Opinión

Lecciones de cocina / Tres guineas

 

Debe haber otro modo que no se llame Safo

ni Mesalina ni María Egipciaca

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ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

Rosario Castellanos

 

Los hombres en la cocina huelen a caca de gallina, les gritaba Ana a mis hijos para sacarlos de ahí. A las niñas no. Ellas podían permanecer si lavaban los trastos o ayudaban a preparar la comida. En esa época yo cocinaba. Preparaba para los míos desayuno, comida y cena, y después abdiqué de esa labor para nunca regresar. Siempre me había gustado la cocina. La de diario y la especial, la de las tardes enteras cuando mi madre y mis tías encendían el horno para hacer postres y pasteles. A mí me tocaba hacer las donas, pero la cumbre del amasijo, el premio, era hacer el centro, el círculo que las dota del nombre.

Todavía no sé bien qué me hizo dejar de hacerlo. Hasta la fecha sigo mostrando curiosidad preguntando recetas y viendo breviarios en Tasty, pero ahora, mucho tiempo después de mi incursión en el arte culinario, no hago ni un huevo tibio. Se me quema el agua, pues. No detesto las faenas que da la cocina, no lo veo como una esclavitud impuesta ni un castigo, tal vez, entre los gritos y el llanto, le perdí el placer y no hubo hambre infantil ni adulta, propia o ajena, que me hiciera regresar. Ana, tía paterna de mis hijos, siempre creyó que todo era producto de mi flojera, y solo a eso achacó la ruptura de la que fue mi familia.

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Rosario Castellanos celebró otro aniversario el 25 de mayo (1925-1974) y regresé a festejarla con Lección de cocina, un monólogo extenso lleno de intimidad e ironía sobre las mujeres en la cocina, en la vida, con ellas mismas y con el amor, narrado por una que recuerda, piensa, siente, se frustra y habla sola mientras la carne que prepara para su marido se le quema.

La marginación de las mujeres fue un tema constante en la escritora, no sólo por la desvalorización que vivimos, sino por la construcción de feminidad que cada una de nosotras lleva a cuestas, eso sin contar que escribió de lo que quiso, prolífica, autónoma, libre en sus temas y géneros literarios. No me interesa plantear en cuál ola del feminismo se encontraba. Rosario no estuvo ahí. Sin pronunciarse feminista, utilizó sus letras para hablar y hablar de las mujeres con la pretensión, quizá, de darle sentido a su propia vida. Estos ensayos continúan frescos y vitales, delimitados por su tiempo y contexto, sí, pero con el tema medular intacto: los códigos y discursos tradicionales sobre y de las mujeres, los mismos de hace 5 décadas.

Hace unos años descubrí su tesis de maestría, Sobre cultura femenina (1950), ahí estaba el inicio de la construcción de su pensamiento sobre nosotras. Se planteó la existencia de una cultura femenina, diferente o no, a una masculina, si acaso existiera; la mirada de los hombres sobre nosotras a través del tiempo, pasando por Santo Tomás y su chocante declaración de que somos “apenas un varón mutilado”, o Nietzsche con que nuestro “enigma tiene un nombre: preñez”; reconocí en la tesis el velo del sarcasmo que ya le había leído y que muchos años después había logrado dominar al plantear de las mujeres que “Su debilidad y tontería están compensadas por cualidades de otro orden que los hedonistas saben apreciar. Expulsadas del mundo de la cultura, como Eva del paraíso, no tienen más recurso que portarse bien, es decir, ser insignificantes y pacientes, esconder las uñas como los gatos. Con esto probablemente no vayan al cielo, y además no importa, pero irán al matrimonio que es un cielo más efectivo e inmediato”. Estas líneas las he tenido subrayadas desde la primera lectura. Me calaron. Aún ahora. La crítica burlesca sobre nuestras prioridades y sumisiones Rosario la aterrizó seriamente después en párrafos inmensos que delinean su hartazgo por la victimización, sabía que la sociedad arropa a las mujeres precisamente por considerarlas desvalidas y se pregunta por qué carajos no advertimos nuestras limitaciones, por qué no vemos que somos complejas e igual de completas que los hombres, por qué no luchamos cada una de nosotras para que se nos confiera la eternidad, qué nos detiene en inicio, sino nosotras mismas.

En el Día Internacional de la Mujer en 1971, frente a una comitiva de varones presidida por Luis Echeverría, Rosario Castellanos lee el discurso “La abnegación: una virtud loca”, del que rescato este mismo desdén por la lástima que estamos acostumbradas a derrochar en nombre de la desigualdad que padecemos: “El primer argumento que acude a los labios de las feministas más airadas que reflexivas -al comparar su situación propia con la del hombre- es la exigencia de igualdad. Una exigencia que, en tanto que metafísica, lógica y prácticamente imposible de satisfacer, proporciona un punto de partida falso y arrastra consigo una serie de consecuencias indeseables. Además de que, en última instancia, no es más que un reconocimiento del modelo de vida y de acción masculinos como los únicos factibles, como la meta que es necesario alcanzar a toda costa.” No les demos de comer con nuestro estigma de madrecita mexicana, de compañera fiel y sumisa, no legitimemos su vida, que primero está la nuestra.

No me es fácil asimilar que muchas veces nos gusta el sufrimiento gratuito. Amparadas en la moral que nos educó, en los principios y valores, somos las más de las veces nuestros propios verdugos a causa del rencor, el amor o la culpa que no nos deja decidir lo mejor para nosotras. Preferimos asumir que no necesitamos remuneración de ningún tipo porque para eso estamos, para servir, creemos que no podemos exigir lo mismo que damos y por lo tanto no aspiramos a recibir nada. Hasta suena cruel. Después de tantos años y tantas lecturas y tanto feminismo la transformación interior sería patente en rupturas espectaculares en lo público y en lo privado, pero no. Ni por intuición, por supervivencia, muchas mujeres aún no estamos preparadas para aceptar esta responsabilidad, pero ¿cuándo entonces decidiremos para nosotras? ¿Cuándo arrojaremos el lastre? Rosario estableció bien las diferencias rotundas de la mujer desde lo económico, cultural, social y racial, sin embargo, se enfocó en reconocer las similitudes, no se permitió ni dejó campo para las excusas: “Todas están sujetas a los derechos y obligaciones de una misma legislación; todas han heredado el mismo acervo de tradiciones, de costumbres, de normas de conducta, de ideales, de tabúes, todas están dotadas del mismo grado de libertad como para reclamar sus derechos si se les merman, como para cumplir con las obligaciones que se les imponen; como para optar entre la repetición de los usos ancestrales o la ruptura con ellos; como para aceptar o rechazar los arquetipos de vida que la sociedad les presenta; como para ampliar o reducir los horizontes de sus expectativas; como para no aceptar las prohibiciones o como para acatarlas”.

En 1973 con Mujer que sabe latín… Rosario abundó en los arquetipos femeninos, en la mujer mexicana, en la novela policiaca y Agatha, en Simone, Virginia, Clarice, Silvina, su obra, su valor. Seguirá con la crítica hacia el constructo femenino y la doble moral patriarcal que nos quiere inteligentes, pero valora la ignorancia femenina, su pureza como el más alto mérito en su persona y obligaciones. A estas alturas de su carrera como escritora, mostrará afinado el rasgo que la definiría en sus ensayos: la ironía, el humor para develar que nada es tan concreto como para idolatrar, que no permita la risa que despierta la crítica, que desmonta mitos e ideologías. No hubo conmiseración para nosotras en sus textos, el camino de la redención es otro de querer encontrarlo en sus escritos. Con humor ácido le torció la cola a las convenciones sociales de la obediencia, del sometimiento, se utilizó como blanco para los dardos de su crítica, se burló de sí misma, habló de ella, de sus miedos y soledades. Exhibió su intimidad y nunca se mostró lloricona.

Así presentó Lección de cocina. Supo darle alteridad a ese texto en la colectividad de las mujeres, en la realidad que padecemos, en la identidad que no nos sacudimos ni en lo externo ni en lo íntimo, en los sentimientos más profundos y dolorosos, en la desvalorización de nuestros actos en los que jamás he entendido nada de nada. Pueden ustedes observar los síntomas: me planto, hecha una imbécil, dentro de una cocina impecable y neutra, con el delantal que usurpo para hacer un simulacro de eficiencia y del que seré despojada vergonzosa pero justicieramente; en donde plantea el androcentrismo y los roles en el sexo, en el sacrificio, el mito de la esposa leal, sólida, impulsada por el amor, porque él podía darse el lujo de ‘portarse como quien es’ y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana […], boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer; en donde reconocía a la mujer moderna y estudiosa que perpetúa los estándares del amor, la que carga las tradiciones y religiones, a la que nunca le importó ni la preservación de la virginidad ni el recato, sino que su condición de mujercita no la hacía pensar en un amante, pues hace un año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen. Podría levantarme sin despertarlo, ir descalza hasta la regadera. ¿Purificarme? No tengo asco. Prefiero creer que lo que me une a él es algo tan fácil de borrar como una secreción y no tan terrible como un sacramento; donde describió a la que no conoce de porciones en la cocina, pero sí de proverbios alemanes y del Quijote, la que lo mismo da gracias al cielo porque la carne tiene dos lados y solo se le quemó uno de ellos, la que invoca al “hada del hogar”, la misma de la que habló Virginia Woolf, esa que se sacrifica, la que se come la peor pieza de pollo, la que cede todos sus pensamientos y deseos para los otros, su familia, sus hijos, su hombre, al que le concede bien, con el que se muestra extremadamente comprensiva y encantadora, sin un ápice de egoísmo, esa hada a la que le implora que venga en su auxilio y a explicarme cómo se aprovechan los desperdicios. Yo, soy muy torpe. Ahora se llama torpeza; antes se llamaba inocencia y te encantaba. Pero a mí no me ha encantado nunca. La que rumiará, en silencio, mi rencor. Y no es que la haya defraudado el matrimonio ni la carne, para eso siempre podrá aparentar frivolidad antes que estupidez, porque Yo no esperaba, es cierto, nada en particular. Y un día tú y yo seremos una pareja de amantes perfectos y entonces, en la mitad de un abrazo, nos desvaneceremos y aparecerá en la pantalla la palabra “fin”.

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Mi madre me inició de niña en el ritual de la cocina. Me dejaba quedarme junto a ella si lavaba los trastos o ayudaba a preparar la comida. La mujer inventó la cocina, me dijo un día, para mantener a la familia unida, y sonrío. Todas las cocinas de las mujeres de mi familia eran gozosas. Con el tiempo descubrí que ese piso guarda más secretos que ningún otro espacio, que ni la alcoba, que el calor de la estufa ayuda al enigma de la preñez y que la tradición reza que los hombres en la cocina huelen a caca de gallina, excepto en las ocasiones especiales, con las tenazas en mano. Mi madre, al igual que Ana una vez, también cree que no cocino por flojera. Ni yo sé el motivo bien, pero de escribirlo sería un monólogo muy difícil de redactar –uno largo, florido, enfático que corresponda esa larga costumbre de callar-, que iniciaría diciendo que me porté bien, es decir, insignificante y paciente, que fui abnegada, pero que escondí muy poco tiempo las uñas como los gatos. Tal vez es tiempo de recuperar el placer culinario, ahora para satisfacer sólo mi hambre, mis burlas, para aplacar mis miedos sin lloriqueos. De decidir ser mi propia y exclusiva hada del hogar. Para mí solita.

 

@negramagallanes

 

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Tania Magallanes

Tania Magallanes

Tania Magallanes Díaz. Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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