Opinión

Historias del transporte público / Agenda Urbana

 

Hace algunos días recibí un escrito de parte de Samuel Yurael Quiroz, quien amablemente lee esta columna, en el que me comparte algunas reflexiones acerca del transporte público en Aguascalientes. Sin tecnicismos, el texto refleja de manera vívida la manera en que las condiciones del sistema de transporte público afectan la calidad de vida de miles de personas. Además, ejemplifica por qué la ausencia de un sistema de transporte público seguro, confiable, eficiente y confortable, contribuye a la alta dependencia del automóvil en la ciudad. Por lo anterior, me permití replicar su texto en este espacio:

“El tema del transporte público siempre está dentro de la agenda de gobierno y siempre es promesa de campaña de la gran mayoría de los partidos políticos. Sin embargo, siempre me pregunto qué entienden por transporte digno o por mejorar la calidad del servicio, pues las personas que hacen estas propuestas y promesas no son usuarios del mismo. Si es tan grande el tema ¿por qué ninguna de las últimas tres administraciones ha podido lograr un cambio significativo y profundo? Lo anterior me lleva a pensar en algunos hechos de la vida cotidiana del transporte público desde una perspectiva muy personal.

Desde hace más de siete años utilizo la bicicleta para mis recorridos diarios al trabajo, y sólo en casos extraordinarios uso el transporte público como solución de movilidad, ya sea camión urbano o taxi. Francamente, siempre dejaba al camión urbano como última opción, pues, aunque era mi única manera de llegar a la universidad, tuve muchas malas experiencias: mal servicio por parte del personal; un costo elevado en comparación con otras ciudades; ineficiencia al conducir; unidades en muy mal estado; inconsistencias en el horario y las rutas; pocas unidades en horarios de más afluencia; y ningún respeto vial a otros participantes de la calle, en especial a las bicicletas (gracias al miedo que infundieron los conductores, tanto del transporte público como los del particular, me fue difícil volver a tomar la bici como medio de transporte).

Tengo recuerdos de hace más de diez años persiguiendo al camión, pues no tomarlo significaba no llegar a la primera clase; esperar el de regreso en lugares que no tenían paradero, a veces entre media y una hora bajo el sol; y hacer por lo menos un cambio de ruta para llegar a mi destino. También recuerdo que si tenía suerte de que el camión se detuviera a recoger pasaje, nunca había espacio para sentarse; la gran mayoría de las veces nos tocaba parados en el pasillo, y con la mochila parecía que ocupábamos el doble de espacio; además estábamos parados junto a mujeres que perdían la esperanza de que alguien les cediera un lugar. Y qué decir de adultos mayores o personas con alguna discapacidad permanente o temporal, pues sólo subían personas con debilidad visual o máximo con muletas, porque una silla de ruedas nunca, no tenían cómo subirla a un camión ni existía lugar para colocarla si llegaran a subirla. La verdad, nunca me puse a pensar cómo se movían estas personas para llegar a sus trabajos.

Ya en el camión, después de pagar el pasaje, uno estaba pensando cuánto se tardaría en llegar al destino, pero no por aprovechar el tiempo en cuanto bajáramos, sino por el trayecto interno del camión para llegar al otro lado para pedir la bajada y oprimir el botón o timbre, si existía o funcionaba; aunque en realidad siempre existía otra forma de llamar la atención del chofer para que no te dejara antes o después de donde te querías bajar, desde golpes en la lámina hasta el siempre conocido “bajan”. Para poder llegar al otro extremo había que sortear entre todos los que estábamos parados con mochilas, bolsas, equipo de trabajo, etc., quienes además no podían o querían moverse.

Algunas de las rutas eran tan largas que el trayecto se volvía tedioso, y más después de la hora de salida de la escuela o el trabajo. Creo que a todos nos pasaba por la cabeza querer llegar a casa a descansar. Ahí, quienes aprovechaban el tiempo leían un libro o el periódico o hacían tarea; aunque existían, en especial jóvenes, que la ociosidad e imaginación solo les alcanzaba para hacer perjuicios, como pintar, publicar, pegar, rayar e inclusive quemar propiedad pública.

La espera del transporte cambiaba conforme a la distancia al centro de la ciudad. Entre más lejos, la espera de 30 a 45 minutos era solitaria, junto a un triste poste con una señalamiento de parada de autobús, o si tenías suerte, bajo la sombra de un árbol o fachada de algún comercio o casa habitación. Si estabas cerca del centro, tampoco había paradas de autobús pero la cantidad de rutas que pasaban por ahí eran más, casi para escoger, y aunque la espera era menor, la aglomeración en las banquetas las hacía peligrosas, pues para caminar tenías que bajar al arroyo vehicular. Además, tenías que estar atento a la ruta del camión, ya que si no hacía la parada tendrías que esperar el siguiente. Soñaba con paradas con techumbre y conocer la hora en que pasaría el camión. No sé si todos, como estudiantes, teníamos la vida programada conforme a la hora en que pasaría el último camión; si estabas en la casa de alguien haciendo un trabajo o salías a alguna reunión, pensabas en la hora en que tenías que retirarte para poder llegar a casa; te preguntabas qué rutas pasaban, por si acaso tenías que tomar más de una o caminar o pasar por calles sin iluminación.

Ya había olvidado de mis años de estudiante. Ahora me propuse hacer viajes en rutas de camión para ver qué ha cambiado: el costo del transporte; ya no veo personas con el periódico, ahora los veo con la mirada muy atenta a sus dispositivos móviles, no necesariamente leyendo; veo más paradas de autobús, inclusive hasta dos o tres diferentes en un mismo sitio, las que últimamente han estado vandalizando; y la cantidad de personas que usan el transporte ha aumentado. Mi percepción es que la cantidad de autobuses no es suficiente, existen nuevas rutas o se han modificado pero solo para alargarlas y dar servicio a las áreas de la mancha urbana que han crecido, las nuevas colonias que ahora son los nuevos límites de la ciudad.”

 

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Fernando Granados

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