Opinión

El miedo en México / Piel curtida

 

Hace algunos días estaba escribiendo después de medianoche, cuando me di cuenta de que una patrulla con las torretas encendidas se encontraba estacionada fuera de la casa, al lado de la ventana de mi cuarto que da hacia la calle. Continué como de costumbre por varios minutos más y me sentí confundido al percatarme de que el vehículo de los gendarmes no se retiraba para continuar con, lo que había pensado, un patrullaje de rutina. Preferí apagar la luz por un momento y me adentré a la cocina para tomar un poco de leche y pan, en espera de que los policías se hubiesen retirado. Regresé al escritorio, al escaparate de la noche, y lo hicieron también las luces rojiazules. Durante la más de media hora que seguí tecleando me acompañaban los integrantes de los llamados cuerpos de seguridad, cuya presencia persistente fomentó irónicamente un sentimiento de preocupación, luego de miedo; finalmente son administradores de la violencia. El sitio donde me encontraba le considero un tipo de suburbio estancado entre el Centro y la supuesta zona dorada de la ciudad, por lo que incluso llegué a considerar que el tener la ventana abierta, permitiendo que saliese un poco de luz, era bastante sospechoso para un lugar donde a partir de las siete de la noche el flujo vial es muy escaso y las aceras parecen muertas. Era evidente, me sentía amedrentado, inseguro y en riesgo de ser víctima de un acto arbitrario y de abuso de poder, efecto colateral de algún operativo sorpresa, o de llegar a ser testigo de algún hecho de corrupción. Preferí dejar los audífonos, cerrar la ventana y cortinas, apagar la luz y seguir escribiendo en la penumbra de la cama, arrinconado.

El que nada debe nada teme no puede aplicarse en México, mucho menos en un contexto donde las desapariciones están a la orden del día, al igual que los feminicidios, transfeminicidios, abuso de poder, corrupción y hartazgo por el otro. El país atraviesa por una crisis insostenible y las instituciones, propias y ajenas al Estado, se enfrentan a un gran reto si es que buscan actuar en respuesta a este trágico periodo: ganarse la confianza de la sociedad.

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El acoso sexual a una reportera de Fox Sports Mx en plena transmisión en vivo, los resultados de la investigación sobre la desaparición de tres estudiantes de Jalisco y los puntos aún inconexos en la relatoría de hechos, además del cuestionable fallo de un juzgado en España en el caso de una violación múltiple por “La Manada” que hizo recordar la violencia feminicida persistente en el país, hicieron que el miedo se vomitara desde medios sociales el 26 de abril, evidenciando la crisis: si parte de la idiosincrasia mexicana es reír de la muerte, también forma parte de nuestro cotidiano el temer de la vida actual.

Por ejemplo, el sistema penal acusatorio recién implementado hace algunos años buscaba evitar las detenciones arbitrarias, permitir el derecho de audiencia, preponderar la reparación del daño y el apego a los Derechos Humanos. Sin embargo, la reincidencia delictiva aunada a una carente estrategia de reeducación -o reinserción social si se prefiere-, la lentitud de los procesos, la falta de transparencia e implementación de protocolos especializados, han generado en la comunidad una percepción de mayor inseguridad y facilidad de corrupción; impidiendo así la presentación de denuncias y la garantía de la impartición de justicia. No existe confianza por parte de los inocentes, ni de las víctimas, ni de los presuntos culpables.

El reto sólo podrá ser solventado al superar el conservadurismo al interior de las instituciones, esa perspectiva cimentada en la ostentación del poder de manera monolítica y fetichista, en la que implementar o permitir algunas acciones de transparencia y diálogo parecen ser la kryptonita del hechizo en torno a las organizaciones, pues el aceptar que finalmente las instituciones están conformadas por personas parece una calamidad, un atentado a la apoteosis de la familia, el amor, la educación, el gobierno o las iglesias, aunque tampoco debemos negar la falta de responsabilidad por parte de cada uno de nosotros, los ciudadanos.

Piense, por ejemplo, en las veces en las que no hemos ejercido una amplia serie de derechos, ni tampoco hemos buscado la información pertinente para conocer no sólo las obligaciones, sino también las facultades de diferentes cuerpos gubernamentales. Y sí, tampoco se nos dicen. Esta crisis de confianza en las instituciones, de corrupción y violencia es responsabilidad de ambas partes.

Aguascalientes es un Estado que se encuentra en inconstitucionalidad frente a múltiples adecuaciones legislativas en el ámbito nacional y resoluciones emitidas por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, no sólo en lo que respecta a normativas estatales, sino también municipales, amparándose bajo la potestad de los estados frente a la Federación, por supuesto a modo. Ante ello, las votaciones para cargos de elección popular en lo local son de igual trascendencia que el sufragio para la presidencia.

Como ciudadanía, debemos informarnos antes de emprender actos de denuncia, por supuesto, y no como una práctica para eximir responsabilidades, sino para identificar justamente las áreas de competencia que deberían ejercer sus facultades y responder a sus obligaciones. Por otra parte, las instituciones deben reconocer que no puede seguirse sosteniendo la idea de la reputación en una imagen construida a partir de artificios y ambigüedades, que en el caso del aparato estatal, muchas veces responde a un mecanismo de preservación de sólo algunos, y repito: sólo algunos, de la clase política.

En ocasiones los actos reprochables a las instituciones se realizan por subordinados a escondidas de los dirigentes, otras tantas los operativos responder sin consciencia de causa o por ignorancia ante la negativa de implementar mecanismos de progreso, manteniendo al país en un penoso rezago en múltiples ámbitos. En contraparte, varios ciudadanos sólo buscamos la respuesta cuando son afectados seres queridos o nosotros mismos, impidiendo así la consolidación de un ambiente de exigencia y de corresponsabilidad.

El entorno actual es vomitivo y doliente, pero no basta con buscar el castigo o la persecución de responsabilidades, también es urgente pugnar por la reeducación integral de nuestra comunidad pues, de otra manera, caeríamos nuevamente en la incongruencia de una sociedad punitiva y autoritaria bajo el pretexto de una nuestra seguridad, de la seguridad de nuestro grupo, de la seguridad, otra vez, de sólo algunos.

Parece que México se encuentra en una etapa de adolescencia en la que, después de haber confiado en las promesas de un centenar de propuestas, llega con nuevas problemáticas, necesidades y sueños sin la menor idea de su historia, de su identidad, de sus reincidentes patrones patológicos.

Las instituciones son entidades modélicas de diferentes ámbitos de la vida social que encarnan las aspiraciones de lo que debe ser, pero así como el amor, esto nos ha puesto en jaque, no sólo por la desigualdad a causa de las atribuciones extraordinarias que se le invisten al objeto de apreciación, sino también por la falta de actuación ante el mismo para establecer una relación recíproca. ¿Será que algún día podremos transitar hacia una mayor consciencia tanto de unos como de otros? Las instituciones funcionan gracias a la sociedad misma que las constituye, y es tiempo de reconocer nuestra parte. Es urgente olvidar el conservadurismo de la opacidad, la ambigüedad y la obstaculización pues, desde hace décadas, México ya no puede mantenerse resistente a las transformaciones que requiere.

 

@m_acevez | [email protected]

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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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