Opinión

Masculinidad victimaria / Memoria de espejos rotos

Severin, Severin, speak so slightly

Severin, down on your bended knee

Taste the whip, in love not given lightly

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Taste the whip, now plead for me…

Venus in furs

The Velvet Underground

 

La Jornada Aguascalientes publicó ayer unas notas con los siguientes encabezados: Se mantiene Aguascalientes en los primeros lugares de violencia familiar y de pareja, Documentan 67 expresiones de violencia política de género contra candidatas en Aguascalientes, Paridad de género provocó mayor violencia política hacia las mujeres, Buscan implementar políticas para proteger los derechos laborales de las mujeres en Aguascalientes. El campo semántico evidente sólo refleja una realidad penosa. Gracias al trabajo periodístico de este diario, de sus reporteras Hilda Hermosillo y Claudia Rodríguez Loera, y de la información otorgada por el Instituto Aguascalentense de las Mujeres (IAM), podemos poner un termómetro en el asunto: no hemos avanzado mucho, a pesar de todos los esfuerzos por normalizar la más elemental equidad entre hombres y mujeres.

Pero si los encabezados informativos son escabrosos, los contenidos de las notas lo son peor. De acuerdo a los datos ahí vertidos, un dibujo de la realidad se ajustaría a esto: En Aguascalientes, el 911 recibió ocho mil 705 llamadas de emergencia asociadas a violencia de género entre enero y abril de 2018; de éstas, más de la mitad 61 fueron por violencia intrafamiliar; una cuarta parte por violencia de pareja; y más del diez por ciento por incidentes de agresiones diversas a las mujeres. Esto en las condiciones, digamos, generales que viven las mujeres; pero el mal no se reduce cuando especificamos el análisis al espectro de la actividad política; ya que el Observatorio de Participación Política de las Mujeres en Aguascalientes ha documentado por lo menos 67 expresiones de violencia política de género en contra de candidatas a cargos de representación popular. Esta violencia política (que identifican mayormente en redes sociales, pero que no por ello deja de trasminar a la “vida real”) basa su agresión en el denuesto o la descalificación hacia un sector de la ciudadanía que tiene aspiraciones políticas, basándose principalmente en el hecho de ser mujeres, sin distingo de la fuerza partidista en la que militen. En el mismo sentido, estas agresiones se enfocan en aspectos físicos, de imagen, o de cuestionar las capacidades de las candidatas, por ser mujeres. Peor aún, si eso ocurre en el más público de los ámbitos, que es la política, en el desempeño laboral las cosas no van a mejor; de tal suerte que incluso instituciones administrativas han tenido que visibilizar el tema, en una realidad que les rebasa.

Si hace más de 60 años que la mujer puede ejercer el derecho al voto; si hace una treintena de años vivimos la revolución sexual femenina que implicó la popularización de la píldora; si el empoderamiento de las mujeres a partir de la posibilidad de acceder a la educación y al empleo es algo que también lleva décadas; si hace años hemos visto emerger las nuevas olas del feminismo; si desde hace unos lustros, en los contenidos educativos de nivel básico se ha hecho hincapié sobre la resolución no violenta de los conflictos, sobre la equidad y la integración de la diversidad; si cada año hay marchas que exigen el respeto a la vida libre de violencia para las mujeres; si hay desde hace poco una legislación vigente contra el acoso; si varios medios de comunicación han modificado (así sea sólo de forma, y ocasionalmente) su discurso sexista y han visibilizado el problema de la falta de equidad; si la pandemia del feminicidio es algo que se nombra por todos lados, y se han debatido e implementado protocolos para su atención; si, a pesar de todo lo anterior, los hombres seguimos violentando a las mujeres; me parece que la razón es sencilla: los hombres y su construcción de la masculinidad implican una estupidez autodestructiva.

La masculinidad tóxica y la hegemonía imperativa del hombre sobre la mujer no es un tema para nada nuevo; distintos estudios desde la psicología, la sociología, la política, la sexología, la pedagogía, y demás, ya lo han explicado con mayor detalle y suficiencia; y cuando se habla de esto, nunca falta el listillo que afirma que las mujeres son las peores enemigas de las mujeres, pleno de ignorancia sobre la construcción del bloque de hegemonía cultural del privilegio masculino. Y hay bobos que se lo creen, sin ser capaces de ver que esto trasciende la convivencia entre particulares, que abarca todas las esferas de la vida de la mujer, y que se cristaliza en el ejercicio de lo político; ese terreno en el que todavía aspiramos a ser regidos por un señor tlatoani que tenga pantalones.

Lo sexual es político, porque la construcción del género es pública, comunitaria. Pero hemos estado ciegos, y seguimos permisivos a la violencia, el denuesto, la diatriba, el hostigamiento, a las mujeres por el hecho de ser mujeres. Deberíamos -cuando menos- darnos pena de nosotros mismos.

 

[email protected] | @_alan_santacruz |  /alan.santacruz.9

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

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