Opinión

Un tirito / Piel curtida

 

Durante la temporada de Feria en Aguascalientes es posible encontrar un espacio donde todas las edades, géneros, edades códigos postales e identidades confluyen en torno a la algarabía, y aunque la postal producida puede ser bellamente interpretada como un momento de verdadera convivencia, también permite observar prácticas que continúan siendo un reto para lograr ese espejismo similar al de los panfletos de algunas religiones.

Durante un breve trayecto al interior de la zona de la verbena observé una práctica que me parecía un tanto infantil al reconocer la aglomeración en el entorno que obliga a una proxemia muy cercana: varios hombres al pasar cerca de otro golpeaban sus hombros, concentrando fuerza en el punto para empujarlo hacia adelante para abrirse paso, otros incluso impulsando su torso hacia delante y sacando la mandíbula, otros tantos girando sobre su eje tras el contacto para sacar el pecho y abrir las manos retando al extraño a un tirito, a una pelea.

La violencia ha estado asociado a lo masculino y encarnada en los hombres, al menos en el mundo occidental de manera histórica. Hacer esta distinción entre lo masculino y los hombres, sin dejarlos por separado, es pertinente pues el pensamiento, símbolos y códigos tanto de lo masculino como de lo femenino trascienden más allá de los sexos, pero retornan a su punto medular de creación.

Es común identificar la presencia de un tipo de violencia potencial en los hombres, así como la física señala la energía potencial: contenida, en gran medida por la posición del cuerpo y que puede transformarse fácilmente en movimiento… en violencia ejercida. Sin embargo, no están exentas las mujeres, aunque sí con mucha menor frecuencia.

En uno de los establecimientos de la zona de antros de la Feria dos chicas chocaron entre sí de espaldas, una al estar bailando y la otra tomando una cerveza, líquido que derramó por el impulso detrás de sí. La reacción de la segunda fue muy similar a la que había observado en algunos hombres durante mi trayecto hacia el sitio: el pecho inflado, los brazos abiertos en posición de recibir el primer golpe, la quijada firme hacia delante y un vaivén corporal de incitación a echarse un tiro. Si bien, la violencia se puede llegar a ejercer por cualquier persona, es el entorno masculino el que ha impuesto los puños para la defensa y el esclarecimiento de incidentes, dejando del lado femenino, y mal concebido como débil, a la protección de sí y el diálogo.

La violencia es la justa materializada por demostrar la posición de poder de uno sobre otro, incluso en momentos donde no corre riesgo nuestro espacio personal ni nuestra integridad, al menos no hasta después de emprender la competencia. Como en las carreritas, momento en el cual se reta a un extraño en el coche de junto para demostrar pericia mecánica, posesión de un equipo potente y arrojo… masculinidad simbolizada en fuerza y rapidez. No es azaroso que la principal causa de muerte en hombres jóvenes sean actos violentos: accidentes -la mayoría viales- y homicidios.

En la estructura de símbolos de la sociedad, el cuerpo trabajado de los hombres con piernas, pecho y brazos firmes es atractivo pues se encuentra asociado a una reminiscencia primitiva asociada a la capacidad de recolección y cuidado que se encarna en una figura con dichas características, sin embargo, desde las primeras guerras e invasiones de la historia, ejercer violencia se ha posicionado como símbolo de poder que ha encumbrado lo masculino, trasladándolo de la protección al potencial de infringir daño. En nuestro tiempo, ¿la violencia enamora?

Durante una charla con una amiga, comentaba sobre la necesidad de estrategias y programas para reeducarnos en torno a la violencia para dejar de aplaudir sus actos de presencia en prácticas que llegan a interiorizarse de tal manera que no sólo se aprecian como comunes, sino que también se llegan a promover. Muchas personas les dicen a sus hijos que si son víctimas de bullying se los chinguen, que no se dejen… que no sean maricas. Dejando de lado por una parte, el reconocer que la víctima se encuentra en una desigualdad de poder por lo cual, primero se identifica como blanco susceptible y, por otro lado, se encuentra inserto en una dinámica que le suministra miedo. ¿No existen alternativas a la violencia?

Durante una de mis fiestas de cumpleaños me encontraba con mi pareja de ese momento en una cava cuando escuchamos que sobre nosotros se estaban peleando algunas personas. En un momento dos tipos se encontraban peleando a puño cerrado y bajando por las escaleras que llevaban al lugar donde nos encontrábamos. Cerró la puerta para impedir que continuaran su camino al interior de la bodega de vinos y al escuchar un golpe seco, seguido de un espacio de silencio, gritó: ¡Ya está, ya estuvo!, ¡te lo chingaste!, ¡Se acabó! Todo se convirtió de nuevo en tranquilidad.

El tirito, las consideradas pequeñas riñas, se ha convertido en una forma de solución de conflictos, discrepancias, conciliación y hasta una expresión de cariño entre algunos hombres, aunque no por eso deja de ser dañina. ¿Será posible reconocer que el perjuicio al otro, el posicionarse sobre el otro no es una de las maneras saludables de convivir? Por otra parte, las asociaciones civiles y las instituciones continúan haciendo contención al emprender acompañamiento a víctimas de violencia, implementando acciones para la defensa y la persecución de delitos, pero ¿qué tanto estamos apostando de igual manera a transformar el entorno para minimizar la necesidad de bloquear la violencia? Durante una inundación se puede tratar de evitar que suba el nivel con cubetazos pero, ¿no deberíamos mirar hacia atrás y hacia dentro para encontrar la fuente que nos ha llevado a tener el agua hasta el cuello?

 

@m_acevez | [email protected]


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Juan Luis Montoya Acevez

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