Opinión

Votantes y votos / Memoria de espejos rotos

 

Porque somos más, jalamos más parejo,

porque está siguiendo a una bola de pendejos

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que nos llevan por donde les conviene,

y es nuestro sudor lo que los mantiene,

los mantiene comiendo pan caliente;

ese pan es el pan de nuestra gente.

Gimme the power – Molotov

 

La lista nominal de electores para este proceso federal 2018 se integra por 89,333,334 ciudadanos con posibilidad de votar. Un repaso histórico por los resultados de participación electoral nos permite inferir un esperado de ocurrencia a las urnas de un 65% de la lista nominal, es decir, unos 580,666,671. De éstos, la conformación de los conglomerados de intención de voto muestra datos interesantes.

Para este análisis propongo una estimación del factor que -de acuerdo a la hipótesis- será uno de los factores decisivos para el resultado electoral: el llamado Voto Indeciso. Este voto, manifestado como la intención de sí acudir a la urna, pero no haber decidido el sentido del sufragio, de acuerdo a las distintas encuestas de intención electoral y sus tendencias se puede estimar en alrededor del 15% de los votantes. Puesto así, un cúmulo de 87,100,000 personas manifestarían en los sondeos no saber o no querer decir por quién van a votar. ¿Por qué un elector querría no expresar su intención de voto? Las razones pueden ser varias, desde la desconfianza hacia las encuestas (recordemos que la elección de 2012 fue marcadamente influida por resultados de sondeos que inflaban artificialmente al PRI), hasta la desconfianza en los encuestadores y sus empresas, al temer el elector que sus datos puedan ser utilizados con fines partidistas, o de distribución de apoyos sociales gubernamentales. Ninguna de estas razones de desconfianza es gratuita, pero permiten intuir -si nos afianzamos a la validez de éstas- que el voto indeciso podría decantar en cuatro vertientes: o a AMLO, o a Anaya, o a Zavala, o al limbo de la nulidad; pero -presumiblemente- no hacia Meade. Sin embargo, la desconfianza mayor a la hora de no saber declarar una intención de voto, estiba en que el ciudadano no desconfía tanto en las encuestas, sino en los partidos, candidatos y la oferta política, y -en verdad- no sabe cuál de los proyectos implica un “mal menor”.

Si tomamos por cierto el párrafo anterior, nos vemos en la posibilidad de establecer el sentido del llamado Voto Útil. Este tipo de voto se dirige a apoyar primordialmente a quien -a pesar de no ser la primera opción del elector- sí puede dar pelea para una victoria electoral contra una opción que decididamente no figura entre las preferencias del votante. En este sentido, el voto útil favorecería o AMLO o a Anaya.

Otro tipo de voto que es necesario tomar en cuenta para el análisis es el llamado Voto Duro; es decir, el voto de pertenencia partidista que -aunque al paso de los procesos electorales y de la deslegitimación de los partidos políticos se haya erosionado- sigue manteniendo bastiones territoriales para las fuerzas políticas. Aquí, el voto duro más erosionado es el del PRI, cuya culpa corresponde estrictamente a los propios priístas, desde el presidente Peña hasta los líderes territoriales; el del PAN mermó con la salida de Zavala y la alianza con el PRD; el del PRD mermó con el éxodo a Morena y la alianza con el PAN. Aquí se presenta un fenómeno interesante: el partido (o alianza de partidos) que tiene un voto duro menos cuantificable -por su condición de novedad y por haberse nutrido de la erosión de las demás fuerzas- es, justamente, Morena.

Así, podemos revisar el siguiente tipo de voto efectivo a este análisis: el Voto Volátil; es decir, el voto que no tiene pertenencia partidista, pero que sí se ejerce en la urna, que varía de acuerdo a distintas categorías de selección, como el contexto, el candidato, la plataforma, la competencia, e -incluso- otras de índole psicográfico, como las motivaciones netamente emocionales al momento de elegir políticamente. Este voto volátil es poco cuantificable, y obedece precisamente al cúmulo de indecisos, pero también a los votantes con preferencia declarada que -durante el transcurso de los 90 días de campaña- podrán mutar su orientación de voto.

De esta forma, podemos ver que la elección no será, como en otros procesos electorales, primordialmente una batalla de votos duros; sino de captación de electores volátiles e indecisos. Esta captación se dará (como hemos visto) con guerra de medios y redes que, paradójicamente, en su abuso lograr hastiar más de lo que atraen al electorado. Sin embargo, esta elección sí compartirá con los otros comicios la férrea batalla en la operación de tierra el día de la jornada. Operación a la que se suma la infraestructura de Morena, ya que esa misma operación fue su talón de Aquiles en las anteriores elecciones en las que compitió AMLO.

Ahora, la composición del electorado por grupo de edad también es interesante: el gran pico de electores tiene entre 20 y 29 años, y suman el 24% del electorado efectivo; es decir, unos 21,000,000 votantes. Este grupo de edad, por su condición generacional, tiene sesgos históricos que le hacen no aquilatar factores (y actores) políticos como el Régimen de Partido Hegemónico, el papel histórico de Bartlett, los “Nuevos Pesos” y las crisis económicas de las décadas de los 80 y los 90, las muertes de Colosio o de Maquío Clouthier, o la existencia de la Guerrilla Zapatista. En cambio, este grupo de edad basará su intención de voto en la campaña de medios y redes, con sus bulos, fake news, y campañas negras.

Como fuese, la moneda está en el aire y -aunque hay tendencias claras, como se ha visto en los escenarios electorales ofrecidos en esta columna- aún no hay nada para nadie; y eso porque la Caja de Schrödinger que es esa urna de votos volátiles e indecisos, no le debe lealtad a ningún partido y podrá decantarse hacia cualquier lado, en función, muchas veces, de motivaciones emocionales que poco tienen que ver con el análisis de pros y contras que tiene cada una de las fuerzas, basado en la historia, en el presente, y en la proyección del futuro. Visto así, el ganador de la elección puede ser el hartazgo, y sólo falta saber de qué color va a ir pintado.

Creo que un retrato sobre la volatilidad de la política partidista está dibujado claramente en el hecho de que la hija de Maquío -Tatiana Clouthier- coordina para AMLO, y que el hijo de Colosio, Luis, trabaja para el frente PAN-PRD-MC. Dos huérfanos de la voracidad política renuncian a su herencia partidista y orientan sus esfuerzos a proyectos que hace cinco años podrían ser insospechados. Así el elector promedio, el indeciso, el hastiado, el volátil, se orientará de forma indeterminada, y los partidos harán hasta lo indecible por captarlo.

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

1 Comment

  1. 05/04/2018 at 13:13 — Responder

    Si bien el voto, de cualquier tipo y orientación, define al ganador y a como están las cosas no hay nada para nadie, hay que pensar en aquel que sin haber votaciones ya se siente ganador por los “votos” en encuestas, las mediciones, juicios y prejuicios de especialistas y seudoespecialistas. Esto me hizo vislumbrar al México postelectoral, -bueno, mejor dicho al candidato- al que se pronunciará si no gana quien pensó que ganaría, al que dirá que a chuchita la bolsearon y le volaron los votos -volátiles- …..Está para preocuparse si no gana el que dijo que le dijeron que ganaba porque ganaba y ya le tocaba…
    No se que pasará y qué hará…

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