Opinión

La política negada. Una política para todos / Piel curtida

 

La empatía parece emerger con naturalidad cuando se habla de sangre derramada por el terrorismo, debido a que el culpable se asocia a un invasor que, aunque haya nacido en el mismo sitio que flagela, su actuar enarbola los pensamientos asociados a una cultura externa. Lo mismo ocurre en México cuando se señala que los asesinatos fueron a manos del crimen organizado, de aquellos otros que se han distanciado del pacto por una sociedad pacífica. Sin embargo, en nuestro país también se exterminan vidas que no causan la misma indignación por haber estado encarnadas en personas quienes no cumplen con ciertos convencionalismos, incluso se justifican esos actos violentos como si se tratara de un ajuste divino.

Durante las últimas semanas fue asesinada una activista en Guanajuato que se asumía como lesbiana y feminista, mismo estado donde también ocurrió un transfeminicidio, scorts y trabajadoras sexuales han sido víctimas de feminicidio en la Ciudad de México, la orientación sexual de un joven que “apareció muerto” en Jalisco ha sido objeto de morbo en vez de ser pauta para investigar el caso en primera instancia como crimen de odio para su posible descarte. Por otro lado, gran parte de la población no sabe que puede solicitar la PEP de manera gratuita ante situaciones de violencia sexual para prevenir la infección por el VIH, virus cuya incidencia ha aumentado en las mujeres dedicadas únicamente al trabajo doméstico en el hogar (amas de casa) por la negativa de enfocar esfuerzos para concientizar a hombres que, sin reconocerse como homosexuales, tienen sexo con otros hombres, y más de la mitad de los abortos en México se realizan de manera insalubre. La falta de una agenda política y educativa en torno a la sexualidad con apego a los Derechos Humanos y la ciencia nos está costando la vida de muchas personas, y ni hablar de afectaciones económicas. Lo peor es que la ignorancia y el odio, que impiden atender estas complejas problemáticas, no sólo son omitidos, sino que incluso se han posicionado como una estrategia electoral vergonzosa ante las trágicas historias de la humanidad. El problema es alarmante. El monstruo vive entre nosotros y permitimos que se siga alimentando.

La sexualidad es la última frontera política para alcanzar la democracia y la libertad de los individuos pues permitiría reconocer plenamente el derecho de cada persona sobre su cuerpo, respetar el derecho de voluntad, proteger el sano crecimiento integral y autónomo de las personas; pero también implica la reflexión y atención a las desigualdades entre hombres y mujeres, entre las personas heterosexuales y quienes asumen una identidad distinta a ella, y todo tipo de violencia que se enseña, replica, asume y acepta por considerar al otro, históricamente minimizado, con menor valía, tanto que se llega a pensar su muerte a manera de una purga eugenésica. Las ene cantidades de categorías que pueden ser atribuidas a las personas son útiles para reconocer las problemáticas a las que se enfrentan por condiciones o circunstancias particulares de existencia, pero en ese mar de etiquetas, ¿acaso es posible definir qué causa es la más noble? Cada una importa y debería unificar nuestras acciones.

Hace poco se conformó la Coalición Mexicana LGBTTTI+, y para quienes les ofende la catalogación, se puede resumir que se trata de un grupo de instituciones y personas que buscan impulsar el reconocimiento de las problemáticas y la necesidad de respetar los derechos para las personas de la disidencia sexual, es decir, todas aquellas cuya orientación o identidad no corresponden a la heterosexual. Un acto de suma relevancia para la vida democrática de nuestro país ante un entorno en el que el conservadurismo, la desigualdad y el odio han ganado terreno, al menos en la política formal y procedimental, sin darnos cuenta del peligroso escenario ante este fenómeno, pues no sólo afecta a los no heterosexuales,  también a las mujeres, a las niñas, niños y adolescentes quienes crecen en entornos hostiles preparándoles para ejercer o aceptar la violencia. Por ejemplo, dicha agrupación exige la justicia con igualdad de oportunidades, salud integral y sin discriminación, educación para la inclusión y no discriminación, el fomento de derechos laborales e inclusión económica, y fortalecer un Estado laico, servicios públicos de calidad, democracia plural e incluyente, por mencionar algunos. ¿Acaso no es lo que buscamos todas y todos?

No es cosa de jotos y viejas sin quehacer, como lo escuché de algunas personas. En México aún no hemos reconocida las formas en que los movimientos feministas y lésbico-gay han posibilitado muchos de los avances en economía, salud, educación, artes y ciencia. Para no ir tan lejos: el que las mujeres puedan cursar estudios y desempeñarse laboralmente, aunque 23 por ciento aún pide permiso a su pareja varón para ello; o que en las escuelas se dé información para evitar infecciones de transmisión sexual. Si gran parte de la lucha por los Derechos Humanos en Estados Unidos se debe a la población negra, que ha permitido actualmente reconocer las desigualdades contra miles de migrantes, como nuestros compatriotas, en nuestro país se lo debemos a las mujeres, gays, lesbianas y personas trans conscientes.

La ignorancia disfrazada de familia modélica ha expuesto su músculo aunque no simboliza a la mayoría de nuestra sociedad, ya que no representa a todas las madres adolescentes que ven truncados sus proyectos personales y profesionales, y no por elegir la maternidad, sino porque los otros responsables de la existencia de un nuevo ser no aceptan su responsabilidad paternal o en el menor de los casos no comparten las tareas de cuidado y crianza con la misma reciprocidad, no representa a todas las mujeres que hacen oír su voz y toman decisiones por sí mismas, a las que esperan ser reconocidas por sí mismas y no a través de un hombre o un hijo, no representa a cualquier persona con alguna infección de transmisión sexual, no representa a cualquiera que ejerce el trabajo sexual con libertad, no representa a todos los hombres y mujeres que usan métodos anticonceptivos, no representa a cualquier familia con hijos adoptivos, no representa a los hogares donde abuelas, abuelos o tíos asumen la maternidad o paternidad, mucho menos representa a todas las personas que gozamos de un orgasmo, sencillamente porque su modelo, irónicamente, sustenta la unión en únicamente la reproducción sexual… la que tanto fustigan.

El misticismo de la época prehistórica ante la incapacidad de comprender el entorno natural y el incipiente desarrollo del intelecto humano hizo que nuestras sociedades se originaran con mitos y miedos donde los protagonistas eran entidades invisibles que manejaban el rayo, la lluvia, la tierra. Poco a poco se reconoció que la cosecha se debía al trabajo del propio ser humano, que el fuego se producía por sus manos. La idea de la divinidad nos permite tener un salvavidas ante momentos de desesperanza pero se ha mancillado al nivel de ser un chivo expiatorio para las mayores atrocidades.

Reconfigurando el mito de la cueva de Platón: si en vez de salir al mundo preferimos dar unos cuantos pasos por temporadas para recoger lo que el viento trae consigo y regresar a la oscuridad, entonces viviríamos en hacinamiento, permitiendo alguna que otra cosa negativa al interior de la caverna, siempre y cuando permanezcamos en las tinieblas, las mismas que ocultarían los trozos de carne, los huesos, la sangre. ¿Seguiremos en la gruta, eyectos en el mundo, o es que por fin decidiremos asumir la autoría de un proyecto?

 

@m_acevez | [email protected]

 


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Juan Luis Montoya Acevez

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