Opinión

Elogio de la inconsciencia / Favela chic

Cuando alguien enfrenta un serio peligro, tal vez nuestro primer impulso sea ponerlo sobre aviso. Somos herederos de la Ilustración y hemos aprendido que el conocimiento oportuno salva vidas y lleva cualquier empresa por un buen cauce. Pero en diferentes contextos puede surtir el efecto contrario. Según el teorema del sociólogo William I. Thomas, si asumimos la gravedad de una situación, de seguro tendrá consecuencias graves. Bajo este supuesto, a veces resulta más benéfico ocultar una verdad que revelarla.

En la película italiana La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), Guido y Giosué, padre e hijo, son aprehendidos por soldados nazis y enviados a un campo de concentración. Como el pequeño Giosué no entiende una palabra de alemán, Guido le hace creer que se han inscrito voluntariamente en una competencia: si acumulan mil puntos obedeciendo órdenes sin chistar, ganarán un tanque de combate. Guido lo conmina a participar con espíritu lúdico y a no darse por vencido. Al mantenerlo en un estado de inconsciencia, lo defiende a corto y a largo plazo contra el odio antisemita. Según la escritora judía Angelina Muñiz-Huberman, muchas víctimas del Holocausto no necesariamente fueron asesinadas durante la Segunda Guerra Mundial, sino que se suicidaron años después a causa de las terribles secuelas psicológicas y emocionales.

Una historia análoga se narra en La novia oscura (1999), novela de Laura Restrepo, donde unas prostitutas se rebelan contra el despotismo de los médicos de oficio y provocan un incendio en una oficina de sanidad. Sayonara, la joven de mítica belleza que dirige el motín, hace acrobacias en medio de las llamas, proclamando la derrota del “Estado proxeneta”. Todos Santos, su madrina, aguarda afuera con el Jesús en la boca. Cuando por fin la divisa en el umbral, está a punto de reprenderla por no huir del peligro. Pero se contiene al percibir que su ahijada está en una especie de trance: “De golpe caí en cuenta de que era su propia necedad la que la salvaba, y si yo pegaba el grito la iba despertar y una vez despierta se la tragaría el fuego”. Como nunca repara en la posibilidad de morir calcinada, Sayonara sale ilesa del siniestro.

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En el ensayo Metáforas de la enfermedad (1978), Susan Sontag analiza el halo de misterio que ha circundado a patologías como la tuberculosis, el sida y el cáncer. Esta última infunde un terror tan grande que su simple diagnóstico puede aniquilar a los pacientes en cuerpo y alma. Por eso algunos médicos han optado por ocultarles la verdad y compartirla sólo con sus seres queridos. Pero la revelación también puede ser devastadora para ellos. Así ocurre en Las flores del cerezo (Doris Dörrie, 2008), una película alemana protagonizada por Rudi y Trudi, un matrimonio de ancianos. Rudi se realiza una exploración médica, pero el doctor llama aparte a Trudi y le comunica que su esposo padece una enfermedad terminal. Ella decide guardar silencio para no ensombrecer los últimos días de Rudi y le propone visitar una playa del mar Báltico. Pero el secreto le causa tal aflicción, que muere de súbito mientras están de viaje.

En muchos casos, la inconsciencia es un escudo protector contra las amenazas. Pero también hace posible la ejecución de hazañas sin precedentes. En 1976, la gimnasta rumana Nadia Comăneci obtuvo el primer Diez Perfecto en la historia de los Juegos Olímpicos. Cautivó al mundo entero con sus movimientos diestros, graciosos e impecables, pero también con su increíble seguridad. Era una actitud forjada por años de entrenamiento intensivo y profesional, pero también por su ingenuidad. “Los niños no tienen miedo”, declaró en una entrevista para el Olympic Channel dos décadas después. Un paso en falso y podía morir o quedar lisiada, pero a los catorce años se creía invulnerable.

En aquel entonces, tampoco había reparado en la gran popularidad de las olimpiadas ni entendía las implicaciones de la fama internacional. Pero en 1980, cuando concursó en los Juegos Olímpicos de Moscú, ya era una adulta de dieciocho años. Se sabía observada por miles de personas a lo largo y ancho del planeta. Sentía la enorme presión de las expectativas depositadas sobre sus hombros y no pudo desempeñarse con soltura. En la rutina de barras paralelas, donde antes se había consagrado, cometió un error y se dio de bruces contra el suelo. Luego anunció su retiro de la gimnasia.

Por el mismo exceso de conciencia, los escritores también padecen los estragos del pánico escénico. En la soledad de su escritorio, los acecha un alter-ego, un juez implacable que hiper corrige cada palabra o expresión formulada, hasta producir un bloqueo creativo temporal o permanente. José García, el escritor frustrado de la novela El libro vacío (Josefina Vicens, 1958), describe esa dinámica del autoboicot: “Hay algo independiente y poderoso que actúa dentro de mí, vigilado por mí, contenido por mí, pero nunca vencido. Es como ser dos. Dos que dan vueltas constantemente, persiguiéndose”. José fracasa por distintos motivos. Principalmente porque no se deja llevar por la espontaneidad y la intuición, tan importantes en la escritura como el rigor y la disciplina.

De hecho, algunas novelas ahora célebres han sido creadas sin croquis ni planos, como De perfil (1966). José Agustín iba descubriendo sobre la marcha de qué iba a escribir y qué técnica usar. Dos décadas más tarde, habría de publicar Cerca del fuego (1986), que consideraba su obra maestra, pues había invertido en ella ocho años de esfuerzo consciente y meticuloso. Pero como él mismo admite, no logró cautivar a los lectores: tal vez echaron de menos su chispa y arrebato juveniles. En la misma sintonía, García Márquez evoca con nostalgia su época de novicio, cuando escribir “era un acto alborozado, casi irresponsable”. Después del Nobel, la conciencia de ser leído por un público numeroso habría convertir su oficio en una tortura de minimalista: “Uno tiene la impresión de que cada letra escrita guarda ahora una resonancia mayor y afecta a mucha más gente”, explica en una entrevista con Plinio Apuleyo Mendoza.

En resumen, las palabras tienen el poder “mágico” de alterar la percepción y de transformar positiva o negativamente la realidad. Según el sociólogo David Matza, “la razón del mundo moderno subestima o intenta suprimir ese poder, pero no le resta eficacia en la vida cotidiana”. Las palabras pueden crear un hechizo protector, pero también destruirlo. Por eso debemos formarnos un criterio para saber cuándo abrir o cerrar la boca. Tampoco debemos ejercer sobre nosotros mismos una vigilancia tiránica, a riesgo de marcarnos un autogol. Como notaron en el siglo XVIII los representantes del movimiento alemán Sturm und Drang (Tormenta e Ímpetu), esto es particularmente nocivo en el terreno de las artes, donde las obras se marchitan por una sobredosis de racionalidad.

 

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Gabriela Lira Rosiles

Gabriela Lira Rosiles

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