Opinión

El Trabajo infantil / Punto crítico

 

El trabajo infantil es una triste realidad a la que nos estamos acostumbrando, en los mercados, puestos informales, incluso en negocios, nos hemos familiarizado con la imagen de algún pequeño realizando actividades laborales y por su puesto sin prestaciones. Ésta es una situación que se explica desde muchos frentes, pero principalmente desde el de la pobreza.

El alza imparable de los precios de todos los productos incluidos los de la canasta básica, los energéticos, los combustibles, los servicios en general, las rentas, en fin, el costo de todo está por las nubes; éste es pues el panorama que ha obligado a las familias a buscar otros ingresos.

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La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) dice que en nuestro país 3.6 millones de infantes de entre cinco y 17 años de edad tienen una actividad laboral. En total, es la mitad de la preocupante cifra de toda América Latina.

No está de más decir que éste es un escenario lastimoso, poco recomendable para seres humanos en pleno desarrollo. El problema además no distingue de entorno: igual se da en zonas rurales como en las grandes ciudades.

Aquí mismo, hay escenas verdaderamente lastimosas que no se pueden dejar pasar por alto y que se dan principalmente en los cruceros de las avenidas de Aguascalientes: infantes menores de 5 años que solicitan el apoyo económico de la población y que bajo la supervisión a lo lejos de un adulto -en el mejor de los casos- exponen todos los días su vida.

En una sociedad como la nuestra, no resulta ilógico pensar que estos niños finalmente son obligados por sus propios progenitores a dejar la escuela, a mantenerse en las calles apelando a la compasión que escenas como éstas producen en las personas, y seguramente recibiendo cantidades de dinero nada despreciables.

El violentar sus derechos como infantes no debiera la única preocupación de las autoridades, sino el latente riesgo al que están expuestos, sobre todo en una ciudad que rebasa por mucho la cantidad recomendable de vehículos que debieran transitar por sus calles, a ellos hay que agregar el poco respeto a las leyes de vialidad y la prisa y el estrés cotidiano de sus conductores.

Hace algunas administraciones municipales atrás, en específico aquella que encabezó el expriista Gabriel Arellano Espinosa, se planteó y llevó a la puesta en marcha un programa que pretendía erradicar a la totalidad de este sector de la población que o vendía productos en las distintas arterias o limpiaba parabrisas de automóviles, una medida que además de eliminar la comisión de delitos como el robo, pretendía sacar de las calles a niños y jóvenes.

Sin embargo, este proyecto no tuvo eco ni en aquel gobierno ni en los subsecuentes, toda vez que se afectó la economía de cientos de familias que no encontraron otra ocupación que les permitiera hacerse de un ingreso, Pese a ello, hubo quienes vieron con buenos ojos esta propuesta que al mismo tiempo plantearía la disminución del trabajo infantil, por lo menos en las calles de Aguascalientes.

Esta es una problemática creciente que debiera ocupar a nuestras autoridades. Muchos nos preguntamos cuánto vale para los gobiernos la vida de uno de estos niños, qué tragedia tendría que suceder para que se implementen acciones efectivas no solo para sacarlos de estos sitios inseguros, sino para sancionar más severamente a aquellos mentores que los exponen todos los días.

Instancias para el desarrollo integral de las familias en el ámbito estatal y municipal se supone trabajan en reducir las cifras, sin embargo, a todas luces los esfuerzos no han sido suficientes. Lo que nos queda a nosotros como ciudadanos es seguir reportando estos casos para que esperemos en un futuro no muy lejano, se actúe en consecuencia y de forma eficaz.

 

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Leticia Medina

Leticia Medina

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