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La naturaleza del poema es inestable, transitoria, efímera | Entrevista a Alejandro Zambra, sobre Mudanza

  • Un buen poema nunca queda en limpio: de alguna manera siempre conserva la suciedad del borrador, el lado ilegible

 

“En un libro que no es éste, Alejandro Zambra dice que ‘un buen poema nunca queda en limpio: de alguna manera siempre conserva la suciedad del borrador, el lado ilegible’. Un poema es entonces, en buena medida, un documento emborronado, lleno de huellas y de marcas. Es decir, se desdibuja. Y su naturaleza, también podríamos afirmar, es inestable, transitoria, efímera.” Así inicia la escritora Verónica Gerber Bicecci el epílogo del libro de poesía Mudanza del escritor chileno Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) publicado recientemente por la joven editorial mexicana Antílope.

El libro Mudanza, presentado ahora por Antílope es una reedición del segundo libro de poesía del escritor chileno publicado en su país natal en el 2003. Un libro, o más bien, un poema largo que nos habla de ese periplo intenso que significa dejar un lugar al cuál pertenecimos, un lugar en donde se quedan nuestros recuerdos, nuestras intimidades, nuestros anhelos, para emprender un viaje, un traslado, una “mudanza” hacia un lugar que no conocemos. La mudanza, o la “danza muda” como la definió Zambra, nos lleva literalmente hacia lo desconocido, hacia la incógnita. Pero es que la literatura, la escritura es un viaje hacia lo desconocido. La literatura es un viaje constante hacia las preguntas, hacia los cuestionamientos. Y es ahí donde podemos encontrar el punto de encuentro entre un hecho cotidiano como el traslado hacia otro lugar, la mudanza hacia otro destino y el acto literario de la poesía.

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Después de publicar el libro de poesía Mudanza en su país natal, que tiene como punto de partida el regreso del escritor a su país natal, después de haber vivido un tiempo en España, Zambra se “mudo” literariamente a la narrativa, publicando las novelas Bonsai en 2006, La vida privada de los árboles en el 2007, Formas de volver a casa en el 2001, publicadas por la editorial Anagrama y Facsímil publicada en México por Sexto Piso. Libros en donde el autor deja siempre las puertas (o las ventanas) abiertas para que su obra fluya, se conecte, se interpele, siempre preocupado por encontrar las formas exactas con la que el lenguaje nos puede develar las relaciones ocultas entre la realidad y el deseo:  

“Mudanza es un libro importante para mí, porque en ese tiempo tenía una idea muy cerebral de mi propia escritura poética, de mi propio proceso creativo, entonces estaba muy metido en un libro que se llamaba Bonsai, que no tiene nada que ver con la novela del mismo nombre, o con lo que termino siendo la novela, cuando me tocaba hablar de lo que estaba haciendo decía que estaba escribiendo ese Bonsai, pero en realidad era más lo que pensaba y le daba vueltas a una poesía que era muy exacta, muy precisa, muy contenida, y de pronto una noche me puse a escribir ese poema, porque en realidad Mudanza era un solo poema, con ese ritmo de las frases, con ese ritmo burocrático, porque son las frases de un contrato, y empezó a salir algo que me gustaba y que no tenía nada que ver con lo que yo estaba intentando, y que rompía incluso con las pequeñas convicciones que yo tenía, porque como lector era muy múltiple, siempre lo fui, era muy receptivo a distintos tipos de literatura, pero creo que había algo que quería soltar y que no sabía siquiera que quería soltar, ahora sí lo leo de manera retrospectivamente, puedo ver que hay un montón de imágenes que se repiten, que están en Mudanza, pero que se pueden ver en Bonsai, en La vida privada de los árboles, y en los libros que siguieron, para mi Mudanza, que en realidad fue mi segundo libro, es en realidad un punto de partida, pero la idea de que hay algo soltándose o en proceso de ser soltado me resulta muy pertinente, también creo que en Mudanza hay algo enredándose, es decir, existe una voluntad de relato.” Nos comentó el escritor, quien en el 2007 fue elegido por el Hay Festival como uno de los 39 escritores menores de 39 años más importantes de América Latina y en el 2010 fue elegido por la revista Granta como uno de los mejores 22 escritores menores de 35 años.

Javier Moro Hernández (JMH): Hay un elemento en tus libros, como de espacios internos que se da en tus narraciones, de contarnos algo que está pasando en el interior de los personajes más que en exterior. En este libro, es algo que le está sucediendo a alguien que está abandonando un espacio antes de emprender un nuevo periplo. 

Alejandro Zambra (AZ): Yo no lo pensé tanto en ese momento, pero Mudanza es una palabra muy bonita y llena de sentido en español, puedo pensar en una danza muda, y creo que literalmente es una palabra difícil de traducir, y luego también creo que tiene que ver con el periodo que yo viví en España, porque el libro lo escribí cuando estaba regresando a vivir en Chile, que fue un periodo muy importante para mí porque fue muy violento desde el punto de vista lingüístico, también en otro sentido, Madrid era otra ciudad, era la primera vez que yo estaba viviendo fuera y me resultaba muy difícil darme a entender, los madrileños te obligaban a hablar de la forma en la que ellos hablaban, creo que por primera vez pensé en las palabras chilenas, creo que para un poeta eso es algo muy importante, pero también creo que aunque uno tenga una noción teórica de cuáles son las palabras que son los modismos de un lugar, el hecho de vivir un tiempo en un lugar completamente reacio a escuchar y a entender tu manera de hablar, aunque sí tenía compañeros que venían de distintos lugares de Latinoamérica, convivíamos mucho y hablábamos mucho de las palabras, entonces hay unas referencias extrañas y que son españolas, se habla de “Malasaña”, hay una idea de viaje, que no es necesariamente de huida o de búsqueda, pero es menos intencionado, pero sí creo que es muy importante el lenguaje, que se presenta como una explosión, pero también hay mucho cariño por las palabras, también era un libro raro porque tenía una idea de una poesía muy precisa, como lo que hizo Ezra Pound a principios del siglo XX, o lo que hacía Gonzalo Millán, creo que yo quería hacer algo parecido, en la medida de mis  posibilidades, y de pronto escribí un poema que era lo contrario de eso, un poema que por ejemplo que podía terminar antes, tiene una estructura inestable, o por otra parte un poema lleno de imperfecciones, cuando lo he vuelto a publicar siempre he pensado que debería trabajarlo, porque hay fragmentos que tienen parámetros métricos distintos entre sí, a eso me refiero, hay encabalgamientos sofisticados y hay otros que están mal hechos, pero estuve encerrado una semana escribiéndolo después de estar años pensando en otras cosas. Nunca le metí mano y se me quedaron pegadas algunas cosas, cuando escribía poesía volvía a escribir cosas parecidas. 

JMH: Ahora que mencionas el tema de los encabalgamientos, me parece que es muy importante, porque es justo ese elemento el que le da esta sensación de calor, de entender el proceso para llegar a este verso, como un proceso de pensamiento que nos permite llegar a esos versos. 

AZ: Tal vez lo que pasaba era que sobre pensaba un montón los versos, y había un ritmo en el que cabía todo de pronto, por ejemplo, está la imagen de los amantes que son como un bulto bajo las sábanas, y esa es una imagen que luego reaparecería en otras obras, la primera parte de Bonsai se llama así, bulto, y también recuerdo una mudanza de signo positivo, de unos amigos que se mudaron y yo los ayude a hacer la mudanza a un tercer piso, entonces de pronto con mi amigo nos encontrábamos en el centro de la escalera con cajas y esa imagen se me quedo en la cabeza y de ahí salió el verso de “el descanso de la escalera no permite demasiadas precisiones/ se pierde la señales cuando pasas con los brazos ocupados”, era esa sensación, que la imagen inspiradora era mucho menos melancólica que como aparece en el poema, pero en el fondo creo que fue la primera vez que me expuse a perder el control escribiendo, y eso ha sido muy importante en mi escritura posterior, a veces cuando trato de corregir un texto trato de borrar el origen de la frase, pero a veces no puedo, porque creo que uno debe de respetar algo que solo sucede cuando escribes, y quedas más expuesto de lo que quisieras, porque al final siempre es una investigación, y con ese poema así me paso. 

JMH: Estaba leyendo como empieza la sección cuatro del poema: “Fue la mano/ no era quien saludaba/ había una vez una mano, una mano sola, había una vez mano y un brazo, un brazo revisando a tientas el fondo de una bolsa.” Es un verso que me da la sensación de alejamiento con el observador, una distancia entre el que está escribiendo y el que está haciendo la acción. 

AZ: En esa parte el poema cambia mucho, por la aparición de esta forma narrativa clásica del “había una vez…”, pero yo creo que siempre en todos los libros podría distinguir distintos grados de distanciamiento y mi idea es que esos grados se van dando de forma casi automática, pero esos distanciamientos son los que permiten la cercanía más extrema, lo mismo que es la risa la que permite la seriedad absoluta, y en este poema creo que el sujeto se va acercando y alejando todo el tiempo, como en una lógica de la repetición, que pareciera la promesa de una palabra definitiva, la repetición pareciera ser que uno pudiera quedarse con una frase que es las que más se repite, pero yo me quedo contento porque cada vez que lo leo me siento ahí presente. 

JMH: La repetición muchas ocasiones es la que va marcado el ritmo de los poemas, pero en Mudanza, en este poeta, nos va dando esta sensación de pliegues y despliegues, como dice Verónica Gerber en el epílogo, nos va metiendo y sacando del poema, justo no es exacto como dices, es un proceso de bifurcación. 

AZ: Ahora que pienso en este libro, por ejemplo, siento que uno podría llevarlo a las referencias más cotidianas, que sería una mudanza real, pero también es una danza muda, porque hay un ritmo que se despliega cuando uno lee, que es algo que se hace en silencio, pero de la mudanza misma hay muy cosas claras, salvo el origen y el destino, hay cajas, hay lógicas, hay orden y desorden, hay un orden que se traslada y un desorden que se traslada también, pero todo eso es más o menos inestable, rápido, pero lo único que está claro es de dónde vienes y a dónde vas, y eso también es algo que va pasando en el libro, que se va dejando de estar claro, hay una especie de confusión, hay ruptura, un cambio de país, me llamaba mucho la atención el desplazamiento. 

JMH: La segunda parte del libro empieza con un verso que dice “Hay carteles con su nombre”. Esto me hace pensar no en una mudanza normal, sino en un viaje, en un traslado mucho más amplio, en una desaparición: “Ella viaja largas horas y no llega a su destino/hay carteles con su nombre” continúa el poema. 

AZ: Ahora me explico ese tiempo, recordando más el poema, los sentimientos con los que escribí el poema, que con los versos mismos, porque existían esos desplazamientos, ese era ese tiempo en que uno ya no es exactamente joven, tenía veintisiete años, sigue uno funcionando como joven, pero ya no lo eres, y sin embargo tenías que ser algo, hacer algo, ya no podía uno refugiarse en la retórica del estudiante, la vida se ponía complicada, ya no existía el domicilio familiar, en el libro y en mis dos primeras novelas no existen los padres, ahora creo que de ahí viene esa melancolía mezclada con un humor que también creo que existe, con un humor que tiene que ver con el “no-sentido”, hay una ironía extraña, pequeña, que es la que te permite hablar, porque sino todo es pura angustia, y esa distancia con uno mismo es la que permite entregarse a algo que siempre es paradójico y que siempre es fuente de inseguridad como es el hecho de publicar, porque escribir es mucho más natural que publicar.

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Javier Moro Hernández

Javier Moro Hernández

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