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Cuando las palabras viejas ya no sirven para designar un mundo nuevo hay que inventar otras palabras | Entrevista a Andrés Barba sobre República Luminosa

  • Una novela de tono angustioso, construida metódicamente, para enfrentarnos con los muchos mitos que sobre la infancia, la inocencia, hemos ido construyendo como sociedades

 

La aparición de 32 niños aparentemente sin ley en San Cristóbal será el punto de partida para uno de los hechos más dramáticos que los habitantes de esta pequeña población encajonada entre la selva y el río de un país que desconocemos, recordarán. Este hecho será también el punto de partida de la novela República Luminosa (Editorial Anagrama) del escritor español Andrés Barba (Madrid, 1975), quien se hizo acreedor al 35 Premio Herralde de Novela en 2017.

Una novela brillante, poderosa, misteriosa, construida a manera diario por uno de los testigos de estos hechos, quien nutrirá su crónica con reportajes, artículos, documentales, que intentan dilucidar el hecho de los treinta y dos niños que vagaban por la ciudad y que trastocarían para siempre la idea de la bondad, de la inocencia intrínseca de los niños. En esta República Luminosa, el autor de este texto, un en donde el protagonista tratará de atrapar todas las pruebas, todas las versiones, todos los rumores, que intentan dilucidar y entender el misterio que rodeó a la extraña aparición de estos niños que impusieron el miedo, la incertidumbre, en la ciudad al ser los perpetradores de varios delitos y de extraños acciones aparentemente anárquicas, que sin embargo golpearan con fuerza en el imaginario colectivo de la ciudad, desnudando los prejuicios de una pequeña ciudad, que se verá confrontada en sus valores, en sus ideas, por un grupo de niños.

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El protagonista de la novela, del cuál desconocemos casi toda su vida, es un funcionario de Asuntos Sociales, que fue trasladado a San Cristóbal veintidós años de los hechos que nos irá develando poco a poco. Una novela de tono angustioso, construida metódicamente, para enfrentarnos con los muchos mitos que sobre la infancia, la inocencia, hemos ido construyendo como sociedades. Una novela que nos enfrentará con esos mitos, estos prejuicios que nos sirven como protección ante ese lado oscuro, profundo, que esconde la infancia. Barba va construyendo una novela que además de confrontarnos con estas imágenes profundamente inquietantes de la libertad de estos niños de los que nadie conoce su origen. Una novela, en fin, que nos pasea por un mundo idílico que se desmorona y que deja ver en esta caída los bordes, los filamentos, con los que están construido el miedo, la inquietud, la incertidumbre.

Conversamos con Andrés Barba, autor que se dio a conocer en 2001 con el libro La hermana de Katia y que después ha desarrollado una muy profunda obra narrativa con obras como Versiones de Teresa (Premio Torrente Ballester), Las manos pequeñas. También ha desarrollado una obra ensayística en la que destacan libros como Caminar en un mundo de espejos y La Ceremonia del Porno (escrito junto a Javier Montes, y con el que se hizo acreedor al Premio Anagrama de Ensayo). Además, ha publicado el libro de poesía Crónica Natural y junto al pintor Pablo Angulo ha publicado el Libro de las caídas y Lista de desaparecidos.

Javier Moro Hernández (JMH): Andrés, ¿cómo iniciaste el proceso de escritura de República Luminosa? ¿Cuál podría ser la idea que le dio pie a su escritura?

Andrés Barba (AB): La idea que dio pie a todo fue una mezcla entre la influencia de una traducción de los cuentos completos de Conrad que estaba haciendo con mi mujer para la editorial mexicana Sexto Piso y un documental que vi de un director polaco titulado Los niños de la estación de Leningradsky, sobre una comunidad infantil que vivía en el metro, en Rusia. Me parecía que Conrad daba la clave para contar esa historia de una manera perfecta.

JMH: Uno de los temas que me parecen esenciales para entender tu novela es la sensación de desconcierto que produce la independencia de estos 32 niños, que se pasean libre y violentamente por San Cristóbal. Hemos terminado por identificar inocencia e infancia. Por supuesto esto no siempre es así. Algo que también descontrola a los lectores. Creo que la imagen de estos chicos libres, “violentos” desafía nuestras propias ideas, que al final funcionan para otorgarnos cierta comodidad de conciencia.

AB: La infancia es una edad tan cargada de oscuridad (por supuesto también de luz) como cualquier otra etapa de la vida, pero desde nuestra perspectiva a veces puritana nos negamos a aceptar sus manifestaciones. Basta con recordar sin cursilería la propia infancia para reconocer al instante que -no importa que fuera una infancia feliz- también existía el miedo, el rencor, la insatisfacción, la envidia… Y que precisamente como uno era niño y no tenía armas para combatirlos esos sentimientos muchas veces se apoderaban de uno con una fuerza desasosegante.

JMH: En ese sentido, San Cristóbal también nos produce la sensación de un lugar idílico, atrapado en el pasado, alejado del mundo caótico de las grandes ciudades. Pero esto imagen también se romperá. De hecho, este quebrantamiento de metáforas (la inocencia del mundo, la inocencia de la infancia) me parece que es uno de los hilos conductores de la novela: La humanidad se ha construido estos mitos que parecen alejarnos de la maldad. Sin embargo, en este mundo la “maldad” reaparece en la figura de estos niños que parecen no respetar la ley, no tener ley. Quería preguntarte sobre este tema, sobre este quiebre de metáforas.

AB: En realidad, no es que lo niños no tengan ley, sino que tienen una ley distinta de la ciudad de San Cristóbal. Miden el mundo, el bien y el mal, con unas medidas distintas, y por eso dan miedo a los habitantes supuestamente civilizados de la ciudad. Las metáforas como tú dices se quiebran cuando de pronto descubrimos que su contenido era falso. Aquí lo que se quiebra es algo que decimos con la boca, pero no creemos con la cabeza ni con el corazón: que todos los niños son iguales. La prueba está en que nos los tratamos igual. Ni familiar, ni social, ni nacionalmente.

JMH: Otro elemento que me llamó mucho la atención de la historia de los niños es el tema del “idioma” que hablan entre ellos. Este tema también me habla de un quebrantamiento de las reglas sociales: No sólo viven libres, en un lugar que nadie conoce, hablan “otro” idioma. Me pareció interesante, por las implicaciones sociales, pero también por las implicaciones metafóricas, por llamarla así. No es otro “idioma”, otra “lengua” es una deformación, es una exageración, que nos descubre un mundo meramente infantil, inocente en muchos sentidos, pero que para ellos les confiere identidad.

AB: Cuando las palabras viejas ya no sirven para designar un mundo nuevo hay que inventar otras palabras, las palabras viejas no sirven. Cada generación inventa su propia dialéctica, negadora de la generación que la precedió. De pronto me pareció bonito que estos niños inventaran un lenguaje completamente. La relación entre los niños y el lenguaje es muy intensa y tiene dimensiones que se pierden para el adulto.

JMH: Por supuesto a la “libertad” y “violencia” de los niños la respuesta de las autoridades y fuerzas vivas de San Cristóbal también me hablan de la incapacidad de nuestras sociedades para actuar fuera de nuestros parámetros, de pensar más allá de lo que la costumbre nos ha enseñado. Somos incapaces de entender este nuevo mundo que los niños de San Cristóbal están construyendo, por lo tanto, la respuesta es la represión, la violencia. Algo que me parece muy sintomático.

AB: El otro genera siempre miedo. Siempre pensamos que la presencia de quien es distinto va a acabar con el orden que hemos construido, por eso somos hostiles racialmente, socialmente, religiosamente. El otro nos pone en compromiso, nos dice que tal vez somos inferiores en ciertas cosas, su presencia nos amenaza. Por eso es necesario acabar, con la razón, con los miedos del corazón. No es ilógico sentir ese miedo y no es bueno negar que existe, ese miedo es muy lógico, pero podemos sobreponernos a él.

JMH: Contada por un testigo de los hechos, es una historia confesional, que además reconstruye la historia partir de otros elementos: reportajes, notas periodísticas, documentales, ensayos académicos, los diarios de Teresa. ¿Cómo fue el proceso de construir una novela con esta estructura de reconstrucción?

AB: Quería hacer una novela social, una novela en la que se intercalaran muchos tipos de discursos y lenguajes, de voces, tan importante como la historia era que el lector comprendiera que todas nuestras acciones, por pequeñas que sean, tienen también una dimensión política que no podemos evitar. Hasta decir que no nos interesa la política es un posicionamiento político. Aquí me interesaba mucho el tema de la verdad, cuando una ciudad ha vivido un episodio traumático, ¿Quién decide la verdad, quien consensua el discurso y en última instancia: quién dice lo que pasó aquí fue esto?

JMH: Por supuesto el título de la novela también nos deja con una sensación de incertidumbre, de certezas rotas ¿Qué nos enseña la República luminosa de estos niños?

AB: Que incluso en un terreno tan blindado como lo infantil hay posibilidades de disidencia. Siempre hay otros mundos posibles, y están ahí. Y si podemos conocerlos también pueden transformarnos.

 

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Javier Moro Hernández

Javier Moro Hernández

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