Opinión

Elogio de la claridad / El peso de las razones

 

Leo, con gusto y sorpresa, el Discours sur le style de Leclerc. Digo “con gusto y sorpresa” sobre todo porque desde hace algunos meses (¿años?) me molesto cada vez más con el tipo de discurso que abunda en el ámbito intelectual latinoamericano y europeo-continental. Este discurso se caracteriza, principalmente, por seguir un principio que Carlos Pereda, haciendo alusión a Borges, llama “el principio de la secta de los monótonos”: a saber, “siempre es bueno más de lo mismo”. Este discurso, además, es francamente permisivo. Se puede decir cualquier cosa, siempre y cuando suene profunda, se citen muchas fuentes (seguramente para aparentar que se lee mucho), y esté “estructurado” fuera de toda estructura. “Andar por las ramas”, “ser barroco”, “no respetar la gramática”, “impedir que el otro te entienda” y, por tanto, “que el otro pueda emitir un juicio razonado sobre lo que dices”, son principios subordinados al principio rector que fundamenta al discurso de moda.

En este contexto, otro asunto que me molesta mucho más que el anterior, es la ignorancia de quienes desprecian el pensamiento analítico basados en un prejuicio muy tonto: considerarlo como un discurso árido y carente de interés. Detrás de esta idea se aloja una comprensión unívoca y reductiva de lo que es la misma tradición analítica. Cuando aludimos a ella, de manera muy básica, podemos estarnos refiriendo a dos cosas muy distintas: a) a un período histórico que abarca de manera general a Frege, Russell, el primer Wittgenstein, el neopositivismo del Círculo de Viena, etc.; o bien, b) a una metodología que puede tener compromisos muy diversos (incluso contrapuestos). Si hacemos caso al segundo sentido, la tradición analítica no necesariamente implica un discurso árido, y mucho menos uno que hable de cosas que no interesan al ser humano ordinario. Por el contrario, puede y debe hablar de cualquier cosa, y además dispone de una serie de herramientas que permiten hacerlo de la mejor manera posible. Es en este sentido en el que puedo asegurar que el Discours sur le style de Leclerc constituye una especie de antología de los principios más básicos de la tradición analítica avant la lettre; y de cómo debe presentarse cualquier discurso que tenga pretensiones cognitivas (no digo “científicas”, pues este adjetivo también suele comprenderse de manera unívoca y reductiva). Dice Leclerc: “El estilo no es sino el orden y el movimiento que se pone a los pensamientos. Si se los enlaza estrechamente, si se los ajusta, el estilo resultará firme, vigoroso y conciso; pero, por elegantes que sean, si se los deja sucederse lentamente y no se juntan sino merced a las palabras, el estilo será difuso, flojo y lánguido”.

Leclerc también hace varias observaciones, las cuales brillan por su actualidad, y son aplicables para la mayoría de los discursos a los que nos hemos acostumbrado (no sólo aquéllos que tienen un propósito cognitivo, sino incluso aquéllos que tienen propósitos primariamente poéticos o literarios): “Nada se opone más a la vehemencia que el deseo de poner en todas partes rasgos ingeniosos, nada es más contrario a la luz que debe revelar la forma y esparcirse equitativamente en un escrito que esas chispas obtenidas a la fuerza haciendo chocar las palabras unas contra otras y que nos deslumbran sólo unos instantes para dejarnos enseguida en las tinieblas. Son pensamientos que no brillan sino por oposición: solamente presentan un lado del objeto, dejando en la sombra todas las otras caras; a menudo este lado que se escoge es un punto, un ángulo sobre el cual se hace mover al espíritu con tanta facilidad que se lo aleja más de las grandes caras desde las cuales el sentido común acostumbra considerar las cosas”. Su crítica es clara y elocuente: “Nada se opone más a lo naturalmente bello que el trabajo tomado para expresar cosas ordinarias o comunes de una manera singular o pomposa; nada degrada más al escritor. Lejos de admirarlo, nos causa lástima por haber empleado tanto tiempo en hacer nuevas combinaciones de sílabas para no decir sino lo que todo el mundo dice. Éste es el defecto de los espíritus cultivados pero estériles; usan palabras en abundancia, pero no ideas; trabajan, pues, sobre las palabras y se imaginan haber combinado ideas porque han combinado frases, haber depurado el lenguaje cuando lo han corrompido al torcer el sentido de las acepciones. Estos escritores carecen de estilo o, si se quiere, no tienen sino la sombra de él. El estilo debe grabar los pensamientos, ellos no saben sino trazar palabras”.

Así resume Leclerc las condiciones que él piensa son necesarias para escribir bien: “Para escribir bien es necesario, pues, dominar plenamente el tema; es preciso reflexionar mucho para ver con claridad el orden de los pensamientos propios y formarlos en una serie, una cadena continua, donde cada punto represente una idea; cuando se haya tomado la pluma, será necesario conducirla sucesivamente sobre el rasgo inicial sin permitirle que se desvíe, sin apoyarla demasiado desigualmente, sin darle otro movimiento que el determinado por el espacio que debe recorrer. En esto consiste la severidad del estilo, esto es también lo que hará la unidad y lo que regulará la rapidez; asimismo, sólo esto bastará para hacerlo preciso y sencillo, igual y claro, vivo y continuo. Si a esta primera regla, dictada por el intelecto, se le agrega la delicadeza y el gusto, el escrúpulo en la elección de las expresiones, el cuidado de no nombrar las cosas sino en los términos más generales, entonces el estilo tendrá nobleza. Si se agrega aun la desconfianza para con el primer impulso propio, el desprecio de todo lo que no sea más que brillo y una repugnancia constante por lo equívoco y lo cómico, el estilo tendrá gravedad y hasta majestad”.

Para entender cabalmente el Discours de Leclerc, debemos tener en mente en contra de quién o quiénes está escrito. Leclerc lo escribió en 1753, cuando fue electo como miembro de la Academia Francesa, como una protesta contra el estilo que entonces prevalecía, y que afectaba principalmente a los textos científicos (con propósitos primariamente cognitivos). Estos tratados, como parece sugerir implícitamente Leclerc, recurrían a la retórica abigarrada y a las descripciones fastuosas y afectadas, en lugar de simplemente exponer los datos con un lenguaje sencillo, ágil y sin ornamentos superfluos. Al leer el Discours, nos podemos percatar del énfasis que Leclerc hace sobre todo en: a) el orden expositivo, b) la jerarquía argumentativa, c) la reflexión como un paso necesario y previo a la escritura; y d) el desprecio hacia lo superfluo, los chispazos geniales, lo cómico y lo innecesario. En resumen, Leclerc sienta las bases, a mi modo de ver, de la claridad como una virtud intelectual. Afortunadamente, la UNAM publicó en 2003 la traducción castellana del discurso de Leclerc, a cargo de Alí Chumacero, con una excepcional presentación de José Luis Rivas.

 

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Mario Gensollen

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