementos mínimos, del ejercicio de diálogo y toma de decisiones, lo cual, con esta Ley y sin ella, es un proceso difícil y controversial.

En conclusión, se requiere, más que de una ciudadanía activa en lo global, una ciudadanía que retome desde su experiencia personal cimentada en el ejercicio de los valores de la democracia que, por si fuera poco, necesita de una interacción con los demás ciudadanos, encarando esa acción con empatía y tolerancia. Solo juntos, unidos y reunidos, con el eje de la mejora de nuestra propia calidad de vida, será como esa participación, bajo el amparo de la Ley, tenga la conclusión deseada.

Más allá de la participación por decreto, se requiere una participación por convicción. De nada servirán mejoras a la Ley, o una nueva en su totalidad, si no logramos que los individuos se involucren al grado del compromiso. Se requieren entonces, críticas constructivas, pero también la responsabilidad de construir ciudadanía y querer actuar como mejores ciudadanos. Ese ciudadano modelo que hable por igual, y con conocimiento de causa, de valores de la democracia, derechos humanos y participación: solidario, corresponsable, plural, tolerante, respetuoso y conocedor de las posibilidades que existen en la transparencia y rendición de cuentas.

Habrá que evaluar la Ley en su justa dimensión. No condenarla al fracaso desde ahora, sino considerando ejercer alguno de los instrumentos y valorar su posibilidad técnica y resultados. Por lo pronto conocerla, analizarla y crear desde todos los puntos posibles las condiciones para ir ganando terreno en estos y otros procesos.

De entre lo rescatable de esfuerzos como este, es el mostrar el círculo que representa el diálogo entre el ciudadano y la autoridad, como el clásico diagrama de la comunicación: utilizando los mecanismos legales como instrumentos de interacción y comunicación bidireccional entre el individuo agrupado en sociedad, y el gobierno en su faceta de autoridad, permitiendo, por una parte escuchando para conocer las opiniones y por consecuencia, considerándolas para la toma de decisiones que resulten en beneficio de la comunidad.

Hagamos de esos instrumentos ahora legales, herramientas no para guardarlas en un cajón, sino para tenerlas debidamente identificadas, y a la mano para cuando sea menester su utilización, acto que conllevará asociado conocimiento, esfuerzo, diálogo, principios, derechos, es decir, pura democracia.

 

/LanderosIEE | @Landeros IEE

 

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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