Opinión

Matices jurídicos de El Principito / Cinefilia con derecho

 

La historia del Saint-Exupéry (1900–1944) y El Principito es mágica, ellos se conocieron después de su mutuo desplome, en desérticas tierras, uno en su máquina averiada, el otro desde asteroides que van más allá de la vía láctea; sus diálogos se entablaron sobre eso, caer: depresiones terrestres y extraterrestres, tropezones de plebes y de la realeza, derrotas materiales y espirituales. Ambos compartieron leyendas que sobrepasan el conocimiento y se transforman en sabiduría; las ideas conceptuales, que solo da el silencio de la nada, les permitieron descubrir qué es la vida, y transformarlo en letras. El humano, regresó de aquel solitario paraje, solo para compartirnos el manuscrito de la sabiduría aprendida. Pareciera que, ante la indiferencia, el piloto decidió retomar sus alas de acero, para retornar con su pequeño amigo, alejarse y nunca más volver a la faz de la Tierra. Hoy, ante esta huida o desaparición, existe una inscripción que lo homenajea en el majestuoso Panteón de París: “A la memoria de Antoine de Saint-Exupéry, poeta, novelista, aviador desaparecido durante una misión de reconocimiento aéreo el 31 de julio de 1944”.

A 75 años de que fue publicado El Principito, la obra del escritor y aviador francés ha sido llevada a la pantalla de disímbolas maneras, una que ya hemos reseñado en esta columna, El Principito, una historia alternativa de 52 episodios transmitida por Discovery Kids, que, aunque no se apega estrictamente a la original, mantiene la tesitura de temas profundos para los adultos que la novela corta manejaba: amistad, soledad, relaciones humanas, ¡vaya! la vida misma. La historia es sencilla: la rosa del Principito se ha perdido, tendrá que indagar en distintos planetas (el del relojero o el de la música) para encontrar pistas que le hagan llegar a ella, en toda esta aventura será acompañado por su amigo el zorro. La novela corta es tan maravillosa, que permite esta clase de adaptaciones libres, como la que también se hace en la cinta de Mark Osborne de 2015, donde una niña sujeta a la obsesión de su madre porque haga las cosas como adulto, conoce la historia de su pequeña majestad, y eso la lleva a una aventura donde la moraleja se centra en la necesidad de mantener el espíritu de niños, aunque la madurez nos alcance.

Jurídicamente, hay matices fundamentales, yo me concentro en la idea del derecho como un ordenamiento que se deriva de la razón y que, en esa medida, es obedecido sin chistar por los ciudadanos. En el pasaje donde el pequeño héroe visita la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330 conoce a un rey muy singular que, aunque megalómano y altivo como todos los monarcas, da solamente órdenes (leyes) que sus súbditos puedan cumplir: “–Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar -continuó el rey. La autoridad se apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.” Los matices ético-jurídicos son hermosos, este mismo rey decide nombrar al Principito como su ministro de justicia, ante la ausencia de personas, el pequeño le pregunta a su majestad que a quien juzgará, la respuesta no tiene desperdicio: “–Te juzgarás a ti mismo -le respondió el rey-. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que juzgar a los otros. Si consigues juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio”.

Aunque este pasaje pareciera una sátira, ya que el rey solo ordena aquello que sí van a hacer los gobernados, como bostezar, en el fondo, se trata de entender justamente que la ley debe ser razonable, pues de otra forma no será obedecida. Esto cobra vigencia en el gigantesco océano en que se han convertido los ordenamientos jurídicos en México, baste hacer un recuento de la gran cantidad de leyes aprobadas en Aguascalientes y analizar si son cumplidas, para darnos cuenta que, hay una gruesa capa de disposiciones que no tienen vigencia en la vida diaria. Hace falta una gran depuración, pero en especial comprender que la tarea del legislador no necesariamente es hacer normas, mientras sigamos calificando a los diputados por el número de iniciativas y no por la calidad de las mismas, o por su función de contrapesos político con los otros poderes, nuestro espectro de derecho positivo seguirá ensanchándose de forma inútil y absurda.

 

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Rubén Díaz López

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