Opinión

Galanario / La escuela de los opiliones

Rogelio Guerra: durante muchos años pensé que el señor Guerra era mi padre y Angélica Aragón su amante; ambos pareja digna de mis fantasías macuarras y simplonas. Digo esto sin vergüenza, pero tampoco me pesa el corazón de ingenuidad como para ser castigado, pues durante las noches miraba las telenovelas mientras masticaba alguna quesadilla de felicidad y platicábamos en familia. Admiraba su cabello cano que contrastaba con su sonrisa jovial y arrogante, sus ojitos pequeños y de regalo (¡que los abra, que los abra!), su voz firme y heroica vestida con unos trajes hechos a la medida eran el prototipo de mexicano elegante al que siempre aspiré. Pero en sus encuentros con Angélica Aragón encontraba la razón de mis conflictos más infantiles y enloquecidos; perdón por el chiste Simpson, pero qué elegancia la de Francia y en el corazón no se manda. Si alguna vez me encuentro con Rogelio Guerra, dios mío (así rezaba), por favor, no me permitas decepcionarlo. Quiero abrazar a ese hombre y robarme un poco de su aura.

Frank Moro: pero todavía más viejo que el verdadero nombre de Hildegardo Guerra, es el recuerdo enraizado en mi cerebro de Frank Moro, prototipo de todos los héroes nobles y santurrones de mi primera infancia, la cuál bebía las repeticiones de sus fantasmas en el canal de telenovelas de Cablevisión (quizás sería justo preguntarme cómo es que he logrado asociar las telenovelas con la comida y cuántos comerciales tienen la culpa del fulgor freudiano de conectar el comedor con la convivencia familiar o, es decir, la felicidad). No sé cuántos, son incontables los días que miré a Paco vestido de militar y dignidad en alguna telenovela de época y pensaba, santo cielo, este señor es el diablo (aunque jugaba papeles nobles y de hombre ingenuo) y pretende que somos ciegos a su encanto, a su carisma, el engañabobos por excelencia. Tenía una especie de sonrisa diabólica en esa mirada de chiquillo. Solía pensar: ese no es mi padre, si acaso, es el amante de mi madre, o de mi abuela, o de mis hermanas y mis primas y mis tías y de los muchachos febriles ocultos en el clóset de mi familia. A diferencia de Hildegardo, el cubano Francisco escogió bien su sobrenombre: dígame Frank, Frank y ya.

Mauricio Garcés y Gutierritos: los dos invariablemente viven una simbiosis espiritual, sus destinos están ligados, y difícilmente creo que alguno de los dos hubiera llegado lejos si el otro no hubiera existido en sus universos de blanco y negro y sus diálogos de intensidad radiofónica. Se llevaron de relevos, cargándose como amo y burro, como Sam hizo con Frodo para deshacerse del cochino anillo. Gutierritos es la telenovelización del cuaderno vacío, el dios patético capaz de imaginar a un metahumano cuyas virtudes depositamos en los envidiables, los perfectos. Garcés se convirtió en el zorro mexicano, el piropo con bigote por excelencia, el otro perdió cuerpo y rostro para cambiar su nombre de dios patético: no se llama Gutierritos, se apellida Godínez y es un buen hombre. Es difícil olvidar a Garcés ya que en todas sus películas interpreta al mismo hombre: aquel que de chiripa ha conseguido lo que Rogelio Guerra ya tenía de nacimiento. Cuando Ende se refiere al reflejo y contrarreflejo de sus amables fantasías alemanas, también se refiere a estos dos hombres. Recordaré toda mi vida a Gutierritos como la telenovela del desvelo.

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Eduardo Palomo: dicen que toda generación tendrá a su propio Juan del Diablo y quedará marcada invariablemente por el actor que lo interprete. El mío fue Eduardo Palomo. Rostro cuadrado, nariz afilada, estatua de bronce de cabello largo y quebrado, ojos tan claros como los mares de las costas que pretendió navegar. Si la cocaína (dicen) no se lo hubiera llevado de paseo, quizás interpretaría los papeles sosos de señor mañanero en los programas de mediodía y nos haría felices al recordar ciertas ficciones costeñas. Indudablemente sería nuestro chavorruco de onda. Quizás fue mejor así, dulce príncipe. Ojalá estés en el cielo acariciando los muslos, vestidos con medias de seda, de Edith González.

Ernesto Alonso: brujo poderoso y maligno. No se repita su nombre o vendrá en una nube de humo para llevarse su alma y ni Catalina Creel podrá salvarlo.

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Agustin Fest

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