Opinión

México disuelto en ácido / Memoria de espejos rotos

 

Estamos todos inmersos en los espejos,

casa de los espejos espesos.

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En este país ya huele a sangre,

en este país algo me huele a sangre…

Daga.Gerardo Enciso

 

En este país, para ser secuestrado, desaparecido, torturado, asesinado, disuelto en ácido, cremado en un basurero, o enterrado en una fosa común, sólo basta que atinemos en la tétrica ruleta de las probabilidades que conjugan dos variables; estar en el sitio y en el momento equivocados. Esas variables de espacio y tiempo son: En México, ahora.

El número de feminicidios en este país ronda las siete mujeres muertas al día, dato atroz respaldado por la ONU; mujeres muertas por ser mujeres. Indígenas, pobladores de comunidades o líderes que se oponen a la devastación ambiental, política o económica de sus regiones, o que padecen la violencia del narco o de los incisivos nuevos grupos religiosos, han sido víctimas de la muerte y el despojo. Políticos, candidatos, precandidatos, o funcionarios públicos, han sido secuestrados, muertos, amenazados, por no querer alinearse al crimen o por haberse alineado con un grupo distinto. Periodistas han sido violentados, criminalizados, amedrentados, muertos, por publicar información, o por no publicarla; han sido víctimas dobles: del poder criminal y del institucional. Entre 2007 y 2018, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de seguridad Pública, uno de cada tres desaparecidos en México se encuentra en el grupo etario de entre los 15 y los 24 años; es decir, que en México ser joven también es factor de riesgo fatal. Los homicidios dolosos en 2017 situaron a ese año como el más violento de la historia moderna de México, y lo que va de 2018 parece no quedar a la saga. Luego de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa se destapó una cloaca que nos negábamos a ver: el Estado está infiltrado por los criminales en todos los niveles, y la línea que separa a la autoridad del delincuente es tan difusa como los roles que la policía jugó en la Noche de Iguala, que en un momento era aparato del Estado, y al instante inmediato era brazo armado del narco. Así, la ciudadanía se encuentra en una condición de indefensión propia de un país en guerra civil, con matices de mayor o menor intensidad en dependencia de lo putrefacto de las regiones nacionales.

Hace semanas, en Nayarit, a un par de burócratas de la PGR los confundieron con miembros de un cartel en guerra; los secuestraron, torturaron, y mataron. Hace unas semanas también, en Guadalajara, a tres estudiantes de cine los confundieron con miembros de un cartel en guerra; los secuestraron, torturaron, mataron y disolvieron en ácido. Por mucho tiempo acudimos al falaz y chato consuelo de que los criminales sólo se mataban entre sí, y así los dejamos crecer hasta que, en su estúpida rapacidad, dejaron de hacer distingos y ya poco importa de qué lado estén sus víctimas. Somos mexicanos fácilmente confundibles, fácilmente criminalizables, somos habitantes de un país que -con acción u omisión- alimentó al monstruo que ahora nos devora.

Nos quedan la indignación y la elección; nos queda la acción. No basta con dolernos, sino que es necesario saber qué haremos con ese dolor. El Estado se erosiona y cada vez más la gente se convierte en una Fuenteovejuna presta a linchar ladronzuelos damnificados del sistema económico y del fracaso educativo; pero -al mismo tiempo- consentimos que la autoridad deje crecer el cáncer de los cárteles, del huachicol, del narcomenudeo, del secuestro y la extorsión, del cobro de piso, de la trata de personas, del blanqueo de dinero. Nos queda la ética, la resistencia civil, nos queda proyectar qué comunidad queremos ser y tomar decisiones y acciones para lograrlo. Sin embargo, se nos ha educado tanto en la indolencia cívica, en vivir la comunidad desde la tercera persona, que primero habríamos de reeducarnos y definir si queremos ser Tú y yo, o si pretendemos el O tú o yo. Es un trabajo de largo aliento, pero lecciones atroces como las muertes que suceden a diario; no sólo las de Javier Salomón, Marco Francisco o Jesús Daniel, sino todas las muertes -como lecciones atroces-, nos harán comprender mejor el sentido comunitario de nuestra propia putrefacción.

En 1623, el escritor inglés John Donne escribió un libro en prosa, titulado Devotions Upon Emergent Occasions and Death’s Duel (Devociones para momentos emergentes y duelo ante la muerte) en el que se contiene la célebre Meditación XVII, que dice:

 

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: las campanas doblan por ti.

 

Pero hemos sucumbido al mal de nuestros tiempos: vivir la comunidad en tercera persona, instalados en la comodidad de la inopia y el egocentrismo; sostenemos diálogos no para escuchar, sino para ser escuchados; relegamos la empatía y le dimos demasiada valía a nuestro argumento individual, y con él apaciguamos nuestras consciencias. Si la muerte de estas y todas las víctimas puede servir de algo, deberá ser para que despertemos. En este país ya huele a sangre, y las campanas hace rato están sonando.

 

[email protected]@_alan_santacruz | /alan.santacruz.9

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

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