Opinión

Por un nuevo ateísmo / El peso de las razones

 

El Caso Galileo constituye un mito, así como un paradigma, para quienes se interesan por las relaciones entre la fe y la ciencia. Como afirmó el Papa Juan Pablo II en su discurso del 31 de octubre de 1992 ante la Pontificia Academia de las Ciencias, con motivo del 350 aniversario de la muerte de Galileo, “a partir del siglo de las luces hasta nuestros días, el Caso Galileo se ha convertido en una especie de mito, en el que la imagen de los sucesos que se había construido estaba bastante lejos de la realidad. En tal perspectiva, el caso Galileo constituía el símbolo del pretendido rechazo, por parte de la Iglesia, del progreso científico, o del oscurantismo dogmático opuesto a la libre búsqueda de la verdad. Este mito ha jugado un papel cultural considerable; ha contribuido a fijar en muchos hombres de ciencia de buena fe la idea de que habría incompatibilidad entre el espíritu de la ciencia y su ética de investigación, por una parte, y la fe cristiana por otra. Una trágica recíproca incomprensión ha sido interpretada como el reflejo de una oposición constitutiva entre ciencia y fe”.

El debate de los científicos contra las religiones institucionales ha sido acalorado las últimas décadas. Así lo dejan ver los recientes títulos de los ateos militantes Daniel Dennett, Richard Dawkins, Christopher Hitchens, Martin Amis, Michel Onfray y Philip Pullman. El científico Steven Weinberg, en su reseña de algunos de estos títulos para el The New York Review of Books, resume algunas de las tensiones entre religión y ciencia presentes en el debate contemporáneo:

  1. En primer lugar, dice, la religión consiguió mucha de su fuerza a partir de la observación y explicación de fenómenos misteriosos que parecían requerir de la intervención de un ser divino para ser comprensibles. Dados los asombrosos avances explicativos de la ciencia, pareciera que ya nada debiera requerir la intervención sobrenatural para ser explicado.
  2. Según Weinberg, “estas explicaciones han puesto en duda el rol especial del hombre como un actor creado por Dios para representar el papel estelar en un gran drama cósmico de pecado y salvación”. La respuesta para ellos es fácil: desde Darwin se ha comprobado que el ser humano no es especial, sino una de tantas y entre tantas especies.
  3. También, para estos hombres pareciera que las leyes de la naturaleza dejan a Dios con las manos atadas. Pues si los fenómenos naturales pueden ser explicados causalmente, no es necesario un Dios que intervenga como puente entre las causas y los efectos.
  4. Una cuarta fuente de tensión es la que respecta al concepto de autoridad. Las religiones institucionales descansan sobre una autoridad: un profeta o un papa, y/o sobre textos sagrados. La ciencia también recurre a autoridades, pero de distinto tipo: expertos en materias específicas, pero, con la diferencia que el avance científico requiere tomar cualquier autoridad en principio como seguramente falible.   

Con esta argumentación sencilla, Weinberg resume el debate, que como conclusión pareciera disolver el conflicto y mostrar como carente de sentido cualquier pregunta que trate de conciliar bajo cualquier aspecto a la religión con la ciencia.

En su libro más reciente, The Meaning of Belief (2017), Tim Crane -investigador de la Universidad Central Europea en Budapest- ha cuestionado un par de supuestos que se encuentran entre el credo de los ateos militantes. En primer lugar, Crane no cree que sea central a las religiones un conjunto de creencias cosmológicas. Aunque las tengan, es mucho más esencial a ellas un cierto sentido de lo trascendente. En segundo lugar, Crane cuestiona que tenga algún efecto retórico el tipo de argumentos que los ateos militantes presentan: de poco sirve señalarles a los creyentes que sus creencias cosmológicas son falsas, en tanto que éstas no son esenciales a la religión. La mayoría de los creyentes lo son en tanto encuentran en una u otra religión un sentido comunitario de pertenencia.

La novedad del libro de Crane, necesario para todas y todos los que nos consideramos ateos, es que presenta un ateísmo mucho más sofisticado, en el cual no se considera que todos (ni siquiera la mayoría) de los males del mundo se los debemos a las religiones, ni reduce a las religiones a sistemas de creencias, y por tanto busca explorar el indudable atractivo que siguen y seguirán teniendo las religiones en el mundo. Para Crane, un ateo sofisticado es tolerante con las religiones, en tanto se circunscriban a la ley, y comprende su atractivo y su razón de ser. Nigel Warburton consideró el libro de Crane uno de los cinco más importantes de filosofía en 2017, y seguramente tiene razón. Espero una pronta traducción para los lectores del castellano.

 

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Mario Gensollen

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