Opinión

De Tlacuilo a Cátedra / Cátedra

La columna Tlacuilo nació con La Jornada Aguascalientes, en su primer viernes que fue el 5 de Diciembre del año 2008 y concluyó el viernes 24 de Febrero del 2017. Durante ese lapso tratamos temas diversos, tanto teóricos como históricos, actuales y de proyección futura, de índole local, nacional e internacional, que permanecen en el archivo del diario a disposición de usted, estimado lector.

Gracias a la comprensión y estímulo de nuestro director Francisco Miguel Aguirre Arias y su valioso equipo -en el que para los colaboradores de opinión destaca por su apoyo cotidiano nuestro director editorial Edilberto Aldán- el día de hoy se restablece la columna, ahora con el título de Cátedra.

 

¿Por qué Tlacuilo?

Algunos lectores me llegaron a preguntar el significado de la palabra tlacuilo; cuando se trataba de dar una respuesta rápida, daba la explicación sencilla pero imprecisa, en el sentido de que Tlacuilo es el que escribe.

Ahora aprovecho la ocasión para satisfacer la curiosidad de quienes deseaban saber un poco más. Le impuse ese título a la columna no porque yo quisiera calificarme como escritor, sino para reconocer nuestras raíces prehispánicas en el más noble y avanzado aspecto de la cultura Náhuatl. Etimológicamente, el término está integrado por las raíces tla, que significa abundar, recopilar, comprender y kuiloa, dibujar, pintar.

De acuerdo con esto, simplificándolo mucho podríamos entender por Tlacuilo aquella persona que se especializaba en una rama de su cultura y la transmitía pintando códices, piezas de cerámica o murales, o esculpiendo estelas conmemorativas o bloques de piedra en obras monumentales como templos, juegos de pelota, etc.

Oswald Spengler, el filósofo del Siglo XX que estableció el estudio sistemático de las culturas como el hilo conductor de la Historia, colocó a la cultura mexicana precolombina entre las seis más importantes de la antigüedad, antes de la europea y dice de ella:

“…esta cultura es el único ejemplo de una muerte violenta. No falleció por decaimiento, no fue ni estorbada ni reprimida en su desarrollo. Murió asesinada…”

“Todos aquellos Estados, entre los cuales había una gran potencia y varias ligas políticas… con una sociedad [hi]perespiritualizada y distinguida en las grandes ciudades, tal que el Occidente de entonces no hubiera podido igualar, todo eso sucumbió y no por resultas de una guerra desesperada, sino por obra de un puñado de bandidos que en pocos años aniquilaron todo de tal suerte que los restos de la población muy pronto habían perdido el recuerdo del pasado.”

Como se verá, no se trata de revivir lo que está muerto y enterrado, que es como quedaron nuestras culturas ancestrales después de que fueron arrasadas por los bárbaros europeos, que para nosotros son orientales, no occidentales.

Lo que yo pretendí, en fin, al utilizar el término Tlacuilo, consistió en rendir homenaje a nuestras culturas madre mesoamericanas encabezadas por la Olmeca, la Maya y la Náhuatl, pues como mestizos que somos llevamos en nuestra memoria genética la herencia del Anáhuac, aunque muchos que se dicen mexicanos renieguen de ella y arrodillen su complejo de inferioridad ante lo extranjero solo por ser extranjero; pero llevamos también la herencia de los pueblos de todos los confines que se cruzaron en el territorio de este nuestro Continente, encontrando en el mestizaje de América Latina, del Anáhuac al Tahuantinsuyo, el inicio del surgimiento de una especie superior concebida por José Vasconcelos como la Raza Cósmica, que nutrirá con un nuevo vigor espiritual a esta Humanidad en decadencia.

 

¿Por qué ahora Cátedra?

De acuerdo con los usos periodísticos no es recomendable modificar el título de una columna porque la antigüedad cuenta en el ánimo colectivo, en caso de que la calidad del trabajo realizado hubiera conseguido alcanzar algún prestigio.

Sin embargo, al reanudar mi columna he decidido correr el riesgo pero no porque pretenda dar cátedra de nada, sino para retomar la ilación de la etapa de mi vida en que publiqué la revista independiente de la Universidad Autónoma de Aguascalientes que llevó precisamente el título de Cátedra, en la que se dio cuenta de la batalla que presentamos algunos estudiantes y profesores por evitar que, al intervenir en escena pero tras bambalinas un personaje siniestro de nombre Rudolph Atcon, en 1973, se abandonara el proyecto de Ley Orgánica que el rector Álvaro de León Botello había preparado para la transformación del Instituto en Universidad dentro del esquema latinoamericano; ese abandono traería como consecuencia -como ocurrió en efecto en 1974- que dejáramos de pertenecer a la Universidad Nacional Autónoma de México a la que estábamos incorporados en reconocimiento a la alta calidad académica que alcanzó el Instituto de Ciencias desde que fue reorganizado al término de la Revolución; incorporación que perdimos cuando más necesitábamos el apoyo de la UNAM, tanto para recuperar la calidad perdida a raíz del mezquino conflicto de 1948, como para estructurar el nivel profesional que se estableció en una forma totalmente improvisada.

Atcon, quien desde 1958 estaba dedicado a desnaturalizar las universidades latinoamericanas, consiguió que el último rector del Instituto impusiera, de manera abusiva, totalitaria y por tanto antidemocrática, el peor estilo de universidad mercantil estadounidense: el departamental, sin que mediara la debida convocatoria para que la comunidad universitaria conociera y analizara los términos de aquel proyecto espurio que en ningún momento fue sometido a su consideración, sin darle oportunidad alguna de discutirlo para presentar las propuestas que le parecieran pertinentes.

Nosotros hicimos todo lo que estuvo de nuestra parte manifestándonos en contra del procedimiento inicuo, pero no logramos evitar que se consumara aquel despropósito, debido al temor que se logró infundir en nuestros simpatizantes con las medidas represivas cada vez más agresivas, que dejó una mancha imborrable en el proceso del cambio de nombre del Instituto de Ciencias por el de Universidad, con el ambiente carcelario que es todo lo contrario de lo que necesita la gestación de una verdadera institución universitaria.

El 28 de mayo de 1975 se consumó la vileza de destituir al catedrático José Antonio Chávez Paura, por el grave delito de ofrecer una conferencia en el auditorio de la Escuela de Bachillerato, así como la de expulsar al grupo de estudiantes que lo habían invitado para conocer los argumentos que sustentaban nuestra lucha, que en ningún momento dimos por concluida.

Ante la falta de condiciones propicias para el ejercicio de la libertad de expresión que privaba dentro de la UAA, no quedó más remedio que denunciar públicamente lo que allí estaba ocurriendo por conducto de los diarios locales, pero entonces vino lo peor: el gobernador del Estado, en descarada violación de nuestra garantía constitucional y de la Ley de Imprenta, prohibió a los medios de información que nos publicaran escrito alguno. Fascismo puro.

Por esa razón fundé en el siguiente mes de junio de 1975, con todas las carencias, limitaciones y amenazas, la revista Cátedra que con la gallarda colaboración de algunos estudiantes y profesores redactamos, imprimimos y distribuimos en los puestos de periódicos de la ciudad, así como en las universidades nacionales y latinoamericanas.

El 5 de diciembre de 1975 hice uso de la palabra en defensa de la autonomía universitaria en un acto político disfrazado de académico que organizó el rector para recibir al candidato del PRI, mitin que había sido condenado por estudiantes y profesores. El resultado fue que el invitado -posterior presidente de la República- sin dar tiempo a nada pronunció un breve pero contundente discurso en el que felicitó a la UAA por la discrepancia que con todos los riesgos se acababa de ejercer y, respetuoso de su autonomía, justificó su presencia con base en la invitación que el rector le había hecho asegurándole que era en nombre de todos los estudiantes y profesores, retirándose acto seguido sin despedirse.

Al inicio del siguiente ciclo escolar en febrero de 1976 recibí la notificación del rector de mi destitución de todas mis cátedras).

No le contesté, pero recurrí ante el Consejo Universitario para solicitarle su intervención en el caso, lo que condujo a un juicio obsceno con el que se enlodó al Consejo, ya que fue un catálogo de atropellos a todos los principios de Derecho habidos y por haber, pues por principio de cuentas fui juzgado en ausencia porque no se me permitió estar presente ¡en mi propio juicio!; los jueces y verdugos fueron mis propios acusadores y además debió serles tan difícil y complicado que duró un año entero, todo para notificarme que la resolución ratificaba en todos sus términos la expulsión dictada por el dictador.

Decidí renunciar al recurso legal porque lo que menos me interesaba era tramitar una demanda laboral que hubiera ganado con seguridad. Lo que a mí me importaba era asegurarme de hacer llegar a la comunidad universitaria el mensaje de rebeldía contra la represión del pensamiento crítico, sin el cual la verdadera Universidad no existe aunque luzca el nombre a todo color mediante las atractivas técnicas de eso que ahora llaman marketing.

En 1978 di por terminada la revista Cátedra, que no fue sino una etapa más en mi lucha permanente por la Universidad, ya que como queda demostrado durante los cuarenta y dos años transcurridos desde entonces, he publicado numerosos documentos en medios diversos e impartido conferencias -no en defensa mía sino de los principios universitarios- en diferentes tribunas, entre otras el aula magna de mi Facultad que es la de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Hoy, 25 de mayo del año 2018, retomo el espacio que La Jornada Aguascalientes me ha brindado desde su nacimiento para dar mi última batalla por la Universidad, de la que nunca he estado ausente porque la verdadera Universidad jamás desconocerá como sus herederos intelectuales y espirituales a quienes sean capaces de discrepar y de pensar por sí mismos.

 

¿Por qué “Por la Unidad en la Diversidad”?

Porque con este lema nació la revista Cátedra, para significar que la verdadera Universidad Autónoma de Aguascalientes -sin dejar de reconocer que hay quienes han luchado y siguen luchando por su dignificación en su propio seno con los riesgos que ello implica- solo existirá con toda plenitud en tanto sea capaz de conjugar todos los pensamientos, por contrapuestos que sean, para perseguir su máximo propósito que es la búsqueda de la verdad. Es decir, cuando demuestre, en los hechos, lo que proclamó Javier Barros Sierra al convocar a la comunidad universitaria para iniciar la apoteósica marcha del 68: ¡Viva la discrepancia, porque es el espíritu de la Universidad!

 

¿Y por qué América Latina?

El primer documento en el que utilicé la expresión América Latina para identificar el lugar donde los escribo o desde el cual remito mi correspondencia, fue mi tesis profesional en 1965. El propósito: manifestar mi solidaridad con la idea lanzada por el venezolano Francisco de Miranda a finales del siglo XVIII, en el sentido de constituir una federación de naciones que garantizara la organización política, pacífica y necesaria para que los pueblos de nuestra Región Latinoamericana pudieran desarrollarse en verdadera libertad garantizada por una verdadera soberanía, para conquistar una eficaz justicia económica y una auténtica seguridad social.

La misma idea que Simón Bolívar quiso convertir en realidad en su convocatoria al Congreso anfictiónico de Panamá en 1824 y que no ha sido posible hasta la fecha por la falta de solidaridad entre nosotros y por el afán de dominio de las “potencias” de toda laya que nos siguen saqueando desde 1492 y que nos seguirán saqueando mientras no seamos capaces de superar el complejo de inferioridad en que nos tiene hundidos la falta de confianza en nosotros mismos, que nos impide valorarnos como seres humanos iguales a cualquier otro en este mundo.

Y en esto también tendrán mucho que ver las instituciones que, sin serlo actualmente, se conviertan en verdaderas universidades cuando en lugar de enseñar a los estudiantes que el éxito es el propósito de su existencia, tengan el arrojo de transmitirles el mensaje de la otra sentencia del gran maestro Javier Barros Sierra: ¡Viva la discrepancia porque es lo mejor para servir!”

 

“Por la unidad en la diversidad”

Aguascalientes, México, América Latina.

 

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Netzahualcóyotl Aguilera R. E.

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