Opinión

A título personal / Favela chic

 

En diferentes contextos, dirigirnos correctamente al otro no sólo significa aprendernos su nombre, sino también el grado de estudios que debemos adjudicarle, una tarea más complicada de lo que parece. Al terminar una licenciatura y obtener un título universitario, podemos acompañar nuestra firma de la abreviatura “Lic.”, si así lo deseamos. Pero muchos ostentan el “Lic.” sin merecerlo, pues han concluido las materias, mas no el proceso de titulación, peliagudo en sí mismo. Para efectos oficiales únicamente han acreditado la preparatoria. Por esta razón graduarse es motivo de orgullo, tanto que algunos presumen el “Lic.” hasta en las circunstancias más informales e inapropiadas, como en la invitación al bautizo del ahijado.

Para otros, el “Lic.” es más bien motivo de vergüenza. Cuando acabé mi servicio social, tuve que redactar dos veces un oficio porque el gerente de una conocida casa editorial se negó a firmarlo si no suprimía el “Lic.” de su nombre. La asistente, una morena guapa y espigada, me explicó en confianza que su jefe prefería el “C.” (“ciudadano”), para no evidenciar su corta trayectoria universitaria. En cambio, otros se presentan como “Lic.” por estrategia de supervivencia. Un amigo filósofo notó que el cambio de “Lic.” a maestro restringía sus oportunidades laborales en vez de potenciarlas: “Quité mi grado de maestría en mi currículum cuando me negaron un par de empleos que antes conseguía fácilmente, por temor a que exigiera un salario más alto”, me confesó con un estoicismo conmovedor.

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Pese a los dimes y diretes con el “Lic.”, algunos gremios se han apropiado de ese título como etiqueta distintiva. En el ámbito del derecho, “licenciado” es sinónimo de “abogado”, aunque técnicamente lo sea cualquier profesionista. Los diálogos entre abogados resultan cómicos por el énfasis con que subrayan el grado de su interlocutor, una ridiculez caricaturizada por Lucas Tañeda y Chaparrón Bonaparte con su “Dígame, licenciado”. Para un ingeniero, en cambio, sería ofensivo que lo llamaran así, aunque en México no toda universidad expide el título de “Ingeniero”. Colgado en el muro de su sala, un papel certifica a mi arrogante vecina como “Licenciada en Ingeniería en Computación”. Pero ella se empecina en emplear el “Ing.”, según dice, para elevarse por encima de los cretinos que siempre ganarán salarios de hambre por no entender ni el Álgebra de Baldor.

Mi madre Gloria, directora de un bachillerato, se enteró de que el nuevo profesor de matemáticas obligaba a sus alumnos a decirle “ingeniero”. Despreciaba a los normalistas y no quería ser confundido con uno. Ella, enemiga de los fanfarrones, lo amonestó en privado: “Usted es ingeniero donde trabaje como ingeniero, pero aquí es maestro como todos sus colegas”. En la batalla campal entre licenciados e ingenieros, los más listos aprovechan lo mejor de los dos mundos. Por complacer a sus padres, una editora cursó una Ingeniería Química. Luego se puso a trabajar en unos laboratorios farmacéuticos para costear sus estudios de Psicología Social. Ahorró el dinero suficiente para abrir su propia editorial y ahora publica libros de autoayuda. Sin embargo, fiel a las ínfulas de su primer clan, conserva el “Ing.” en sus tarjetas de presentación.

El título de doctor también se presta a confusiones. Cuando estaba por concluir el sexenio de Salinas, el candidato del PRI se hacía publicidad con la leyenda “Dr. Ernesto Zedillo. Bienestar para tu familia”. Como yo era niña, pensaba ingenuamente que “Dr.” significaba “médico”. Me imaginaba a Zedillo atendiendo a sus pacientes en Los Pinos. Pero en realidad, la abreviatura hacía referencia a su doctorado en Economía. Muchos años después, estudié la obra de Franz Kafka y viajé a Praga, su ciudad natal. De visita en el Antiguo Cementerio Judío, donde fue enterrado junto a sus padres, divisé en la entrada una flecha con la inscripción “Dr. Franz Kafka”. Me quedé intrigada: según tenía entendido, él sólo había cursado la licenciatura en Derecho. Luego averigüé que en el imperio austrohúngaro se les llamaba “doctores” a los licenciados. El error sobre el grado académico de Kafka persiste hasta nuestros días y se difunde en diferentes medios.

En mi opinión, si un intelectual trasciende la academia en la que se formó y se convierte en un autor de culto o en una figura mediática, debería obviarse el título de “Dr.” para no incurrir en la pedantería. Por ejemplo, el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa se doctoró en Filosofía y Letras, pero el mundo entero le dice, simplemente, “Vargas Llosa”.

Si estos enredos suceden fuera de la academia, dentro de ella se multiplican hasta el infinito, porque ahí el respeto es tan importante como en el ejército. Omitir el título de “Dr.” o “Dra.” en el trato con los académicos es una falta de respeto propia de un “igualado”. Pero la medievalista Lillian von der Walde piensa que esta susceptibilidad no es general, sino propia de los nuevos doctores, ávidos de reconocimiento. Aunque uno se ande con tiento, las infracciones al protocolo son inevitables. Sin ninguna malicia, una vez le pregunté a una secretaria por el maestro Sergio Pérez. “No es maestro, es doctor”, me respondió en un tonito irritante. Yo me refería a su práctica docente, pero entonces la palabra más adecuada es “profesor”. Esta distinción sí opera en el idioma alemán, donde el catedrático es el Professor, en contraste con el Lehrer o maestro de un nivel inferior.

Entre los mismos doctores hay títulos de los que muy pocos pueden jactarse y abren abismos infranqueables entre ellos, como el doctorado honoris causa. Equivale a un título nobiliario y extiende el nombre tanto como el de un emperador austriaco. La composición se vuelve aún más compleja si el profesor emérito ha sido ungido con múltiples honoris causa. Alejandro, mi mejor amigo, requería de dos líneas completas para enumerar todas las condecoraciones de su mentor Robert Alexy, un prócer de la filosofía alemana. Pero este premio no es exclusivo de los académicos. García Márquez desertó de la licenciatura en Derecho. No obstante, la Universidad de Columbia le otorgó un doctorado honoris causa por su destacado genio literario.

Para los alumnos de posgrado, ya sean de maestría o doctorado, la aspiración a obtener el título está en permanente incertidumbre. Graduarse implica recorrer un camino largo y extenuante que más de uno abandona en mitad del camino. Por ende, no deben cantar victoria antes de conquistarla. Para definir ese periodo de transición, en el que no son ni maestros ni doctores, se han acuñado los horribles términos “maestreando” y “doctorando”. El gerundio indica que están en proceso de alcanzar el grado. Cuando estudiaba mi posgrado en la UNAM, el apelativo “maestrando” me sonaba a “menstruando”. Si bien el grado me costó sangre nunca adopté esa expresión tan fea, que por suerte no se ha popularizado.

Por si fuera poca cosa graduarte de un doctorado en México, donde el mercado laboral desalienta los estudios de posgrado en vez de incentivarlos, ciertas instituciones menosprecian la formación de las universidades nacionales. En una célebre escuela de economía, el criterio decisivo para contratar profesores-investigadores es poseer un título de doctorado expedido por universidades extranjeras de prestigio, en palabras de un ex profesor. Por una ley no escrita, los egresados de Harvard, Yale y Oxford enseñan las asignaturas de contenido, mientras que los egresados de la UNAM, UAM y otras análogas, sólo pueden enseñar las asignaturas de forma, como redacción de textos. De aquí que los profesores-investigadores se nieguen a compartir con estos últimos el título de doctor y les pongan el sobrenombre de “técnicos”, como si hubieran estudiado en un Conalep, para desacreditar su background académico ante los alumnos.

Teniendo en cuenta este catálogo de equívocos y resquemores, yo prescindo de los títulos siempre que puedo, tanto fuera como dentro de la academia, y exhorto a los demás a que acepten el mismo tratamiento, no por humildad, pues tampoco pido las perlas de la Virgen, sino por sentido práctico: para evitar los escozores que generan los malentendidos a título personal.

 


* Una primera versión de este artículo fue publicado en la revista Crash.mx

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Gabriela Lira Rosiles

Gabriela Lira Rosiles

1 Comment

  1. Lenni
    10/04/2018 at 02:32 — Responder

    La Academia Mexicana de La Lengua utiliza doña y don para referirse a sus miembros, ya que considera que todos son importantes, no importa la función que desempeñen dentro de la misma ni su grado académico.
    Y coincido: lo mejor es presentarse por su nombre… sobre todo si se trata de reuniones informales.

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