Opinión

Las neuronas de la crueldad / Análisis de lo cotidiano

La semana pasada cerró con nuevas noticias sobre la crueldad. El asombro de una detrás de la otra casi no nos ha dado tiempo para la reflexión, el análisis y sobre todo el planteamiento de soluciones. Después de aquel triste episodio en el cual una mujer baña en combustible y encienda a un gato, ahora tuvimos en nuestra ciudad el incomprensible hecho de un hombre adulto que coloca un cohete en el hocico de un perro y lo hace explotar. Un día después un joven de 17 años toma una escopeta y un revólver del padre y se dedica a asesinar a sus compañeros de la escuela preparatoria de Santa Fe, Tex.  Podríamos decir que estas noticias sobre las masacres de los jóvenes estadounidenses en colegios, iglesias, cines, restaurantes y centros comerciales de Estados Unidos a fuerza de repetirse ya no nos impresionan, es doloroso ver como nos acostumbramos a la crueldad. ¿Qué ocurre en el cerebro de una persona que le lleva a cometer una acción violenta ante un ser indefenso, sin el más mínimo asomo de compasión? Una de las explicaciones es que se trata de un cerebro enfermo con neuronas disfuncionales y entonces el acto criminal pasa a ser parte de un cuadro clínico de psicopatología. Y es verdad en alguno casos, el asesino de Santa Fe, el de Parkland, el de Kentucky y el de Dallas, sólo por mencionar los ocurridos en este año, eran enfermos mentales. El aguascalentense que lesionó al perro, lo hizo bajo el efecto de las drogas. Sólo que una gran mayoría de las agresiones más brutales han sido cometidas por personas en quienes no se ha demostrado ni el influjo de sustancias tóxicas ni una patología psiquiátrica definida. ¿Existen entonces las neuronas de la crueldad? No, definitivamente no, el ser humano no viene programado para la violencia, ni mucho menos para ejercer daño sin compasión. Lo que influye en la educación, la influencia del medio familiar, social y de grupos. El mejor ejemplo de esto son los niños golpeadores que aprenden el manejo de las emociones por el ejemplo de sus padres violentos. Los muchachos que agreden para ser admitidos en la pandilla como una necesidad de pertenencia al grupo social. Los ciudadanos de países en guerra constante, como los del Medio Oriente quienes desde su nacimiento han vivido en guerra y se han insensibilizado ante la vista de cuerpos destrozados como una manera de subsistir emocionalmente. O sea que quien vive en violencia, ve la muerte y aprende a creer que es normal, desde su infancia, llegando a la adultez verá con naturalidad el dolor, la sangre, el sufrimiento y la muertes. Todos los muchachos que asesinaron a sus condiscípulos tomaron las armas de sus padres. Y aquí en Aguascalientes ¿Qué estamos esperando? Si los padres de familia llevan a sus niños a ver las corridas de toros, las peleas de gallos y las peleas de perros. ¿Usted realmente cree que esto no tendrá ninguna consecuencia? Ya se prohibió la actuación de animales en los circos por razones humanitarias y es todo un acierto. ¿Qué a continuación no deberá seguir la prohibición de los espectáculos en los que los animales deben morir ante la vista de todos? El reglamento taurino de Aguascalientes no prohíbe la entrada de los niños a las corridas de toros. Entonces no tenemos argumentos para quejarnos cuando comenzamos a ver la crueldad con otros animales y el elevado índice de crímenes violentos en nuestra ciudad y estado. O mejor digámoslo así, sí podemos quejarnos, siempre y cuando la queja vaya acompañada de acciones. Que eduquemos a nuestros hijos en el amor a la humanidad y a todo ser vivo.

 

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Héctor Grijalva

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